Editorial: Renuncia con espinas

El gobierno tiene ahora entre manos un problema literalmente espinoso, con el que no puede lidiar sin lastimarse.

Editorial: Renuncia con espinas

La vicepresidenta de la República y congresista Marisol Espinoza renunció al Partido Nacionalista hace más de un mes, pero solo hace dos días hemos conocido la noticia. Según ha señalado el semanario “Hildebrandt en sus trece”, portador de la primicia, en un enésimo gesto de lealtad hacia quienes no le dispensaron ese mismo trato durante los últimos cuatro años, tras negarse a dar marcha atrás en su decisión, ella habría accedido a un pedido de no divulgar la renuncia hasta noviembre, y solo una filtración de la información a la prensa habría arruinado ese plan de postergarle un tiempo más el trago amargo al gobierno.

Es cierto que ahora el mandatario ha salido a afirmar que ni él ni su esposa, presidenta del partido oficialista, tuvieron conocimiento del alejamiento de Espinoza antes de que los medios lo difundieran. Pero la verdad es que, habiendo sido recibido formalmente el documento de renuncia en la mesa de partes de la organización partidaria el 8 de setiembre –como el sello que aparece en la copia de la carta establece–, esa versión resulta muy poco verosímil.  

Así las cosas, lo ocurrido sugiere varias consideraciones a propósito de los actuales inquilinos de Palacio. Por un lado, revela que son conscientes de la gravedad del hecho; pero, por otro, confirma que su reacción más frecuente ante los problemas es patearlos hacia adelante o esconderlos bajo la alfombra, esperando quizá que se resuelvan solos. Una observación que vale tanto para el enfriamiento de la economía como para el ‘affaire’ de las agendas que hoy los tiene contra las cuerdas.

En lo que concierne a este específico episodio, sin embargo, llama la atención que la renuncia los haya tomado –antes o ahora– por sorpresa. Y decimos que llama la atención porque, después de haberla marginado del núcleo de la toma de decisiones en el poder, desembarcado de la candidatura oficialista a la presidencia del Congreso, espiado a través de torpes operaciones de inteligencia y hostigado por boca de varios ministros, lo que tendría que haberlos sorprendido es más bien que la renuncia no se produjese antes.

Lo que esto indica, en buena cuenta, es que, a su juicio, el maltrato aparentemente constituía un modo natural de relacionarse con sus colaboradores políticos, que no traería consecuencias. Pero el incesante éxodo producido en estos años en la bancada de Gana Perú y la forma en que dejaron el Gabinete algunas de las personas que el presidente convocó para encabezarlo tendrían que haberles dado ya una pista al respecto.

¿Cuál fue en el caso de Espinoza el motivo del maltrato? De una parte, seguramente el hecho de que era un recordatorio permanente del proyecto político al que le dieron la espalda (una circunstancia que está insinuada en la larga invocación a los principios ideológicos del partido presente en la renuncia). Y de otra, el liderazgo que ella ejercía en un sector de la bancada que estaba constantemente al borde de la disidencia.
En realidad, el voto popular otorgó a Espinoza la responsabilidad de ser la segunda al mando en este gobierno y eso bien puede haber provocado irritación en quien aspirase a desempeñar ese rol de facto.

Sea como fuere, el gobierno tiene ahora entre manos un problema literalmente espinoso, con el que no puede lidiar sin lastimarse. Aunque no sea la primera ni probablemente vaya a ser la última, la renuncia de la vicepresidenta al partido oficialista marca un hito, pues al tratarse de una persona tan encumbrada en la jerarquía nacionalista y tan identificada con los orígenes del movimiento da una medida del hartazgo que puede existir al interior de la organización a propósito de la manera personalista y errática en que esta y el país en general son conducidos.

Asimismo, señala el extremo de la soledad en que la llamada ‘pareja presidencial’ se ha colocado, poniendo en riesgo la buena marcha de la institucionalidad en el país, pues nada bueno puede derivarse de una ruptura entre quien ejerce la jefatura de Estado y quien está llamada a reemplazarlo cuando viaja al extranjero o en cualquier otra eventualidad.

A la luz de estos acontecimientos, cabe concluir que tiene razón el presidente Humala cuando afirma que el gobierno enfrenta hoy “una ofensiva muy dura”. Lo que le ha faltado aclarar, sin embargo, es que son él mismo y su entorno más cercano quienes la lideran.