La trampa de la mediocridad, por Franco Giuffra

Si uno se limita a hacer lo que hizo antes, no crecerá lo necesario.

La trampa de la mediocridad, por Franco Giuffra

Economía peruana. Al menos por ahora, todavía se puede ver con optimismo el próximo año. (Foto: Archivo El Comercio)

Un congresista desorientado ensaya en la tele la siguiente argumentación contra la flexibilización de la regulación laboral. Si anteriormente –dice– crecimos hasta 9% al año con las normas actuales, ¿para qué cambiarlas? Es claro que el régimen laboral no es el problema. En consecuencia, hay que buscar las causas de la informalidad y del atraso económico por otro lado, porque al menos en materia laboral, lo que tenemos ya funcionó y no se debe alterar. 

Una lógica similar asiste a los defensores de las empresas públicas, los partidarios de la intervención del Estado en la economía y los entusiastas de la regulación. ¿Para qué saltan tanto estos neoliberales si con estas condiciones que ellos critican hemos logrado ser los campeones del crecimiento mundial? 

Suena cautivante. Si nuestro país ya exhibió durante años tasas de crecimiento económico envidiables, por qué tanto apremio por cambiar las cosas, desregular, achicar el Estado. Para qué tanto afán en quitar obstáculos, flexibilizar estándares ambientales o laborales. Cuestión de transmitir confianza y retomar la senda del crecimiento nomás. 

Suena cautivante, pero es un error. Si uno fuera congresista, se tragaría ese sapo sin arcadas, pero basta que se reflexione un poco sobre la materia para detectar la trampa de quienes proponen que todo siga igual para que las cosas mejoren.

En primer lugar, porque el crecimiento económico no se mide como las carreras de atletismo. No se regresan a cero los cronómetros cuando se acaba el año. El crecimiento del 2015 se mide sobre la base de cómo terminamos el 2014. No basta con generar mil, dos mil o cien mil millones de soles de valor agregado todos los años. Hay que generarlos en adición a los que ya teníamos en el período anterior. 

Piense en un asalariado cuya familia crece sin parar todos los años y, con ello, sus necesidades: más alimentos, más espacio para vivir, más pensiones escolares. El sueldo fijo que tenía antes se le quedará corto tarde o temprano: está obligado a ganar eso y más todos los años.

Ojalá bastara con crecer. El problema es que el crecimiento adicional se hace cada vez más difícil, como una montaña cuya pendiente se acentúa conforme se avanza. Un pesista profesional carga sin problemas 100, 150, 180 kilos. En algún momento le será imposible cargar un kilo más. En el mejor de los casos, lo que logre con mucho esfuerzo serán mejoras discretas de gramos, ya no de kilos.

Ocurre lo mismo con la economía, en virtud del principio de los rendimientos marginales decrecientes. Si uno se limita a hacer lo que hizo antes, no crecerá lo necesario para ir al paso de las necesidades que aumentan, porque cada punto de crecimiento será más difícil de lograr. La productividad marginal de la tierra se reducirá, el costo marginal de la electricidad se encarecerá, la disponibilidad de más gente capacitada se complicará. 

Entonces, en ausencia de condiciones internacionales favorables que puedan maquillar las ineficiencias internas, para crecer económicamente todos los años el país tiene que ponerse cada vez más ‘fit’. Eso incluye quitar el lastre de las regulaciones ineficientes que traban los mercados. Quedarse como estábamos no es una opción; la búsqueda de mejoras debe ser permanente. Es una falacia pensar que lo que sirvió antes nos servirá mañana. No se deje embaucar con esa trampa de la mediocridad.