¡Alerta! Nos están matando, por Laura Balbuena

La situación nacional después de la marcha #NiUnaMenos.

¡Alerta! Nos están matando, por Laura Balbuena

Ilustración: Rolando Pinillos

El 14 de agosto, los miles de asistentes a la marcha #NiUnaMenos en Lima y en todo el país despertaron con una gran satisfacción por los resultados logrados, la amplia cobertura en medios y la sensación de que las cosas iban a cambiar. Sin embargo, la realidad mostró que si bien la marcha puede haber iniciado un cambio grande, este no ocurrirá de la noche a la mañana, sino que se requerirá del esfuerzo conjunto entre el Estado y de la sociedad civil.

Uno de los resultados importantes ha sido la visibilización de la violencia de género y la necesidad de denunciarla. Inspirada por la marcha, Milagros Rumiche acudió a la comisaría de Pampas en Tumbes para denunciar por agresión a su ex pareja Carlos Feijoo. A cambio, recibió solo indiferencia por parte de los policías. El 15 de agosto Feijoo la buscó en su trabajo y la golpeó hasta casi matarla. Hoy es buscado por la justicia y ella teme por su vida y la de su familia. Este caso confirma que el cambio involucra mucho más que solo mujeres denunciando. Requiere a una policía, un cuerpo médico y un Poder Judicial sensibilizados en temas de género y, sobre todo, un cambio de pensamiento en la población. 

El caso de la adolescente ayacuchana L.D. remeció al país y demostró que cuando la policía es insensible ante las denuncias de violencia sexual, deja vulnerable a las víctimas frente a la impunidad de los perpetradores. Dos días después de haber sido violada de manera inhumana por seis adolescentes, mientras su amiga filmaba el crimen, L.D. muere en un hospital de Ayacucho. Se supo luego que uno de sus atacantes había sido denunciado por violación días antes por el padre de otra adolescente víctima de las “privaditas”, pero el caso fue desestimado porque, según le dijeron en la policía, “seguro será su enamorado”. La muerte de L.D. pudo evitarse si la policía hubiera actuado de manera oportuna.

Ambas historias nos muestran que en nuestro país existe una marcada cultura de violencia de género física, sexual, económica y psicológica. Según una encuesta de Ipsos, el 37% de limeños cree que la mujer tiene la culpa si va a una fiesta sola y la violan, 53% cree que la mujer es culpable si se pone minifalda y un hombre la acosa, y un preocupante 73% cree que ella es culpable si es que le es infiel a su pareja y este, al enterarse, le pega. Es decir, culpamos a la víctima de la agresión y no al agresor. 

¿A qué me refiero con una cultura de violencia de género? A que nuestra sociedad posee los siguientes comportamientos: se culpa a la víctima minimizando la responsabilidad del perpetrador, se trivializa la violencia sexual o física al no reconocer el daño que esta causa, se normaliza la violencia y se la ve como parte de una relación y se niega que la violencia de género es endémica en nuestro país.

Como consecuencia de la marcha, el Estado Peruano ha iniciado cambios importantes. Por ejemplo, el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) amplió la atención telefónica y el personal detrás de la línea 100 –destinada a  atender casos de violencia de género– y el Poder Judicial creó la Comisión de Justicia de Género destinada a sensibilizar en temas de género a los servidores judiciales. Ambos pasos son importantes, sobre todo si se considera que –según la jefa del Centro de Emergencia Mujer– después de la marcha se incrementaron los casos reportados de violencia al MIMP. 

La visibilización de la violencia ha logrado que las mujeres se sientan más seguras para denunciar a sus agresores. Sin embargo, mientras que la cultura de la violencia de género siga siendo parte de quienes trabajan para el Estado y de nuestra sociedad, estas denuncias solo harán que las estadísticas aumenten sin ningún cambio real para las víctimas. De seguir así, dejaremos de decir #NiUnaMenos para gritar #NosEstánMatando.