'El Carreta', el criollo que a los 90 años sigue entonando su himno

Jorge Pérez canta “Yo la quería, patita” con la misma fuerza que le puso Mario Cavagnaro y que han evocado ‘Pepe’ y ‘Tito’ en ‘Al fondo hay sitio’

FERNANDO VIVAS

Acabo de oír a Pepe y Tito, los ‘loosers’ manganzones de ‘Al fondo hay sitio’, cantar ‘Yo la quería, patita’. Sesenta años después de que a Mario Cavagnaro se le prendiera el foquito, aquí están, en la garganta de este par de desorejados, el mismo despecho llorón por las mujeres choteadoras que se van con el patán que las maltrata, la amistad masculina que cura las heridas, la borrachera que lo inunda todo.

Me conmovió la vigencia del vals sesentón y llamé al nonagenario Carreta que lo cantó con Luis Garland en 1952. Temí que su vozarrón de arenga jaranera se hubiera apagado. Pero no, sonaba poderoso. A la mañana siguiente, otra sorpresa: me recibió cantando una polca. Lo oí tan bien que le discutí su rechazo a planear un concierto. Él siente que su parcial sordera se lo impide, pero yo le insisto en que se le oye sin fracturas.

Sin aceptar el desafío, me da la razón cuando canta a capella proyectando la voz como si estuviera en las “Danzas y canciones del Perú” que acompasaron mi niñez. Empilado, nos hace subir a fotógrafo, videorreportero y a mí a su cabaña en la azotea –“Carretas, aquí es el tono”, anuncia un cartel–, y agarra la guitarra para cantar un vals de Abraham Guzmán y el tango “Margot”, que fue de lo primero que oyó en su niñez rimense –“Ah, mi callecita Tumbes, le debo una canción”– y reparamos en la coincidencia del lunfardo tanguero con la replana criolla. Y canta a todo pulmón para que lo oigan todos, para que él mismo se pueda oír con nitidez y no perder el hilo de su memoria. Se detiene para darnos su definición, más filosófica que etimológica, de su chapa: las ruedas son las voluntades, y el eje es la amistad que las une y permite que la humanidad se eche a andar. Y ríe por los recuerdos de jarana; de Polo; de Antonio Prieto, que comía ají pipí de mono antes de cantar “La novia”; del alprazolam; de Atahualpa Yupanqui, que lo visitó en su casa. La definición se redondea: los ejes de mi Carreta.

¿Cómo se juntó con Luis Garland? “Éramos empleados bancarios. Fui a Chile y oí el programa ‘La hora del bancario’ y prometí hacerlo en Radio Colonial. Ganamos un concurso de chocolates El Tigre y nos contrató Radio América. Ya no éramos los Troveros Bancarios, sino criollos”. ¿Cómo apareció Cavagnaro? “Él y los Caballeros de la Noche eran puro bolero hasta que vio lo bien que nos iba y dijo ¡ah, no! No sé de dónde sacó la inspiración; un par de días después, se nos acerca y nos dice aquí tengo un valsecito. Le dije ¿qué es esto de patita, blanquiñoso?. Es la replana, Carreta”.

El ‘boom’ de “Yo la quería, patita” refrescó el criollismo y dio pie a valses lúdicos de nuevos autores como Polo Campos. “Es mi ahijado artístico, es un genio. Yo le decía: ‘Genio, no seas imbécil, sal de la botella’”, ríe el Carreta y recuerda “La noticia en fa”, el microprograma diario de 1991 en el que él y Polo volteaban la coyuntura. En 1997, lanzaron “Al fondo hay sitio”, sátira de un viaje en microbús que pilla el título del ‘boom’ futuro.

El otro virtuoso efecto de “Patita” fue animar a Serafina Quinteras a darle poemas satíricos al Carreta para musicalizarlos. Él la conocía, pues, en el colegio, había hecho dúo con su hijo Raúl Varela. ¿Y conoció a Blanca, la poeta?. “Ya hubiera querido, pero con sus versos hubiera sido difícil componer un vals”, me dice con una pícara ingenuidad que nos hace matar de risa. Nos quedamos con mamá Serafina y el tragicómico final de “La Lima de ayer y hoy”: “Todo el mundo anda saltón/Y busca terroristas nadando en el menestrón”. Pero ningún verso satírico define mejor la utopía nacional que el de “Parlamanías”, que le costó a Serafina su trabajo congresal: “Y las corvinas, sobre las olas, nadarán fritas con su limooooooón”. Y el ‘Carreta’ lo canta con yapa haciendo un guiño para exprimir limón que, ahora, se me antoja como otra síntesis de los sabores y humores del Perú, entre la acidez y el empalago, entre la amargura ideológica y el deleite de los sentidos.