El misterio de la inversión, por Roberto Abusada

“El presidente y su gabinete tienen la difícil tarea de hacer crecer la inversión en medio del deterioro institucional”.

El misterio de la inversión, por Roberto Abusada

(Ilustración: Giovanni Tazza).

Roberto Abusada Salah

La inversión en el Perú ha caído de manera estrepitosa por tres años consecutivos; un misterio que reclama una investigación forense en que se requiere apelar no solo a la economía, sino a otras disciplinas como la psicología, la ciencia política y la psiquiatría.

Y es que en el 2016 el país invirtió US$10 mil millones menos que tres años antes. Se trata de un tóxico fenómeno que desafía una explicación sencilla. El Perú no se encuentra en falencia económica; por el contrario, goza de una fortaleza envidiable: baja deuda pública, nivel de inflación controlado, altísimas reservas internacionales y déficit público reducido. Y ni qué decir de su amplio acceso al crédito internacional; basta ver la avidez con que inversionistas extranjeros compran bonos en soles. Mientras sus pares sufren rebajas en su calidad crediticia, el Perú mantiene su excelente calificación. Súmese a lo anterior la solidez del sistema bancario y la existencia de un Banco Central independiente de clase mundial.

¿Será que faltan proyectos de inversión? Claramente no. Respecto de nuestros vecinos, el Perú está atrasado en infraestructura de todo tipo; bancarización, retail, servicios de salud y educación, digitalización y muchos otros aspectos que definen a las sociedades que progresan. Tal atraso se observa no solo en comparación con Chile, Colombia o México, sino también respecto del cercano y pequeño Ecuador. La agencia de promoción de inversiones, Pro Inversión, está atiborrada de proyectos factibles de todo tipo incomprensiblemente frenados por el gobierno anterior. Los gobiernos regionales y locales poseen miles de proyectos que cuentan con financiamiento y la aprobación del fenecido SNIP.

Develando este misterio encontramos a un Estado disfuncional, una burocracia inoperante y la degradación de la política. ¿Si no cómo explicar que, por ejemplo, el Estado se haya demorado dos años en autorizar la compra del material rodante para el servicio colapsado en la línea 1 del tren? ¿Cómo entender que para comunicar la capital con el centro del país no existan al menos dos vías en óptimo estado, o que la Panamericana no tenga aún doble calzada de Tumbes a Tacna? ¿Cómo justificar la pésima dotación de agua potable y saneamiento en todas las ciudades del Perú?

A la pobreza institucional que ahoga la inversión se ha sumado la arbitrariedad política. Allí están los casos protagonizados por el MEF bajo la administración Segura/Heredia, o la actual alcaldía limeña. Gracias a ellos Lima no puede modernizar su sistema de transporte al no contar con un sistema unificado de cobro de pasajes sin el cual es imposible que los transportistas formales adquieran buses modernos. El actual alcalde también frena la iniciación de las obras para prolongar la avenida Paseo de la República hasta la Panamericana Sur. ¿Piensa acaso que diez mil deportistas de los Juegos Panamericanos disfrutarán paseándose cuatro horas cada día yendo y viniendo por el ‘Boulevard Huaylas’ para acceder a la Villa Olímpica de Villa El Salvador? Caso similar sucede con la megaobra de Javier Prado.

Ejemplos como estos se repiten en muchos municipios y gobiernos regionales, en los cuales compiten la corrupción con la ineptitud en pos de impedir el crecimiento. 

El año pasado la inversión privada, otrora motor principal del crecimiento, el empleo y la disminución de la pobreza, cayó más de 6%. Si al menos hubiera permanecido estancada (crecimiento cero), el crecimiento del país habría sido 5,2% en lugar del 3,8% que pronto se nos anunciará. 

El presidente Kuczynski y su gabinete tienen ante sí la difícil tarea de hacer crecer la inversión pública y privada en medio del deterioro institucional y el peso de una burocracia indolente. A ello se añadirán las secuelas del episodio de corrupción de las empresas brasileñas, y el aprovechamiento político para satanizar todas la APP.

Todo el esfuerzo deberá concentrarse en hacer que la inversión privada crezca al menos 5% y no cero, como predice la mayoría de los analistas, ya que de materializarse esas predicciones el crecimiento del 2017 sería de solo 3,1% y cero en disminución de la pobreza. La contribución al crecimiento de todos los demás componentes del PBI es fácilmente predecible: el consumo privado y el consumo público proveerán, respectivamente, 2,1 y 0,5 puntos porcentuales al crecimiento. Un rebote de 6,5% de la inversión pública, luego de 3 años consecutivos de caída, sumaría otro 0,3 y las exportaciones netas agregarán un 0,2 adicional para arribar al 3,1%. Lograr que la inversión privada (que equivale a casi un quinto del PBI), lejos de estancarse, suba en 5%, elevaría ese flojo 3,1% a un decoroso 4,0%. Una tarea titánica pero imprescindible.