No es odio, es desprecio, por Carmen McEvoy

Ni Una Menos se focaliza en el drama de las mujeres violadas, pero comienza a explorar cómo el desprecio vive entre nosotros.

No es odio, es desprecio, por Carmen McEvoy

Ilustración: Antonio Tarazona

Edgar Yaranga de la Cruz, subprefecto de Huamanguilla, fue capturado hace unos días por la policía acusado de acosar y violar a treinta niñas, cifra que va en aumento. Entre las pertenencias de este “representante” del Estado Peruano, la policía encontró 244 videos de pornografía infantil. Algunos de ellos grabados por Yaranga y en los que comete actos execrables contra niñas cuyas edades fluctúan entre los 11 y 14 años. 

La historia de horror ocurrió en Ayacucho, el mismo lugar donde Adriano Pozo fue liberado por los representantes del Poder Judicial pese a que miles de peruanos lo vimos arrastrando de los pelos a Cindy Contreras. Una mujer inerme a quien este matón humilló, golpeó y luego intentó ahorcar por negarse a tener relaciones sexuales con él. 

Cientos de mujeres han salido del anonimato para compartir sus historias de violencia sexual gracias a la iniciativa del colectivo Ni Una Menos. Lo que salta a la vista es la existencia de una tendencia perversa, que se reproduce y fortalece en una sociedad machista y autoritaria como la nuestra. 

Además del inmenso daño físico, la violación produce en la víctima un sentimiento de culpa. Este requiere un proceso que ayude a asimilar un trauma terrible e irreparable. Para los que tenemos hijas o nietas pequeñas, es inimaginable lo que puede sufrir una criatura de 4, 5 o 6 añitos luego de una violación perpetrada por un familiar o alguien en quien la menor confía. Por seres que desprecian la vida y, en su lugar, ejercen la violencia con el fin de dominar y privar a otro ser humano de sus derechos. Entre ellos, el de la felicidad.

Hace algunas semanas se ha venido discutiendo el tema del odio entre los peruanos. Lideran esta suerte de reflexión –que es válida– políticos que lo denuncian para luego practicar ellos mismos la satanización más primitiva del adversario. 

Pienso, por ejemplo, en el congresista Héctor Becerril, quien mediante un meme define a su par como una terrorista, negándole sus derechos, al colocarla fuera de la ley y de las reglas de la humanidad civilizada. Este es un acto de desprecio por el otro. Expresión mucho más elaborada del odio que tanto preocupa a su bancada y que pareciera ser la moneda corriente en una cultura tan violenta como la nuestra.

La actitud de desprecio, dicen los expertos, muestra la falta de respeto hacia otra persona a través de un trato injusto y despectivo. Cuando alguien es despreciado, se hiere su dignidad, como es el caso de muchas de las mujeres maltratadas y violadas cuyas historias van saliendo a la luz. El desprecio implica la humillación y, en muchos casos, el maltrato físico. Siempre pienso en el terrible desprecio del subprefecto Recharte, quien en 1866 mandó a quemar vivos a cientos de seguidores de Juan Bustamante, todos ellos indígenas, por el simple hecho de rebelarse contra su poder.

Ni Una Menos se focaliza en el drama de las mujeres violadas, pero comienza a explorar cómo el desprecio vive y mora entre nosotros, siendo su expresión más terrible la violación. Esta infravalora a otra persona y la convierte en víctima de un ser que ha pervertido su propia escala de valores e imagina una superioridad social, económica, racial o de género que no existe. Camino al bicentenario, una de nuestras grandes prioridades debería ser aprender a reconocernos todos como iguales, lo que implica devolverle la dignidad a nuestra sociedad.