Burga, la cara de la dirigencia informal que lleva 21 años en la FPF

Vida, obra y conflicto del dirigente más longevo de Conmebol, luego de Julio Grondona y Ricardo Texeira

Burga, la cara de la dirigencia informal que lleva 21 años en la FPF

CARLOS UNIVAZO

“He logrado una estabilidad entre los clubes. Acabamos el enfrentamiento inútil con el Gobierno Peruano, el trabajo de menores es fuerte, ahora tenemos más patrocinadores” (Manuel Burga, julio 2011. Radio Unión).

No se ría. La frase, de este año, perfila con el cincel de su propia desfachatez al hombre que no solo lidera, sino que mejor encarna a este fútbol peruano de hoy: tragicómico, limitado y vergonzoso que, queramos o no, nos conmueve tanto por ser una verdad vestida de ficción. Manuel Burga logró estabilizar al balompié local, nadie lo duda, el problema es dónde. Nuestro pasatiempo favorito no merecía un lugar tan maloliente. ¿Y él? Él puede sentirse cómodo donde quiera.

Pero este hombre que parece ser de piedra, insensible ante el vituperio popular, no lo debe ser tanto. De hecho, solo él pudo haber borrado los datos personales del artículo dedicado a él de la conocida enciclopedia virtual Wikipedia hace un par de meses. Artículo que muchos generosos colaboradores gratuitos enriquecían perversamente día a día con sus agraviantes aportes. La sombra del silencio a la que él está tan familiarizado, en este caso, también era lo más recomendable: ya no hay artículo sobre Burga.

PASIÓN Y PODER
Pero las huellas de sus pasos por la actividad pública no son sencillas de borrar. Nacido en Chiclayo en 1957, Manuel Burga Seoane lleva en su apellido materno un sello de tradición política. Es sobrino nieto del extinto líder aprista Manuel Seoane. Tal vez, por ello, nunca imaginó que justamente el gobierno anterior fuese quien más ahínco puso a la idea de “darle vuelta”. Le falló el partido del tío “Cachorro”, cierto, pero, felizmente, sus “papás” Blatter y Leoz lo defendieron. Ya sabemos que ellos también funcionan como una familia organizada.

Como para contradecir a aquellos que piensan que los años ochenta representan la década soñada, este verdadero alquimista de desencantos empezó justamente ahí su ¿carrera? deportiva como representante de la Asociación Deportiva de Colegios Religiosos (Adecore). Curioso, justo acabábamos de cerrar en España 82 lo que es hasta hoy nuestra última participación mundialista. Nada es casual: desde entonces, llevamos clavados los mismos alfileres de vudú. La maldición es de nunca acabar.

Abogado desde 1987, el balompié para Burga representaba su “peor es nada”, un “mientras tanto” que, en 1990, lo acogió como gerente de la Región Metropolitana de Fútbol. La política era su amor imposible, pero rápidamente se dio cuenta de que el mundo pelotero, vulgar e insípido para él, podía compensarlo con los otros placeres que, precisamente, el amor real no suele ofrecer. Entonces, mientras se colocaba como asesor principal de la presidencia de la Cámara de Diputados, manejada por Roberto Ramírez del Villar, una resolución del Consejo Nacional del Deporte lo ungía presidente de la Federación Peruana de Fútbol. Ya estábamos hechos.

Era 1991, su primera gestión, la que nadie recuerda, quizá, porque apenas 35 días después renunció tras su primer fracaso: la Sub 23, en el preolímpico de Asunción, fue vapuleada, lo que incluyó un 7-1 ante los guaraníes.

Empezaba a evidenciarse que el buen porvenir no contaba con su nombre y que, bajo su influjo, el no jugar hubiera significado la única forma de no perder. En ese entonces, asómbrense, sintió rubor y dimitió aduciendo el mismo argumento que hoy dice lo obliga, inversamente, a quedarse en el poder: sus principios. ¡Cuánto cambió! Quizá a Havelange le importaba menos que a Blatter. O, simplemente, él era aún un tipo como usted o como yo.

Pero la felicidad suele durar poco en la casa del pobre. Un día no demasiado lejano, apenas en 1992, Burga volvió.

Reinventado. Recargado. Menos sensible. Más audaz. Era el mismo cuerpo, pero con una mente fascinada por su verdadero hacedor: Nicolás Delfino, el entonces flamante presidente de la FPF, el Dr. Jekyll de esta historia en la que el hoy todopoderoso Manuel llevaba el papel de secretario, inicialmente (su única labor conocida era el tratar de impulsar el fútbol femenino). Ello, quizá, porque sus esfuerzos mayores estaban dedicados al último intento por insertarse en ese mundo donde se movían los de su especie, pero donde nunca fue bien recibido: la política. Y así, su postulación en 1995 al Congreso por las filas de Renovación (nada le es más postizo que un nombre así, ¿no?) fue un fracaso. Lo tomó con serenidad. Bueno, el fútbol ya lo había curtido bastante a esas alturas, para qué estamos con cosas. Y si eso le pasaba hoy, hasta se ríe.

DE SILLONES Y ZANCADILLAS
Tres años después, en 1998, un Burga resignado a ser dirigente deportivo y disfrutar de las mieles de Zúrich y no las del poder político, llega a la vicepresidencia de la FPF. A esas alturas, su llegada al sillón de La Videna era ya inevitable. Desde 1999, alternó su actividad allí con asesorías jurídicas en ministerios como el de Transportes y el de Industria, cargos en el MEF y Serpost, entre otros. Pero el zarpazo final lo daría en 2002 tomando la presidencia de la FPF al estilo de los decrépitos jerarcas de Conmebol: lista única, cero opositores.

Cuatro años renovables todas las veces que su existencia lo permita. Era su revancha ante la vida. ¿Renunciar otra vez como en 1991? ¡Ja! Si en aquella oportunidad se fue por tres goleadas, ahora ni siendo últimos en diez Eliminatorias se va a mover. Lo de esa vez fue un rapto de decoro, solo eso. Nueve años de pateaduras encajadas por todas nuestras selecciones son su carta de presentación hasta hoy. No aprendió a ganar, sí a moverse mejor.

Prueba de ello es su última gracia: autoelegirse este año como director representante de Perú ante Conmebol, con lo que Delfino, mentor y guía de sus primeros pasos o tumbos, eufemismos al margen, pasaba a retiro a la prepo.

Fue un “¿Ya te vas?”, mientras lo ponía en la puerta de salida con las dos manos. Burga pudo elegir a otro dirigente para que sea parte de la familia, para que nuestro país adquiera un peso mayor en las grandes ligas de Asunción, donde el segundo hombre más conocido de nuestro fútbol después de él es, apenas, Markarián, el seleccionador. Pero se postuló a sí mismo asumiendo, quizá, que como él no hay dos. Bueno, felizmente. Y, entonces, claro, si él es nuestro rostro, bien reza el dicho: “Como te ven, te tratan”.

DELFINO JUBILADO
Es 2011, y con Delfino ya “jubilado”, hoy Burga tiene otros aliados al margen de sus presidentes de las departamentales, siempre salivando y a la espera del mendrugo que pueda caer desde la mesa. Aprendió a usar y vender bien su producto llamado selección. Hoy ella ya no es un sentimiento, sino una industria detrás de la cual hacen fila poderosos “sponsors” y un sector de la prensa que, con la nariz tapada, se bancan a Manuel y hasta lo aplauden disimulando las arcadas para poder aparecer en la foto y ganar millones vendiendo el humo del Mundial.

Un humo denso y negro que sirve de cortina para tapar un fútbol desprolijo y criticado que, este año, sumió en su larvaria descomposición hasta a los dirigentes que antes parecían serios, pero que se dieron cuenta de que, si en la mesa de los reclamos no se ponían al nivel de los otros, y se parecían a ellos, se quedaban sin nada. Nada más placentero para un discípulo de Maquiavelo que ver revolcarse en el lodo, y sonriéndole, a los justos de antes y a los pecadores de siempre. Todos por igual.

“Voy a cobrar regalías por los muñecos que están haciendo con mi rostro por Año Nuevo, no me molesta ser impopular”, advirtió hace poco “el hombre de piedra”. No miente. Aprendió a metabolizar positivamente el desdén irrefrenable de la sociedad. Odio más que indiferencia. Es su automedicada receta para intentar ser feliz.