Historias mínimas, por Franco Giuffra

Si Humala regaña a los alcaldes por sus monumentos, ¿quién lo regaña por su refinería de US$3.500 millones?

Historias mínimas, por Franco Giuffra

Ollanta Humala.

Consejo de Ministros descentralizado en Cusco la semana pasada. El presidente Ollanta Humala, con tono cordial pero enérgico, les jala las orejas a los alcaldes que en todo el país usan el canon para construir monumentos absurdos. A la maca, al árbitro de fútbol, al sombrero. Un despilfarro, los regaña. En sus pueblos no hay agua ni luz ni desagüe.

Mientras escucho su reprimenda, no puedo evitar recordar las historias de tres personas cercanas que nadie conoce.

Carlos. Más de quince meses con una hernia inguinal que no consigue operarse. No le programan la cirugía en Essalud; no hay turno o cama disponible. Los exámenes de riesgo quirúrgico se le vencen uno tras otro mientras espera que lo atiendan. Finalmente, una madrugada de domingo la hernia explota. La familia lo arrastra moribundo al Loayza, donde es intervenido de emergencia. Por su presión alta y su diabetes, todo el trance se le complica. Sobrevive, pero la recuperación es penosa. Para cuando deja el hospital, ya tiene insuficiencia renal y desde entonces vive con diálisis tres veces por semana.

Lupe. Un año con cólicos biliares horribles. Se queja en las noches, llora, se retuerce en su cama. También está al día en sus pagos a Essalud, pero no consigue turno para que le saquen la vesícula. Hasta que un día ya no se puede parar de dolor. La llevamos en ambulancia al Casimiro Ulloa, temprano en la mañana. Se pasa doce horas en una camilla de 50 centímetros de ancho en un pasadizo. No le aclaran nada, al esposo tampoco. Sí, ya la vamos a operar. No, no ha venido el cirujano. A las ocho de la noche el esposo la sube a un taxi y busca una clínica privada de medio pelo en el Callao donde la operan de emergencia, juntando algo de plata con familiares y amigos. 

Sandra. Tiene más suerte. Lo suyo es una gastritis persistente y rebelde. No cede con los antiácidos ni con la ranitidina. Está esperando una cita en Essalud pero no hay cuándo la atiendan. Finalmente logra ingresar por emergencia. Una doctora le recomienda hacerse un descarte de ‘Helicobacter pylori’. No allí, por supuesto. Le pasa el dato de un centro médico privado cercano y le manda a hacerse la prueba del aliento, que vale como 300 soles.

Ya se sabe. Los pobres en el Perú se enferman, sufren, quedan discapacitados o se mueren sin que nadie se entere. Son almas anónimas que circulan por los hospitales públicos o los de Essalud con sus papeles, recetas, sus monedas para el pasaje de regreso, rogando por una cita ambulatoria, un procedimiento de diagnóstico, una operación. 

Essalud, en particular, es para ellos una estafa. Pueden estar al día en sus contribuciones pero no los atienden, no los operan, no los reciben. Faltan médicos, infraestructura, equipos. Todo.

De vuelta al Cusco a escuchar al presidente. Me parece una ironía de la vida que sea él quien lance estas admoniciones. Si Ollanta Humala regaña a los alcaldes por el monumento al sombrero cuando no hay agua, ¿quién regaña a Ollanta Humala por su refinería de 3.500 millones de dólares cuando no hay salud para los pobres? No sé si Talara será eficiente, pero no tengo duda de que es un monumento grotesco a la inmoralidad.