(Editorial) ¿Ayuda para quién?

Mal haría el gobierno en construir un sistema de ayuda social clientelista

(Editorial) ¿Ayuda para quién?

Ayer se hizo público un nuevo cuestionamiento sobre el uso que el Gobierno podría estar dando a los recursos públicos, con la finalidad de viabilizar una eventual candidatura de la primera dama. “Perú21” informó que el Ministerio de la Mujer, a pesar de haber reducido considerablemente sus funciones, habría aumentado su presupuesto en 153% en un año de gestión. Según varios miembros de la oposición, estos recursos parecerían estar siendo utilizados para financiar entregas clientelistas de bienes, así como las actividades extraoficiales en las que participa la señora Heredia junto con la ministra Ana Jara y que constituirían, realmente, parte de una campaña política mirando al 2016.

Esta denuncia de clientelaje y malversación de fondos públicos, qué duda cabe, es preocupante y sería muy positivo que la señora Jara fuese al Congreso a explicar el uso de ese dinero, como ella misma lo ha solicitado.

Las sospechas de la debilidad de Gana Perú por el uso clientelar de recursos, sin embargo, no terminan en esta reciente denuncia. Y es que el gobierno ha decidido expandir esquemas de distribución de dinero o alimentos en lugar de concentrar esfuerzos en programas que ayuden a los pobres a volverse más productivos para que puedan salir adelante por sí solos. Este tipo de esquemas por el que el Estado hoy prefiere apostar ayuda mucho al gobernante que quiere volverse más popular y lograr que parte del electorado dependa de sus dádivas, mas flaco favor le hace a los más necesitados, quienes no logran convertirse en ciudadanos más prósperos y autónomos.

El programa Juntos, por ejemplo, ha pasado de beneficiar a 490 mil hogares en el 2011 a 650 mil en el 2012. Además, el tiempo de permanencia de las familias en el programa se ha incrementado. Inicialmente se beneficiaban de él por cuatro años y ahora pueden obtener beneficios hasta que sus hijos cumplan 19 años. El resultado es que en un solo año se pasó de 950 mil individuos beneficiarios del programa a 1’500.000. Este número seguirá creciendo sin que nada asegure que los receptores de la ayuda desarrollarán medios para, en un futuro, producir ellos mismos su propia riqueza, y sin saber tampoco si dicho aumento será financieramente sostenible.

Incluso algunos de los nuevos programas ‘productivos’ que lanza el propio Ministerio de Agricultura son también –paradójicamente– asistencialistas o populistas. Es, por ejemplo, el caso del programa Buena Siembra, que reparte vales de S/.500 a los campesinos para que estos los canjeen por fertilizantes en las tiendas de productos agroveterinarios. Este sistema ya se aplicó dos o tres años durante la década de 1990, con la diferencia de que los vales se entregaban no como un regalo sino a cambio de trabajo en zanjas de infiltración y otros proyectos. Ahora ni siquiera sucede eso, por lo que no hay garantía de que los agricultores logren aumentar su producción. De hecho, es muy probable que muchos campesinos canjeen el vale de S/.500 (como incluso sucedió en el pasado) por menos dinero y que el agroveterinario cobre los S/.500 al Gobierno y se quede con la diferencia. Un gran negocio para quien, con este regalo, aumenta puntos en las encuestas, pero uno pésimo para el combate a la pobreza.

Sería muy positivo que, en vez de regalar dinero en mano, el Gobierno priorice proyectos que permitan a los campesinos aumentar la productividad de sus tierras (como reservorios o riego por aspersión) o que los conecten mejor con el resto del país para expandir sus posibilidades comerciales y de empleo. Un ejemplo de esto último es el Fondo para la Inclusión Económica en Zonas Rurales (Fonie) que considera, de aquí al 2016, el mejoramiento de 9.450 kilómetros de caminos rurales para interconectar los centros poblados con las capitales de distrito, junto con inversiones en electrificación, agua potable y saneamiento.

El Estado debería concentrar sus recursos en este último tipo de programas en vez de aquellos que se prestan fácilmente para el clientelaje. No solo porque los primeros son más efectivos para superar la pobreza, sino porque, además, así el Gobierno ayudaría a disipar las dudas de quienes piensan que no usa los recursos públicos para ayudar a los más necesitados, sino para ayudarse a sí mismo en las próximas elecciones.