(Editorial) País de emprendedores

Las mypes tendrían que ser un motivo de orgullo nacional

(Editorial) País de emprendedores

Cada vez va siendo más difundida la idea de que, no obstante todos los problemas que aún tiene, el Perú es un país de maravillas. En la lista de las que normalmente se nombran, sin embargo, hay una que brilla por su ausencia, pese a que, considerando el entorno en que ocurre, tendría que ser la que más impresione: somos uno de los países más emprendedores del mundo. De hecho, tenemos varios años ya figurando entre los tres primeros puestos del ránking que publica sobre el tema el Monitor Global de Emprendimiento, una entidad que pertenece al Babson College (de Estados Unidos) y a la London School of Economics, habiendo ocupado cinco años consecutivos el primer lugar.

¿Cómo así logramos esto? Pues parece ser que los peruanos tenemos un ADN emprendedor. Es difícil explicar de otra forma como todos los años nos lanzamos en cientos de miles tras el sueño del negocio propio, pese a los trámites arbitrarios e inacabables, pese a las mil y un regulaciones sectoriales sin sentido, pese a tener uno de los regímenes laborales más rígidos del mundo, pese a los enormes problemas de infraestructura, pese a la gigantesca deficiencia de educación, pese, en fin, al débil marco institucional. Y todo ello sin tomar en cuenta el riesgo intrínseco que en cualquier país supone dejar el mundo del trabajo dependiente con ingreso asegurado a fin de mes y beneficios sociales (que es de donde vienen muchos de los que cada año inician una pequeña o microempresa en el Perú, como bien lo ilustró nuestro columnista Richard Webb en su artículo del lunes pasado) para pasar a la aventura sin garantías del pequeño emprendimiento propio.

Estos peruanos son los héroes olvidados del crecimiento y la reducción de la pobreza. A través de sus mypes emplean ni más ni menos que al 70% de nuestra población económicamente activa y conforman más del 55% de las empresas que existen en el Perú. Se parecen, pues, a los liliputienses que en la novela de Swift movían el peso del enorme cuerpo de Gulliver.

Alguien podría pensar que lo de “héroes” es exagerado. Creemos, sin embargo, que quedan pocos argumentos para considerarlo cuando uno alcanza a medir el tamaño de lo que tienen en contra –particularmente teniendo en cuenta que gran parte de ellos pertenecen a los sectores socioeconómicos menos favorecidos– junto al tamaño de lo que logran. Y es que lo mencionado arriba no es retórico: está medido. Según el Reporte Global de Competitividad, por ejemplo, ocupamos el puesto 128 de 144 países en la carga impuesta a las empresas por las regulaciones burocráticas y el puesto 107 en facilidad para contratar y despedir trabajadores; mientras que, conforme a un estudio de PricewaterhouseCoopers, tenemos el puesto 132 de 183 países en dificultad para cumplir los trámites necesarios para declarar y pagar impuestos. Con indicadores así, ¿a alguien puede sorprender que cada año solo sobrevivan el 3% de las mypes que se forman en el Perú o que el 70% de las microempresas que sobreviven sean informales? Nuestras mypes son como pequeñas plantas que intentan crecer bajo una podadora estatal permanentemente encendida a muy pocos centímetros sobre ellas y, sin embargo, nunca dejan de reproducirse y de intentar sobrevivir, y aún de lograrlo en números suficientes para crear la mayor cantidad de empleo en el Perú.

Así las cosas, si el anuncio del ministro de Economía y Finanzas sobre un ‘shock’ de inversiones para agilizar y simplificar nuestros trámites burocráticos es una buena noticia para la economía en general, en lo que toca a las mypes en particular tendría que ser, antes que nada, un acto de pura justicia y admirado reconocimiento por parte de un Estado que hoy cataloga como no “decente” al empleo informal que ellas generan, cuando el indecente es él, que las empuja a esa informalidad con su podadora.


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Editorial de El Comercio

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