Fernando de Szyszlo y "La vida sin dueño"

El destacado jurista Augusto Ferrero ofrece sus impresiones sobre las memorias del gran pintor peruano

Fernando de Szyszlo y "La vida sin dueño"

A sus 91 años, Fernando de Szyszlo continúa creando (Foto: Rolly Reyna)

Augusto Ferrero

“La vida sin dueño” es un estupendo relato de uno de los artistas más prominentes de todos los tiempos en nuestra patria. Fernando de Szyszlo nos cuenta cómo en el colegio jesuita en el que estudió, los alumnos cantaban antes de clases el himno de la falange fascista y se hacía una quema de libros prohibidos, entre los cuales estaban los de Zola, a quien leyó mucho.

Destaquemos algunas afirmaciones. Se siente más cómodo cuando lo llaman Fernando en lugar de Gody. Recuerda que su padre “no lo había besado nunca, nunca”. Cuenta de una foto de su progenitor abrazando a Torcuato, el oso perezoso que los acompañó treinta años. Ante la trágica pérdida de su hijo Lorenzo, protesta que enterrar a un hijo es un escándalo intolerable.

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Cuando nació, su tío Abraham Valdelomar había muerto. Es el autor peruano que más caló en nuestra generación. Neruda le contó a Szyszlo que sabía de memoria el poema “Tristitia” de Valdelomar. Recuerdo que Livia Elice, mi abuela materna, rememoraba mucho al literato, a quien conoció de joven.

Nos habla de su amistad con Enrique Pinilla, ese peruano que fue la expresión de la sensibilidad pura, quien un año antes de su temprana desaparición me recomendó “Mi vida”, de Alma Mahler, como uno de los libros más extraordinarios que había leído en su existencia.

Fernando de Szyszlo conversando con "El Comercio" sobre su libro de memorias "La vida sin dueño". (Video: Ana Monzón/Bryan Albornoz)

Cuenta cómo conversó con Haya de la Torre –a quien califica de impresionante, inteligente y culto– en dos oportunidades. Una de ellas fue con Mario Vargas Llosa y se quedaron hasta las 6 de la mañana. Curiosamente, coincide con las veces que me tocó estar con el gran líder. La primera vez, que fui con una delegación de estudiantes, recibimos juntos la noticia del fallecimiento de John F. Kennedy. Quedamos anonadados. Era el 22 de noviembre de 1963. Fue al mediodía. Haya tenía 68 años y nos llamó la atención su sencillez cuando él mismo nos pasó un azafate sirviéndonos Coca-Cola. Curiosamente, Szyszlo cuenta que un día estuvo en la Casa Blanca con Kennedy a las 10 de la mañana. El presidente viajó a Dallas y él y sus amigos a Nueva York. Mientras almorzaban ellos diez días después, la televisión anunció que le habían disparado al presidente. A las pocas horas murió. La segunda vez fui con su querido sobrino Pedro Cabrera Ganoza, cinco años después. Llegamos un domingo a las 8 p.m. y estaban Alberto Benavides y Luis Alberto Sánchez. Cuando se retiraron, quedamos solos con él y su secretario Idiáquez, quien nos trajo unas empanadas. Nos contó su relación con Romain Rolland y nos habló de su proyecto de traer elefantes a la selva. Nos despedimos a las cuatro de la mañana.

Su hermana estaba casada con el mexicano Alfonso García Robles, que ganó el Premio Nobel de la Paz en 1982, con quien mi padre compartió el congreso de estudiantes en el Pontificio Colegio Pío Latinoamericano en Roma, junto con Eduardo Frei y Rafael Caldera, en  1933.

Declara que tiene 70 años enfrentándose al desafío del lienzo en blanco. Nosotros tenemos 50 enfrentándonos a la hoja en blanco antes de escribir. He aprendido de él cómo identificar lo que uno escribe. En lugar de T54N3 (tela 1954 No.3) numeraré E17N2 (escrito 2017 No. 2).

Comentando el incidente de García Márquez y Vargas Llosa señala que Mario es radical en sus rupturas. Y él también. No guarda rencor alguno, pero hay algunos que se portaron mal y para él simplemente dejaron de existir.

Pondera mucho a la figura de Luis Cartucho Miró Quesada, que fue un amigo para toda la vida. Siendo el hijo primogénito del director de El Comercio, Luis Miró Quesada de la Guerra, era la persona más discreta y sencilla. Fue arquitecto con gran cultura literaria e interés especial por la pintura. Aplaude cómo rápidamente desterró la arquitectura neocolonial y dio las primeras obras de arquitectura moderna al Perú, como la casa del propio pintor que diseñó.

Da cuenta de las dos veces en que ha visto llorar a Mario desconsoladamente: cuando murió su madre y al morir Blanca, la primera esposa de Szyszlo. Este último afecto de Mario por Blanca lo pude experimentar personalmente en una comida en el Country organizada por la Universidad de Lima, hace más de 10 años, en que estuvimos sentados juntos. Blanca preguntó cómo se llamaba aquello que se relaciona con el tiempo y yo le contesté: el reloj. Blanca me dijo que no y Mario dijo: el calendario. Ella dijo, exacto, a él quería referirme.

El libro termina con una carta de Lila, su mujer, ligeramente mayor que él, con quien lleva más de veinte años de casado. En ella, Lila revela que está segura que Gody envidia a Mario con una nueva mujer a los ochenta años. Por algo Szyszlo dice que Mario está atravesando una época muy compleja y que, si bien ha entrado a la etapa en que, como él ha confesado, “es inmensamente feliz”, también ha dicho que le apena hacer sufrir a personas que quiere.

El mayor homenaje se lo ha tributado Mario Vargas Llosa en su columna Piedra de Toque: “Szyszlo es el mejor amigo que tengo, el más extrañado y recordado”. Agrega que si se hubiera quedado en Estado Unidos o en Europa, sería más conocido. Lo expuesto nos recuerda la pregunta que le hizo Ernesto Sábato: “Fernando, ¿sabes lo que pasa contigo?”. “No, ¿qué pasa?”, contestó el pintor. “Tu problema es que vives en el culo del mundo”, replicó Sábato.

 


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