Editorial: El mejor homenaje a don Javier Pérez de Cuéllar

En plena guerra fría este ilustre diplomático peruano fue elegido en 1981, y por unanimidad, como secretario general de la ONU, en un escenario plagado de confrontación y conflicto

En un gesto que lo enaltece y muestra su generosidad y amor por el Perú, el embajador Javier Pérez de Cuéllar donó al Ministerio de Relaciones Exteriores su invalorable colección de medallas, recibidas principalmente en su gestión como secretario general de las Naciones Unidas.

Estas medallas, subrayamos, son testimonio de una vida dedicada a la diplomacia y la paz de un peruano ejemplar, que dejó muy en alto el nombre de nuestro país. Él, con modestia y sencillez superlativas, ha dicho: “[Esto] no es otra cosa que devolverle a RR.EE. todo lo que de esta casa aprendí”.

La oportunidad fue propicia para que la cancillería inaugurara la exposición especialmente montada para exhibir dicha colección y para que el Gobierno presentara el matasellos de la primera estampilla con la imagen de Pérez de Cuéllar, como una forma de retribuir lo mucho que él ha dado a nuestra patria y a la paz mundial.

Efectivamente, en plena guerra fría este ilustre diplomático fue elegido en 1981, y por unanimidad, como secretario general de las Naciones Unidas, en un escenario plagado de confrontación y conflicto. Su inteligencia y su don de gentes, así como su convicción de que la convivencia solo es posible con diálogo y en paz fueron determinantes para resolver situaciones críticas. Esta gestión, que impuso un liderazgo solvente y ponderado, le valió ser reelegido, por lo que dirigió la ONU hasta 1991.

Desde ese cargo propició acercamientos entre antiguos antagonistas como EE.UU. y los herederos de la Unión Soviética y manejó el reacomodo mundial tras la caída del muro de Berlín. También negoció el fin de la ocupación rusa en Afganistán, el cese del fuego entre Irán e Iraq, así como la expulsión de Iraq de Kuwait.

Al retornar al Perú, se involucró a fondo con la recuperación de la democracia, pero su excelente gestión internacional no pudo convencer a las mayorías de que él era la alternativa frente al autoritarismo reeleccionista de Fujimori. Mas, continuó en su empeño de aglutinar a la oposición democrática hasta que, caída vergonzosamente la dictadura, aceptó el reto de volver a la política, al llamado de otro gran demócrata, Valentín Paniagua. En dicho gobierno ocupó la Presidencia del Consejo de Ministros y el Ministerio de Relaciones Exteriores, cargos en los que tuvo que recurrir a toda su experiencia para mejorar la imagen de nuestro país, malograda por la corrupción y el autoritarismo fujimontesinista.

Es igualmente conocida su preocupación social, que comparte con su esposa y compañera inseparable Marcela Temple de Pérez de Cuéllar. Los temas de la pobreza y la justicia redistributiva fueron prioritarios en sus intervenciones y en los planes de Gobierno en los que participó.

Para el Perú, Javier Pérez de Cuéllar es, pues, mucho más que un diplomático. Es un patricio de la democracia y maestro de varias generaciones, por lo que hemos adquirido con él una deuda y gratitud eternas.

Como lo hemos señalado ya, su figura debe ser inspiración para los políticos de hoy, que deben apreciar y emular su entrega, su autenticidad sin dobleces, así como su acendrado amor por el Perú. Ese sería el mejor homenaje que podríamos tributarle.


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