Cómo la imagen de un baño portátil ganó un concurso de pintura

Aquí la historia de la obra de Miguel Aguirre que fue elegida ganadora del VIII Premio del Banco Central de Reserva

Miguel Aguirre (Lima, 1973 ) cuenta con una prestigiosa carrera internacional. A su espalda, el paisaje de Paracas y su insólita letrina. (Foto: Difusión)

Un baño portátil en medio del desierto. Amplitud, soledad, absurdo... El artista visitaba con su esposa y sus suegros la reserva de Paracas, seguían en el auto el circuito recomendado, y en la última parada, antes de llegar a La Catedral o lo que queda de ella, se topó con aquella imagen. Para Miguel Aguirre, se trataba de algo tan surrealista que merecía detenerse. Le interesaba lo irracional de la escena, pero también el contraste de las formas y los colores. Tomó fotos y pensó que, algún día, podía llevarla al lienzo.

Cuando el Museo del Banco Central de Reserva le anunció que su dossier había sido seleccionado y que estaban a la espera de la obra con la que participaría en su Concurso de Pintura, días antes se había desarrollado la segunda vuelta electoral. Desde Barcelona, donde radica, sentía la preocupación de todo el que temía un horizonte negro con el triunfo de Keiko Fujimori. Entonces, Aguirre intuyó que aquella imagen de la letrina en el desierto se había convertido en una metáfora de aquellos días de incertidumbre. Dicho de forma prosaica: el temor a cagarnos el futuro.

Aguirre no clamaba solo en el desierto. Titulado “Birú, mientras recorría el desierto con andar errante en aquel otoño que agonizaba, se topó con una letrina. Por poco no entró en ella”, su cuadro obtuvo el premio mayor y se exhibirá desde la próxima semana junto con los otros finalistas en la flamante galería del BCR.

 

— ¿Cómo sientes el diálogo que podrá tener una obra como la tuya con una colección tan canónica como la del Museo del BCR?
Quizá no necesariamente dialogue con las obras contemporáneas, pero habiendo visto paisajes sumamente hermosos en la colección, pienso que podrían estar entrelazados. Obviamente, las intenciones de un pintor como Teófilo Castillo, por ejemplo, son muy distintas a las mías, porque los tiempos son radicalmente diferentes. Pero no creo que vaya a desentonar.

— En los tiempos que corren, ¿es válido aún para un artista decir que forma parte de una tradición?
En pintura, definitivamente. Formamos parte de una tradición de siglos, y si eres amante del arte, estás obligado a conocerla. Por eso, si vas a pintar un paisaje, debes ser consciente de qué paisajes se han pintado antes. Personalmente, en los últimos años intento contribuir al género de la pintura de historia, que en los últimos 100 años se ha visto relegado por la aparición de la fotografía y el cine. La historia nos traspasa a cada uno como individuo. Si eres pintor, como ciudadano, debes manifestar tu postura en el mundo.

— Sé que en la Galería Lucía de la Puente inaugurarás en breve una muestra de carácter abiertamente político...
Tiene que ver con la actualidad sociopolítica en Europa y Estados Unidos, con el afianzamiento de los populismos de derecha, de partidos xenófobos, ultranacionalistas e islamófobos, representados por Donald Trump en EE.UU. o Marine Le Pen en Francia.

— Hace años que el cinismo se ha convertido en una defensa para el artista. ¿Por qué el gremio debería volver a "meterse en política"?
Me encantaría que producir arte sea una válvula de escape, pero no puedo. De alguna manera, creo que he madurado políticamente. Me preocupa hacia dónde va el mundo occidental. Ante el terrorismo del fundamentalismo islámico, Europa ha optado por una dureza que no admite matices.

— Lo ves en España, donde vives, con el Partido Popular  de nuevo en el poder.
El infame de Rajoy cuatro años más, con el partido más corrupto que ha podido tener el país. Allá se vive el miedo a que España se parta, el miedo al independentismo catalán. El país apoya a quien muestra la cerrazón.

— ¿Cuán complicado es hacer arte político cuando ya no se tienen ideologías que te ofrezcan soluciones?
Con el fin de las ideologías, los medios nos pintan los conflictos como la lucha de buenos y malos, de vaqueros e indios. Y los que estamos en contra de esa simplicidad del discurso, no tenemos esperanza. No hay algo que nos ayude a creer que esto cambiará, más acorde con el derecho mismo de las personas.