(Editorial) El jardinero fiel

El salario de la mayoría de trabajadores no sube cuando una ley lo ordena

Como quien responde a las críticas que se hicieron al reciente aumento de la remuneración mínima vital (RMV) e, imaginamos, como quien prepara el terreno para los próximos aumentos, el ministro de Trabajo ha declarado: “Ninguna empresa quebró con el aumento del salario mínimo”. La idea, naturalmente, es que de ahí concluyamos en la inocuidad económica de la institución del salario mínimo mandado por ley. Si no te mata, parece decir el ministro, entonces no te daña.

La visión del ministro tiene un problema: no prueba nada. Las empresas a las que este tipo de medidas podría hacer quebrar son justamente las pequeñas empresas y microempresas que en su enorme mayoría no son formales y que, por tanto, no cumplen con ellas.

Alguien podría decir entonces que no hay problema; que si los que son demasiado pequeños para soportar la RMV no van a tener que hacerlo, no hay daño posible. Pero ello supondría ignorar dos puntos muy gruesos. El primero, que tampoco hay beneficio. O, al menos, que lo hay solo para muy pocos. Ciertamente, no para ese 80% de los trabajadores peruanos que son empleados informalmente, a quienes les da lo mismo que se ponga la RMV a 750 o 750.000 soles: ellos igual seguirán ganando exactamente lo mismo que reciben ahora porque sus empleadores no están dentro de la ley laboral. A ellos, por así decirlo, el bienintencionado disparo del sueldo mínimo les pasa por encima.

El segundo punto es que sí hay daño: cuanto más alta se ponga la valla de la formalidad, más difícil se vuelve alcanzarla alguna vez para quienes están fuera de ella y, consiguientemente, más se solidifica la situación de precariedad en la que – sin ningún tipo de beneficio social ni protección estatal– trabajan los que están contratados por la empresa informal. Algo que se vuelve todavía más grave cuando uno toma en cuenta que quienes son empleados por las microempresas y pequeñas empresas suelen ser los más pobres y los menos preparados: es decir, justamente los que más “protección” necesitarían. No en vano existen estudios del BCR y de investigadores independientes como Miguel Jaramillo que recogen cómo los aumentos de sueldo mínimo no tienen efectos sobre los grupos a los que buscan beneficiar.

El daño, por lo demás, no abarca solo a los empleados informales (repetimos: más de dos tercios de los trabajadores del país) sino también a los que no tienen empleo y que, cuanto más se encarece el costo de crearlo, menos posibilidades tienen de llegar a obtenerlo alguna vez. (Además de algunos formales que con los aumentos de la RMV son pasados a la informalidad o despedidos)

El ministro, pues, no tendría motivos para sentirse alegre aunque se pudiese demostrar que, como dice, ninguna empresa se ha arruinado en el Perú con la subida del sueldo mínimo: el sueldo mínimo no va a hacer quebrar a ninguna de las empresas a las que podría hacer quebrar porque tampoco las va a tocar. Su victoria, entonces, se produce en el aire. En la tierra, no ha movido nada; solo ha endurecido algo: las barreras que mantienen a los trabajadores informales sin protección alguna y que dificultan el crecimiento de la pequeña empresa y microempresa.

¿Cómo sí se puede proteger a los trabajadores? Pues creando un régimen formal más realista para el tamaño de la economía peruana y, en general, aligerando los pesos estatales con los que cargan las fuerzas que hacen empresa y generan empleo –la iniciativa, el esfuerzo y la inversión privados–, para que puedan crecer y multiplicarse. Esta es la única garantía real para los trabajadores: que cada vez haya más demanda por ellos. Después de todo, no fue como efecto de subidas en el sueldo mínimo que desde el 2004 en Lima Metropolitana los ingresos de los empleados que no cuentan con educación alguna o cuentan solo con educación primaria se han elevado en 60%. Fue por el crecimiento y la consiguiente competencia por la fuerza laboral. Las mismas fuerzas que han logrado, en idéntico período, que se reduzca a la mitad el tiempo que pasa un trabajador desempleado buscando un nuevo trabajo. Es inconmensurable, en fin, lo que ganarían los trabajadores peruanos (todos, no solo el 20% que considera el Gobierno) si nuestras autoridades comprendiesen una simple verdad natural: no es jalándola por el tallo como se logra que crezca más la planta.