No hay nuevo fujimorismo, por Arturo Maldonado

"Hoy los hechos dan sustento a la idea de que el pretendido giro fue pura finta".

No hay nuevo fujimorismo, por Arturo Maldonado

Muchos se preguntan si el fujimorismo sigue siendo la misma organización de los noventa, aquella que encarnó lo peor de la política: populismo, autoritarismo, corrupción, robo de las arcas públicas, violaciones a los derechos humanos y un largo etcétera de males; o si, por el contrario, el fujimorismo se ha renovado bajo el liderazgo de Keiko Fujimori.

La hipótesis de que Keiko quería renovar al fujimorismo cobró fuerza cuando apareció en la Universidad de Harvard y sacó a la luz temas ajenos al fujimorismo histórico, como el balance del trabajo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Esta hipótesis se reforzó cuando se excluyó de la lista parlamentaria a representantes del ala histórica, como Martha Chávez o Luisa María Cuculiza. Hay que ser claros, un giro liberal y republicano del fujimorismo habría sido una buena noticia para nuestra frágil democracia. Sin embargo, el giro nunca fue completo y eso echaba sombras acerca de la veracidad de estos amagos. 

Hoy los hechos dan sustento a la idea de que el pretendido giro fue pura finta, teatro para la tribuna y mera estrategia electoral del momento. Quizá el padre ya no sea una figura fundamental en las decisiones del partido y quizá Keiko se haya despercudido de algunas figuras asociadas al fujimorismo histórico, pero lo que no ha hecho la candidata y lideresa de Fuerza Popular es desligarse claramente de las prácticas y del estilo noventero que impuso su padre y Montesinos. Hoy, igual que ayer, vemos que el fujimorismo está demasiado asociado con intereses turbios que quieren hacer del país su botín. 

No es creíble cómo un nuevo fujimorismo pudo tener un secretario general que es investigado por lavado de activos. Esto nos permite intuir el grado de penetración de estos poderes ilegales en la política. No es creíble un nuevo fujimorismo cuyo jefe de campaña reacciona metiendo cabezazo y tildando de terroristas a opositores. Esto nos permite intuir cómo sería el tratamiento de la protesta en un eventual gobierno naranja. 

No es creíble un nuevo fujimorismo donde el actual secretario está involucrado en un hecho de manipulación de audios. Esto da señas de cómo sería la relación con la prensa. No es creíble cómo un nuevo fujimorismo no tenga otra cosa que ofrecer que puro populismo en campaña, cómo apelar a la mano dura para combatir la delincuencia. Esto nos indica cómo sería el clientelismo y el manejo de los programas sociales. No es creíble cómo un nuevo fujimorismo recurra a la mentira y a la difamación para atacar a sus rivales. Esto nos hace pensar cómo sería la relación con una oposición en minoría.

No es creíble un nuevo fujimorismo cuyas cuentas en campaña no cuadren y se valgan de cocteles donde se cobra 500 dólares por entrada y se infla el número de asistentes. Esto nos hace dudar acerca de cómo serían los manejos económicos en el gobierno. No es creíble un nuevo fujimorismo donde la lideresa del partido manifieste que desconoce los negocios de sus allegados. Esto nos muestra cómo serían las justificaciones ante escándalos y destapes en un eventual gobierno fujimorista.

En suma, no es creíble que haya un nuevo fujimorismo cuando todo el estilo nos remite al viejo fujimorismo. En el último debate, Kuczynski le enrostró a Keiko Fujimori que ella no ha cambiado. Los hechos parecen darle la razón. Desde los noventa el fujimorismo ha cambiado a algunas caras y ha maquillado en algo sus formas, pero en la práctica la manera de hacer política sigue siendo la misma. Los nuevos rostros tienen el mismo espíritu. Cambiaron a Alberto por Keiko, pero sigue siendo Fujimori.