Las benditas reformas, por Carlos Adrianzén

Reformar no garantiza nada. Solo reformar bien justifica el esfuerzo de tratar de quebrar usualmente costosas inercias.

Las benditas reformas, por Carlos Adrianzén

Una explicación recurrente de nuestros economistas para explicar diversos problemas es un eslogan de Perogrullo: no se atreven a implementar reformas estructurales. 

A la falta de estas reformas se le atribuyen problemas tan críticos y disímiles como la escasa competitividad local (ergo, nuestras exportaciones se contraen pese a que el comercio global no lo hace), las trabas burocráticas superpuestas a inversiones privadas, la baja calidad de la educación pública (pese a que el porcentaje asignado para la educación sobre el presupuesto total del Gobierno no es mucho menor del que asignan naciones con sistemas públicos en ambientes desarrollados) y hasta la corrupción que caracteriza a las instituciones estatales encargadas de administrar seguridad ciudadana o justicia.

Necesitamos aplicar reformas, nos dicen. Pero ¿qué es reformar? Según el diccionario de la Real Academia Española, es modificar algo, por lo general con la intención de mejorarlo.

Asumiendo que hablamos de mejoras bienintencionadas, es muy útil recordar que el camino al infierno está empedrado de ellas. Pueden haber buenas intenciones, pero pobres fundamentos técnicos. Para que estas reformas merezcan nuestra atención, es fundamental que funcionen. Que entusiasmen o no solo sería electoralmente relevante

Es decir, reformar no garantiza nada. Solo reformar bien justifica el esfuerzo de tratar de quebrar usualmente costosas inercias. De hecho, muchos gobernantes incapaces, destructivos y corruptos han hablado de reformas estructurales. La dictadura velasquista, las reformas chavistas y el totalitarismo cubano usan el término ‘reforma estructural’ para acciones de consolidación de sus regímenes. 

Pero existen reformas de mercado, que no solo significan crecimiento y desarrollo económico en el largo plazo. No solo tienen claros parámetros (implican la consolidación generalizada de mercados abiertos y competitivos, dinero estable y respeto a la propiedad privada). Resultan muy difíciles de explicar en América Latina por dos razones. Primera, nunca las hemos visto de manera completa y consolidada. Segunda, no existe un solo caso de una economía de mercado en la Sudamérica actual, pero abundan los gobernantes y analistas que usan su retórica con desparpajo y hasta no falta quien se jura la reencarnación de Adam Smith al sur del Río Grande. Brasil es un elefante estatista y el ícono liberal sudamericano (Chile) se parece cada vez más a Brasil y Cuba. ¿Y nosotros? Basta con escuchar al presidente para que cualquier bienintencionada ilusión se desvanezca, si le prestamos una desaprensiva atención.

En concreto, ¿qué reformas de mercado nos ayudarían? Muchas. Para muestra estos botones. Hacer mucho más liviano el aparato estatal reenfocándolo en salud, educación, justicia, seguridad ciudadana y defensa con regímenes de mayoritario subsidio a la demanda cuando estos resulten factibles. Minimizar tasas y número de impuestos hacia una presión tributaria con cero perforaciones. Eliminar el límite a las inversiones previsionales del sistema privado y dejar flotar el dólar. Eliminar toda discrecionalidad en los textos únicos de procedimientos administrativos (TUPA) aplicando procedimientos de gobierno electrónico. Esto para empezar.

Sí, así de lejos estamos.