Editorial: De ratas y tránsfugas

Cambiar de bancada no es en sí algo criticable.

Editorial: De ratas y tránsfugas

“Es tradicional que al cuarto año las ratas abandonen el barco...”. Con esas palabras Daniel Abugattás se refería la semana pasada a los congresistas que recientemente renunciaron a Gana Perú. Aunque luego aseguró que su declaración no aludía a nadie en específico –se trataría más bien de una referencia general– el mensaje de fondo parece ser el mismo: el transfuguismo es despreciable. 

Lamentablemente, nosotros no podemos coincidir con el señor Abugattás, pues no creemos que renunciar a una bancada sea algo en sí mismo negativo. Es posible que un congresista se cambie de bancada porque considera que aquella con la que llegó al Congreso ha dejado de representar bien a los electores que la pusieron ahí. Churchill, que fue varias veces tránsfuga, lo decía así: “Nunca he traicionado a nadie que no se haya traicionado antes a sí mismo”. 

Para retratar lo anterior mejor, pongamos el ejemplo del propio partido del señor Abugattás, Gana Perú. Hasta la primera vuelta electoral, el partido defendía la gran transformación; sin embargo, luego el presidente adoptó –con mucha sensatez– la hoja de ruta que hoy en día su gobierno defiende. ¿Podríamos haber criticado a algún congresista nacionalista que hubiera renunciado frente a este anuncio para iniciar una nueva bancada, buscando respetar las promesas que lo llevaron a su cargo? Por supuesto que no. De hecho, si algo tendríamos que haber reconocido es su consecuencia.

Es cierto, por lo demás, que en lo que toca al caso concreto de la nueva tanda de disidentes de Gana Perú, no está del todo claro que lo que desencadenara sus renuncias haya sido una cuestión tan principista –de lo contrario se esperaría que esto hubiera pasado hace más de tres años–. Y, aunque ellos aseguran que la decisión se debería al “poco respeto a la democracia y la intromisión de otros poderes en las decisiones que se venían tomando en la bancada de Gana Perú”, diera más bien la impresión de que detrás de esta se encontraba su molestia por la candidatura de Ana María Solórzano a la presidencia del Congreso y el haberse dado cuenta de que no tenían ya chances para salir reelegidos con el nacionalismo. Pero la solución para este tipo de conducta de conveniencia no es prohibir una libertad política perfectamente legítima. 

La receta, más bien, para impedir los cambios oportunistas de partido, pasa, justamente, por limitar la oportunidad que ellos ofrecen. Es decir, por fortalecer los partidos, haciendo más costoso –y menos políticamente conveniente– para sus representantes abandonarlos por razones de puro cálculo electoral. Algo para lo que puede servir muy bien cambiar nuestras gigantescas circunscripciones plurinominales (donde se eligen a varios representantes por circunscripción) por pequeños distritos uninominales (en los que se elige a un solo representante). 

La anterior alternativa tiene varias ventajas. Por un lado, incentiva que los electores fiscalicen mucho más de cerca a los congresistas, pues, dado que cada uno solo tiene un representante, cuenta con una mayor capacidad y con motivos más evidentes para seguir sus acciones y para, a base de eso, decidir si en posteriores elecciones lo premiará o castigará a través de su voto.

Además de esto, el sistema uninominal desincentivaría la fragmentación del Congreso, donde actualmente existen diez bancadas. Esto porque existiendo pocas oportunidades de que los partidos chicos y débiles salgan elegidos, los candidatos preferirán unirse a los partidos grandes y más consolidados.

Habiendo menos partidos, por otro lado, una vez elegidos los legisladores tendrán que meditar largamente si efectivamente desean formar nuevas bancadas, pues les convendrá estar aliados a partidos fuertes, que tengan más peso en el Congreso y que les brinden mayores oportunidades de reelegirse en las siguientes elecciones. A esto se le suma que los congresistas probablemente preferirán hacer ciertos consensos con los partidos que les sean más afines antes que formar una nueva bancada, por lo que se fomentaría el diálogo intrapartidario.

Es cierto que la institucionalidad de nuestros partidos tiene que ser reforzada. Y es cierto también –especialmente recordando épocas fujimontesinistas– que en algunos casos congresistas sin escrúpulos han renunciado a su bancada por razones turbias. Sin embargo, no por esto podemos dejar de defender el derecho del resto de decidir cómo será que mejor representen a sus electores.