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Manuel Atanasio Fuentes: Los aletazos del Murciélago

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31 sellos de madera que sirvieron para la edición de un libro de 1866 se exhiben en el Icpna, recordándonos al "Murciélago". (Fuente: ICPNA)

Jorge Paredes Laos

 

Pasó gran parte de su vida oculto entre las sombras de un seudónimo. En su retrato más conocido Manuel Atanasio Fuentes aparece vestido de negro y de pie sobre un banquito. Con la mirada hipnótica y siniestra, la capa extendida y los brazos abiertos como dos alas oscuras, parece estar listo para dar el salto mortal. Sin embargo, en este hombre disfrazado de murciélago, se esconde un guiño caricaturesco, un humor paródico que deja entrever a alguien egocéntrico que prefiere la sátira a la reflexión, la burla a la amenaza. Casi no existe información acerca de dicha fotografía, solo algunos biógrafos apuntan que pudo haber sido realizada en el estudio Courret. Lo cierto es que él quiso pasar así a la posteridad y desconcertar a quienes se acercaran a su figura, una de las más controvertidas, versátiles y enigmáticas del siglo XIX.

Fuentes —a pesar de su valía como jurista y su tesón para documentar la vida limeña del ochocientos— ha sido relegado casi al olvido si lo comparamos con otros coetáneos suyos, como Ricardo Palma o Pancho Fierro, quienes han gozado (y gozan) de mejor y mayor reconocimiento.

 

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¿Pero quién fue este singular señor que se paseó por un tiempo lleno de intelectuales circunspectos, caudillos militares y escritores costumbristas? En su sabrosa “Biografía del Murciélago”, escrita por él mismo para defenderse de quienes lo atacaban, se lee: “Supuesto que para dar sal al poema del Vampiro, se ha querido escribir mi vida, desde el momento en que nací, tomaré yo también mi punto de partida desde entonces. Mis padres fueron casados, no civil, sino sacramentalmente. Ambos eran solteros cuando se casaron y no habían hecho votos religiosos, ni tenían impedimentos dirimentes ni impedientes. Mis abuelos fueron españoles y no vinieron de marineros, ni de pulperos; cuando llegaron a Lima, tuvieron hijos y ninguno de esos hijos, mi padre y tíos, fueron nunca ni comerciantes quebrados, ni azotados por manos del verdugo, ni civilizadores ambulantes o charlatanes o alquilones de pluma. Toda mi parentela, que no fue ni de marqueses ni de condes, ni de nobles, en fin, pero sí de gente honrada y de honrosas profesiones, nació en el Perú, se educó en el Perú, figuró en el Perú y se murió en el Perú; el nombre de algunos individuos de ella se encuentra citado con elogio en los documentos antiguos; la raza no fue mala, el tronco, a Dios gracias, puede sacarse a luz; no tuvo roeduras, ni cobijó sabandijas”.

Ahí mismo cuenta que nació a la “siete y media de la mañana del 2 de mayo de 1820”. Fue hijo único de un médico cirujano llamado Francisco Fuentes y de una mujer de nombre Andrea Delgado. A la muerte de su padre, en 1837, ya había iniciado sus estudios de Filosofía y Derecho en el Convictorio de San Carlos. Luego fue becado y apadrinado por el eminente Cayetano Heredia, quien lo llevó a estudiar Medicina en el Colegio de la Independencia. Nunca terminó la carrera aunque la llegó a ejercer de manera clandestina, algo que irónicamente no le impidió crear en el país la carrera de Medicina Legal. En cambio, su vida como jurista cobraría mayor relevancia: en la década de 1870 —se dice— destacaba entre los 49 abogados expeditos en Lima para litigar. En el tercer tomo de su “Historia del Derecho Civil Peruano”, Carlos Ramos Núñez reconstruye los milagros del Murciélago como abogado, recoge sus múltiples juicios, y consigna como anécdota un aviso aparecido en El Comercio, en 1874: ahí Fuentes se ponía a “disposición de las personas” que quisieran “ocuparlo para la defensa de sus pleitos”.

Su bibliografía es amplísima y no solo abarca tratados de Derecho, Legislación y Estadística, biografías de virreyes y compilaciones históricas, sino también lo más sabroso y divertido del siglo XIX: una serie de textos en los que atacaba a tirios y troyanos, y que publicó en periódicos fundados por él mismo como El buscapique, El semanario de los niños o El murciélago, un bisemanario al que le debió su singular apodo, y que tuvo esporádicas apariciones (muerte y resurrecciones, como las llamaba) a lo largo de más de tres décadas, desde 1855 hasta 1884. Eran cuatro páginas que aparecían con desopilantes artículos y poemas, además de ilustraciones y eslóganes variables (“Periódico burlón, relleno de salchicha y salchichón”).

Dos décadas después de su muerte, Carlos Parra del Riego expresó así, en la revista Mundial, su desconcierto ante la figura del Murciélago: “Jamás conseguiremos de él un daguerrotipo exacto pues nos atraen por igual las diversas facetas de su completa y variada personalidad. Poseía una cultura sólida y nutrida, casi de erudito, que sabía muy bien distribuir en arduos estudios de legislación, economía, política y medicina legal. Pero es como periodista satírico cuando adquiere relieve propio y singular, como tal no tiene coteja ni paralelo. Fuentes lleva en la punta de la pluma el fino y mortal acero de un estoque toledano”. Sus puntillazos atacaron, entre otros, a Ramón Castilla —aunque con el tiempo se convirtió en su propagandista—, a Agustín Gamarra y Nicolás de Piérola, y a personajes como Ricardo Palma —de quien fue amigo y luego se distanció— o José María Samper, un periodista colombiano que había sido contratado por El Comercio para editar una revista cultural, y que fue blanco de sus burlas y críticas. Justamente fue Samper el que publicó un poema “cuasi-lírico”, titulado “El vampiro”, para responder a estos ataques a lo que Fuentes retrucó con su “Biografía” citada líneas arriba.

Pero más allá de las puyas, el Murciélago era un apasionado limeñista: un animador de la vida cultural de la ciudad, gestor de la gran muestra que se desarrolló en el Parque de la Exposición en 1872 y que exhibió las riquezas y progresos del país. Esta labor la complementó con un encomiable trabajo de editor e impresor (llegó a tener imprenta propia en su casa de la calle La Rifa, actual jirón Miró Quesada 360). Sin embargo al no existir en Lima grabadores calificados, no dudó en viajar a París para publicar la que sería su obra mayor: “Lima, apuntes históricos, descriptivos, estadísticos y de costumbres”, volumen gestado en 1866 que —según sus propias palabras— era “un extracto” de dos trabajos anteriores suyos (“La estadística general de Lima” y “Guía del viajero en Lima”). Esta especie de álbum gigantesco de la ciudad estaba destinado a un público europeo —salió primero en francés e inglés y al año siguiente recién en español— y su objetivo era contrarrestar la imagen negativa y bárbara que algunos viajeros habían dado de la capital peruana. Era una oda hecha con las luces y sombras de un personaje como el Murciélago: ensalzaba Lima, su distinguida aristocracia, sus conventos y plazas y decía que estaba a la par de cualquier capital europea. Pero a la vez se expresaba en los peores términos de las costumbres de las clases bajas, de su propensión al licor, de sus carnavales, de sus escandalosos pregones y de sus combinaciones raciales (el “indio”, el “chino cholo”, “el negro” o el “chino prieto”), a pesar de que él mismo tenía rasgos de origen africano.

Fuentes ilustró su libro con 222 imágenes —152 xilografías y 70 litografías— que exhibían tipos y costumbres de la ciudad, y que habían sido trabajados en una técnica que entonces causaba furor en el periodismo ilustrado europeo: el grabado. Como las fotografías eran inservibles para ser reproducidas en periódicos o libros —la técnica recién se descubriría 40 años después— estas se dibujaban en pequeñas superficies de madera que luego eran buriladas por un técnico grabador. Estos tacos, de entre 10 y 20 centímetros, pasaban a los talleres y se preparaban para la impresión. El resultado eran imágenes exactas de las fotografías que les habían dado origen. El libro del Murciélago mostró así la mayor colección de ilustraciones limeñas anteriores a la nefasta Guerra con Chile.

 

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El fotógrafo Herman Schwarz pone sobre la mesa una caja de madera, no más grande que una de zapatos. La abre con cuidado y muestra el tesoro que lleva dentro. Todavía le brillan los ojos, como la primera vez que la vio hace casi cuatro años. Ahí están alineados como fichas de dominó una serie de tacos de madera, los mismos que usó el Murciélago hace siglo y medio para la edición de “Lima, apuntes históricos, descriptivos, estadísticos y de costumbres”. El hallazgo fue providencial. Schwarz cuenta que estaba en casa de un amigo pintor, vecino suyo en Magdalena, cuando los vio por primera vez, puestos en una repisa. “Enseño por años Historia de la Fotografía en el Centro de la Imagen y he usado muchas veces el libro de Manuel Atanasio Fuentes para mostrar a los alumnos cómo era el periodismo ilustrado de la segunda mitad del siglo XIX, cuando los reporteros gráficos no eran fotógrafos sino dibujantes y grabadores”, cuenta. “Tenía en la memoria esos grabados e incluso había hallado algunas de las fotografías que les habían servido de modelo, conocía sus escenas de chicheras, de gendarmes, de tipos y costumbres. Por eso no podía creer lo que estaba viendo. Esos tacos no podían ser otros sino los que había usado Fuentes para la edición de su libro”.

Averiguaciones posteriores confirmaron sus sospechas. Esos sellos habían pasado de mano en mano y de imprenta en imprenta durante 150 años hasta llegar al estudio del abogado José Luis Vastag, aficionado a las colecciones de huacos y antigüedades. A su muerte, se quedaron olvidados en una caja. De ahí los rescató el pintor Alfredo Alcalde, amigo de Schwarz, antes de que la viuda los echara a la basura.

“En el 2013, pude intercambiar con mi amigo una serie de obras y conseguí 37 de estos bloques de madera, entre los que se encontraban 29 tacos usados por Fuentes en su libro”, precisa el fotógrafo e investigador. Luego, saca una lupa gigantesca para que podamos ver mejor el acabado de uno de estos sellos, elegido al azar. Se trata del taco que contiene en sus ocho centímetros de área, una calle perfectamente tallada, con sus barandales, faroles y arboledas; sus mansiones alineadas al pie de un morro; y las siluetas de unos seis personajes que caminan o están sentados en un bulevar. Schwarz entonces se levanta, va a la biblioteca, y saca un libro. Es la edición facsimilar del volumen de Manuel Atanasio Fuentes. Pasa las páginas con la destreza de quien conoce su contenido, y enseña satisfecho el grabado titulado “Vista del Malecón de Chorrillos”. Es la imagen salida del taco que tenemos entre las manos.

 

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No existe mucha información acerca del viaje realizado por Manuel Atanasio Fuentes a París a fines de 1865, en los meses previos a la edición de “Lima, apuntes históricos, descriptivos, estadísticos y de costumbres”. Carlos Ramos Núñez asegura en su libro que se quedó 18 meses en la capital francesa. Y sobre las imágenes llevadas a grabar el propio Fuentes ofrece los siguientes datos: “los gravados [sic] y litografías que adornan esta obra —escribe en “Lima, apuntes históricos…”— son copias de fotografías salidas de los talleres de los inteligentes artistas Maunoury y Courret hermanos”.

Se refería obviamente al francés Eugène Maunoury, quien como corresponsal del célebre estudio parisino Nadar, había introducido en Lima las tarjetas de visita, esas pequeñas fotografías que se intercambiaban como presentes y regalos y que causaban furor en la ciudad. El otro personaje era Eugène Courret, antiguo trabajador de Maunoury, quien también había abierto su propio estudio fotográfico.

Según explica Schwarz, sin embargo, no todas las imágenes que llevó Fuentes a Francia habrían salido de estos estudios: algunas ilustraciones, por sus estilos, podrían ser obra de Bonnaffé, un artista francés que vivía en Lima, o del propio Pancho Fierro. Detrás de los tacos había todavía más información: “ocho de estas piezas llevaban inscrita, en bajorrelieve, la frase ‘Pierron / rue du jardinet’”, dice Schwarz con voz grave. Después de pesquisas en Internet, descubrió que esa era una reputada casa de grabado parisina, que también le prestaba servicios al célebre artista Honoré Daumier.  

 

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Toda esta información ha llevado a Herman Schwarz a organizar una exposición, con el curador Manuel Munive, que tiene como objetivo documentar y exhibir el proceso de edición seguido por Fuentes en su libro. Los 31 tacos usados por el Murciélago se mostrarán junto con las fotografías y las ilustraciones que los inspiraron, y los grabados que resultaron de ellos. Una cadena que demuestra con claridad cómo fue la técnica de impresión en la última mitad del siglo XIX, si tenemos en cuenta que esos mismos sellos fueron después alquilados o cedidos para otras publicaciones dieciochescas como El Correo del Perú, de 1873, o el libro de Carlos Prince “Lima Antigua: los tipos de antaño”, de 1890.

La muestra se ha titulado “Tacos xilográficos de El Murciélago Manuel Atanasio Fuentes” y se iniciará el próximo jueves 20 de octubre en la galería del Icpna del Centro de Lima. “Es como poner una luz cenital sobre la figura de Manuel Atanasio Fuentes y rescatar su faceta de editor”, dice Munive, mientras bebe un café. “Imagínate lo que habrá costado hacer un libro de este tipo en Europa en la década de 1860”, agrega. “Ver los tacos ha sido para mí como una conmoción poética, como haber encontrado las vértebras de un dinosaurio”.

 

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Este dinosaurio disfrazado de murciélago sobrevoló Lima hasta entrada la Guerra del Pacífico. Se dio tiempo para editar loas a Grau y burlarse de los marinos chilenos que no podían dar caza al futuro héroe de Angamos. En ese momento fue nombrado decano del Colegio de Abogados de Lima y tenía a su cargo la imprenta del Estado. Todo cambió con la caída de la ciudad en manos enemigas. Obligado por las circunstancias, Fuentes y su familia se trasladaron a Guayaquil, donde su periódico siguió dando aletazos, esta vez para fustigar al general Miguel Iglesias. En Lima, su casa sería saqueada y en su imprenta se publicarían periódicos de las fuerzas de ocupación. Terminada la guerra, volvió a la capital y sus enemigos lo comenzaron a tratar con hostilidad. Schwarz especula que nunca le perdonaron que se haya ido del Perú cuando las papas quemaban. El Murciélago todavía tendría vida para dirigir El Peruano y para volver a sus labores judiciales. Participó en un sonado caso de la época, y se mostró a favor de aplicar la pena de muerte al inmigrante italiano Lorenzo Machiavello, acusado de matar a tres personas. Un día de enero de 1889 desapareció para siempre. Una afección cerebral no le permitió otra resurrección más, al menos hasta ahora, cuando esta exposición lo devuelva al presente. El Murciélago aletea en su tumba. 

 

Textos del Murciélago

 

Catecismo para el pueblo (fragmento)

¿Para qué sirve la ley?
Para tres cosas.
¿Cuál es la primera?
Para leerla.
¿Cuál es la segunda?
Para reírse de ella.
¿Cuál es la tercera?
Para guardarla.
¿Quién hace la ley?
El que puede hacerla.
¿Y quién la puede hacer?
El que tiene el garrote en la mano.

 

Aletazos del Murciélago (fragmentos)

Sobre Castilla
“Sr. D. Ramón Castilla, Dictador Provisorio, Libertador Provisorio, Presidente Provisorio de esto que provisoriamente llamamos República del Perú…”

Sobre la revolución
“Esa revolución la tienen hacer algún día las ideas, no los fusiles; la tienen que hacer los hombres de buena fe y no los miserables especuladores; la tienen que hacer la justicia y la razón, y no las venganzas y las pasiones; es la que se hace con raciocinio y con escritos y no con palos y cárceles [...] es la que quiere, en fin, el Murciélago y la que detestan sus enemigos”.