Del amor a la violencia, por María Pía Costa Santolalla

“Necesitamos más que una cultura de paz para hacer frente al abuso contra la mujer”.

Del amor a la violencia, por María Pía Costa Santolalla

(Ilustración: Giovanni Tazza).

A raíz de las condenas absurdamente benévolas en dos casos de maltrato de mujeres, se ha generado una corriente de opinión de rechazo masivo, poniendo en evidencia tres aspectos del problema. Primero, las altas cifras de violencia contra la mujer en el país, que superan largamente las de los vecinos latinoamericanos. Segundo, la desidia institucionalizada frente al tema y, finalmente, la importancia de romper el silencio y dar cabida al testimonio y la denuncia.

El rol disminuido de la mujer, lo que llamamos “el repudio de lo femenino”, está ciertamente relacionado con el patriarcado y constituye, con este, las dos caras de una misma moneda. Se trata de esposos que maltratan a esposas, de hermanos que agravian a hermanas, de padres que humillan a hijas, de novios que golpean a novias. 

¿Cómo entender que es justamente en relaciones de intimidad, cercanía y familiaridad que se produce el atropello? Encontraremos respuestas rastreando en la calidad de la relación del niño con su madre, la presencia o ausencia de la figura paterna, y la eventual violencia en esas relaciones. El resultado será un círculo vicioso en el que los niños maltratados se convertirán, a su vez, en adultos maltratadores o en víctimas de maltrato.

Lo que el varón rechaza es la supuesta vulnerabilidad e inferioridad de lo femenino y, al hacerlo, busca refugiarse en la fuerza bruta como garantía de seguridad. De lo que quiere protegerse es de sus temores más antiguos e inconscientes; fundamentalmente, de la intensa ansiedad de separación de la madre, con quien desea mantenerse eternamente unido. La separación no es vivida por algunos como vehículo de crecimiento, desarrollo y libertad, sino como huella de su impotencia y total fragilidad.

Necesitamos más que una cultura de paz para hacer frente al abuso contra la mujer. Necesitamos propiciar una “crianza” de paz. Sabemos que el cuidado cariñoso de los niños garantiza adultos sensibles, con capacidad de ternura, que puedan incluso borrar las diferencias marcadas entre niños y niñas; sabemos también que los varones así criados pueden alejarse del típico comportamiento agresivo esperado de ellos en las sociedades machistas.

La fuerza que contrarresta la violencia propia de los seres humanos es la identificación entre ellos, el saberse similares y, por supuesto, los vínculos amorosos. Es por eso que la aceptación de lo diferente es un componente fundamental de una crianza de paz. Es legítimo preguntarse por qué para algunos es necesario denigrar al otro para sentirse mejor consigo mismo. Por qué las diferencias ofenden más que potencian. Qué distorsiones ha sufrido el narcisismo de ese niño para que, de adulto, no sea capaz de aceptar el derecho a existir del diferente, privilegiando la experiencia y la perspectiva propia como única valedera y denigrando la del otro.

Es importante tener en cuenta la secuela que deja el trauma del maltrato en sus víctimas, que genera sentimientos de vacío e insignificancia que atentarán contra el propio deseo en el sentido más amplio del término y producirán, en casos extremos, la muerte psíquica. O, en el otro extremo, producirá un círculo vicioso de venganza, odio y violencia. En cualquiera de estas opciones, las víctimas quedan atrapadas en la escena traumática, perdiendo la noción de historia y de futuro.

Sabemos que la manera de aliviar el trauma severo de haber sido abusada y violada es la vía del reconocimiento. Esta tiene que ser judicial, pero también social y conllevar una reparación psicológica para ser efectivo. Por eso la importancia de los testimonios, que estamos viendo multiplicarse, como una necesidad de clamar el horror que se ha mantenido confinado y que permitía la impunidad de los responsables. Es la única manera de reparar en algo el sentimiento de impotencia. Estos testimonios se convierten en mecanismos propicios para limitar la nociva proyección del odio hacia la mujer; generan espacios de escucha imprescindibles para empezar a restañar las heridas individuales y generar cambio social. 

Tenemos frente a nosotros la gran tarea de denunciar el rechazo de lo femenino, sabiendo que lo femenino no es patrimonio de las mujeres, sino una posición mental susceptible de habitar en todos los seres humanos. La feminización de la cultura (sin exclusión de los componentes masculinos), modera las luchas de poder, incrementa los sentimientos de solidaridad y siembra las capacidades de paciencia y tolerancia.