“La aplicación que te reemplazará”, por Salvador del Solar

"Nuestros políticos deben entender cuan urgente es una verdadera revolución educativa que nos prepare para lo que viene"

“La aplicación que te reemplazará”, por Salvador del Solar

(Foto: Getty Images)

 

Saliendo de un centro comercial, me di con la sorpresa de que las casetas de cobro por el uso del estacionamiento habían desaparecido. Ni rastro de las mujeres correctamente uniformadas que solían ocuparlas y hacerse cargo de la tarea de recibir billetes, dar el vuelto y extender recibos. Aparatos de la familia de los cajeros automáticos las habían reemplazado.

Supongo que no debí sorprenderme. Y quizá tampoco las señoras de la caseta ni quienes venden entradas para el cine o atienden en cajas de supermercados, ventanillas de bancos, mostradores de aerolíneas o cabinas de peaje.

Dispositivos capaces de llevar a cabo esas tareas están ya por todas partes. Lo que podría sorprendernos, en todo caso, es que empresas y entidades púbicas reemplacen a seres humanos por máquinas cuyas funciones podrían perfectamente llevarse a cabo a través de un Smartphone.

Históricamente, el bajo costo relativo de la mano de obra en países como el nuestro ha contribuido a postergar o evitar el reemplazo del trabajo humano por la utilización de máquinas. Pero los avances tecnológicos y el abaratamiento en la producción de esta clase de dispositivos podrían revertir esta tendencia.

Quienes visten un uniforme para realizar tareas mecánicas y de poca complejidad se encuentran entonces en mayor riesgo de tener que ceder su puesto a una máquina ya obsoleta. Y si el uniforme incluye una gorra —ese elemento inaceptable que hace aún más borrosa nuestra individualidad y nos presenta como declaradamente reemplazables—, tanto peor.

Todo indica, sin embargo, que las nuevas tecnologías podrían tardar poco tiempo en esparcir la ansiedad de la precariedad laboral más allá del universo demográfico de los trabajadores no calificados.

Hace un año, la revista The Economist publicó un artículo citando estudios que pronostican que, en cuestión de veinte años, no solo conductores de taxis o buses —o pilotos de avión—, sino también contadores, abogados, técnicos en el manejo de equipos médicos e incluso economistas y actores encontrarán notablemente disminuidas sus oportunidades de trabajo a consecuencia de innovaciones en software.

Aunque se espera que a la larga, como ha sucedido antes, los avances tecnológicos produzcan mayor bienestar general y nuevos puestos de trabajo, puede anticiparse también que se presentarán grandes dificultades y enormes desafíos sociales y políticos en el corto plazo.

Quizá estemos perdiendo el tiempo en discusiones a favor y en contra de un régimen laboral cuando la propia definición de “lo laborable” podría transformarse tan drásticamente en un futuro así de cercano.

Nuestros políticos deben entender cuan urgente es una verdadera revolución educativa que nos prepare para lo que viene. No les queda mucho tiempo —nadie puede descartar que en unos años los avances tecnológicos nos permitan también prescindir de ellos—.