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Aniversario de Lima: ¿por qué quedarse en la capital?

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Cumple un año más esta Lima que, lenta y cambiante, se acerca ya a su quinto centenario. Y aunque única, podemos también identificar muchas Limas por querer, honrar o recelar: la colonial y nostálgica; la que se abisma hacia sus playas, fresca; la que baja desde sus cerros o se mueve desde las periferias hacia su centro –y viceversa–; la añeja y criolla; la juvenil y tropical; la empresarial y pujante. Capital diversa y a la vez uniformizada bajo ese manto gris que de vez en cuando, antojadizo, se atreve a dejar pasar rayos de luz o discretas garúas.

Para conmemorarla, les hicimos llegar a ocho personalidades dos preguntas elementales y complejas: ¿por qué quieres a Lima? y ¿por qué no te has ido de Lima (o por qué volviste)? Las respuestas están unidas por una melancolía peculiar, pero que sentimos muy propia. Un cruce de sentimientos que se ha hecho habitual para los limeños. Las pinturas de Persi Narváez Machicao que ilustran esta nota también recogen la dualidad de la ciudad, donde lo antiguo y lo moderno confluyen en la calle y crean un nuevo paisaje, reconocible desde el primer vistazo.

Lima cumple 482 años. Los celebremos o no, estamos unidos a ella. Que sea una ciudad mejor o peor depende solo y únicamente de nosotros.

RAMIRO LLONA. Artista plástico.

Lo primero es que Lima es mi ciudad. Es donde he crecido y donde he caminado. Son mis memorias, mis referencias y mis ausencias. Es mi ciudad, mi país. Es lo mío. Es donde acabaré mis días, salvo error u omisión. Donde crecerán mis hijos. Es el suelo que piso y la herida abierta. Es el abismo y el mar. El acantilado. Son mis mejores y más antiguas memorias e imágenes. El malecón de Miraflores fue mi primera frontera, hasta donde llegaban las primeras caminatas de niño. Y la Bajada del Terrazas fue el lugar donde probábamos los carropatines artesanales, hechos en casa junto a los palos de hockey, palo de escoba y tablita al final. La pelota del fulbito callejero, el peligro del Chorrillano, versión primera de la combi. La lagunita de Barranco –hoy MAC–, el Jirón de la Unión y los helados de la Botica Francesa. La fortaleza de mi taller y los paseos por Barranco, mi barrio. En fin, es Lima y/o Nueva York. Nada más.

ALONSO CUETO. Escritor.

No quiero a Lima. Tampoco la odio. Siento que es mi ciudad, en el mejor y en el peor sentido. Me atrae la neblina que va hechizando sus mañanas en Miraflores, la amabilidad protocolar de los camareros en una cafetería, el cielo sin esperanzas del invierno. Veo los microbuses como museos con una serie de retratos de la resignación. Camino por las calles sabiendo que hay una historia atractiva en cada uno de los rostros. Creo que por eso volví a vivir aquí. En otros países hay más editoriales y librerías, pero en la Lima tan llena de contrastes están los relatos que me interesan, historias de personas enfrentadas por su origen. También volví porque aquí estaba mi madre y los parques donde jugué al fútbol y algunos árboles frente a mi casa que hasta hoy me interrogan. Y también por las conversaciones. No sé por qué estoy aquí. Pero voy a seguir.  

CHELA DE FERRARI. Directora teatral.

Quiero a esta Lima que no es la de mis padres y que seguramente será un mejor lugar para mis nietos. Me inspira esta nueva identidad que se está formando y que nos ofrece la posibilidad de dialogar. Quiero comprenderla contando historias sobre su diversidad. ¿Por qué no me voy de Lima? ¿A dónde sería mejor irme? ¿A Londres, por ejemplo, paraíso del teatro? ¿Y trabajar para el público británico en lugar del nuestro? ¿Hacer teatro (cosa improbable) con actores como Ian McKellen o Michael Caine cuando puedo hacerlo con Paul Vega, Ricardo Velásquez, Sofía Rocha o Pietro Sibille? ¿Pensar en temas relevantes para el público de Londres, además del brexit, cuando aquí tenemos todo tipo de intolerancias para elegir? No sé si los problemas de Lima sean mayores o menores que los de cualquier otra ciudad, pero son nuestros. Me emociona la posibilidad de hablar de nosotros a nuestra comunidad. Por eso no me voy.

MIGUEL RUBIO. Dramaturgo.

Nací en Barrios Altos y todos los años esperaba el 15 de junio para estar en la serenata criolla a la Virgen del Carmen, con conjuntos criollos y vivanderas. Me veo de niño esperando las 12 de la noche, la procesión y los fuegos artificiales, y a fin de mes la despedida con marinera. En los teatros del Centro Histórico nació mi vocación, con esa Lima jaranera, de zarzuelas y operetas, que presentaban las compañías españolas que pasaban por Lima. Esto cambió con el gobierno de Velasco, cuando vi pasar a miles de danzantes de todo el Perú, una diversidad corporal, sonora y visual que no imaginaba: era la expresión cultural de la migración creciente. También he visto nacer Villa El Salvador, el arenal que se fue haciendo verde.

Lima es su gente diversa que genera cultura, creciendo con el trabajo colectivo de los nuevos pobladores. Esos mismos que la han hecho crecer y a los que ahora se les quiere cobrar peaje para entrar y salir de casa.

Lima es fascinante y yo de aquí no me muevo.

ISABEL ÁLVAREZ. Investigadora gastronómica.

La tierra es también la madre: hay que amarla y asumirla. Lima es como mi segunda casa. Sientes y crees que te acoge, así no sea verdad. Lima es caótica, desordenada, perversa. Destruye lo que la hace singular, sus espacios y monumentos históricos. La hemos hecho desmemoriada, una ciudad siempre inconclusa, como paradigma de su historia.

Pero también es un reto, con sus bondades y maldades. Siempre nos hace sentir que está viva y que puede mejorar. Hay que luchar para que no se deshumanice, como lo vemos en esas viviendas sin vida, que parecen edificios de bancos y oficinas. Soy una mujer de lealtades y por eso cuando me voy de Lima, la extraño. Y como dijo César Miró en su bello vals “Todos vuelven”: “… que es santo el amor de la tierra, que es triste la ausencia que deja el ayer”.

TULIO MORA. Escritor.

No sé qué tipo de afecto guardo por Lima. No es ni amor ni odio, más bien resignación. Vine forzado a estudiar medicina y me quedé. Felizmente renuncié y elegí la literatura. Luego me marché del Perú y pude quedarme en México o San Francisco, pero regresé en su peor época (los años ochenta). Quizá debí volver a mi tierra (Huancayo), elegir una playa de Piura, Paucartambo (Cusco) o Puerto Inca (en la selva), pero me quedé. Soy un prisionero de decisiones que no me correspondieron. Aquí nacieron mis cuatro hijos, tuve mis parejas, escribí todos mis libros y conocí a Hora Zero. Lima fue el imán de mis oportunidades. Creo haberle correspondido escribiendo algunos textos decorosos. Hoy mucha gente ya no quiere vivir aquí. El estrés, la violencia, las distancias desalientan. Salvo el mar, no hay magia para tolerarla. Aún pienso que me gustaría irme a vivir a otro lugar.

DANIEL VEGA. Cineasta.

Confieso que durante muchos años la odié, pero con el tiempo –como esos amores que van madurando palabra a palabra, caricia a caricia– aprendí a quererla. Con sus contradicciones, sus rarezas, sus defectos y virtudes, sus ruidos y silencios, sus sorpresas –para bien y para mal– y su eterna melancolía. Aunque un tiempo sentí que dejó de serlo, en este momento Lima es mi hogar y ahora me es imposible renunciar a ella. Debo seguir con ella, en ella, para siempre y sin rencor. Y nutrirme de toda esa inspiración que emana de vivir en una ciudad así, organismo vivo y en ocasiones demente, que, citando a Ribeyro, te priva de la palabra, y te desquicia y enamora (o te desquicia de amor, mejor dicho). Y que en su día a día, en contacto con su realidad, permite encontrar en cada uno de nosotros nuevas Limas una y otra vez.

PELO MADUEÑO. Cantautor.

Viendo que el progreso que esboza la multiplicación de modernos edificios resulta directamente proporcional a nuestras diarias y esforzadas demostraciones de barbarie social, el futuro pierde promesa y aparece la increíble opción de girar la atención hacia el pasado: sin velocidad, sin territorialidad, sin exitismo, sin facebook ni delirios y, más bien, con una gama de matices y tiempos musicales, urbanos y poéticos que nos invitan a la observación y a dejar que su embrujador entorno ablande el acorazado corazón de nuestros tiempos.

Oír valses, descubrir textos, callejones, gentes, desiertos, sonidos, rejas, jazmines, orillas (nada de esto se come). Saborear el tiempo detenido en náufragos y silenciosos rincones. Eso es lo que me gusta de Lima, darme cuenta de que existe y de que aún está a mi alcance como un manual emocional para quizás darle un mejor sentido al futuro citadino. Porque, estimado, como canta Dylan: “Es dura, es muy dura la lluvia que va a caer”.