La farsa, por Hugo Guerra

El diálogo del Ejecutivo con diversas fuerzas políticas.

La farsa, por Hugo Guerra

En la interna del nacionalismo, ven con buenos ojos una eventual postulación de Daniel Urresti a la Presidencia. Esto dejaría sin chances a Ana Jara. (Foto: Archivo El Comercio)

Treinta minutos de monólogo de una primera ministra cuya autoridad política es mínima, la reiterada visión soberbia de un presidente sin liderazgo y casi cuatro horas de intervenciones de políticos poco representativos sin presencia de la prensa no constituyen un diálogo político.

Lo de ayer, entonces, ha sido solo la farsa de un gobierno en crisis terminal por su gestión incompetente (reflejada en la desaceleración del crecimiento económico y el pésimo ambiente de negocios predominante); por la falta de credibilidad en un Ejecutivo que solo reacciona cuando la calle lo confronta (caso de la ‘ley pulpín’); y por la percepción de una corrupción sistémica que apunta directamente a Palacio de Gobierno (casos del hermanísimo, López Meneses, Martín Belaunde y las denuncias últimas sobre el dinero chavista y las empresas de Nadine Heredia).

Farsa es reeditar lo sucedido en el 2013, con Juan Jiménez Mayor como primer ministro, cuando la oposición participó en reuniones intrascendentes, sin agenda, y con propuestas que terminaron igual que los papelitos que se echan en el buzón de sugerencias de cualquier ministerio: en la basura.

Farsa es el sofisma del ‘diálogo sin condiciones’. Esa era una condición en sí misma que ha llevado a no cambiar un Gabinete Ministerial en el cual hay personajes violentistas como Daniel Urresti, quien, el mismo día del seudodiálogo, siguió atacando a la prensa sin acatar siquiera la orden de su jefa, Ana Jara, sobre refrenar la verborrea agraviante.

Farsa es también que, sin la participación de las dos fuerzas políticas principales (Apra y fujimorismo), a puerta cerrada políticos menores formulen sugerencias y recomendaciones en pro de una gobernabilidad que no depende de la buena voluntad de algunos, sino de la demostración de eficiencia y transparencia del propio Ejecutivo. Además, casi al término de un gobierno errático se ha presentado –a punta de márketing y propaganda– una ‘agenda nacional’ que correspondería a un régimen nuevo.

Y farsa es, finalmente, que el humalismo y las 15 comparsas que se prestaron para la foto del lunes vuelvan a utilizar el Acuerdo Nacional como detergente para tratar de limpiar al oficialismo, trasladando el escenario republicano del debate desde el Parlamento a un salón palaciego.

En vez de ‘dialogar’, lo que debe pedirse es un Gabinete de salida pluripartidario, desde el cual se revisen aquellos proyectos que van a hipotecar al Perú en la próxima década, como la costosísima línea 2 del metro, el absurdo reflotamiento de la refinería de Talara y el sobrevaluado gasoducto del sur. Desde la oposición debería imponerse, además, el esclarecimiento definitivo de todas las acusaciones de corrupción gubernamental, previo cese de las agresiones verbales cuanto del espionaje contra la oposición.

En cuanto al gran anuncio sobre la disolución de la DINI, es otra farsa. La historia demuestra que cuando un organismo se desactiva, los malos manejos y sus responsables escapan sin sanciones. Mejor hubiera sido intervenirlo congresalmente, porque si bien es interesante buscar a los privados que supuestamente ‘chuponean’, ¿quién garantiza que los funcionarios que han estado a cargo del espionaje interno no se reciclen y desvanezcan?