"Los 8 más odiados": nuestra opinión de lo nuevo de Tarantino

"Si algunos pensaron que Tarantino ya no podía regalar otra obra maestra, se equivocaron", reseña Sebastián Pimentel

EN VIDEO: tráiler de "Los 8 más odiados", película de Quentin Tarantino que está actualmente en cartelera. (Fuente: ABC Comunicaciones/ Difusión)

A diferencia de “Django sin cadenas”, western de tono épico, expansivo y solar, conjugado además con una polémica inversión de la historia (Jamie Foxx es un esclavo que consuma su eufórica venganza contra los hacendados blancos del sur), “Los 8 más odiados”, la nueva película de Quentin Tarantino, es lo opuesto: de interiores a media luz, iluminado tenuemente por lámparas y velas. Además, toda la acción se despliega en un espacio cerrado: la cabaña o mercería de Minnie, último refugio para cualquier fugitivo que haya caído en las garras del destino.

Quentin Tarantino, que nos tiene acostumbrados a guiones magistrales, regala esta vez un trabajo lleno de detalles y una sofisticación que extrañábamos en algunos tramos de “Bastardos sin gloria” o “Django”. Todo parte de la aventura de John Ruth (Kurt Russell), quien en su afán de llevar a Daisy Domergue (quizá el mejor trabajo de Jennifer Jason Leigh) al pueblo de Red Rock para cobrar una jugosa recompensa se permite sumar unos cuantos hombres más en su viaje.
Este prólogo, con el típico carruaje tirado por caballos –probable guiño a “La diligencia” de John Ford, que para algunos es el primer western–, es corto: lo central tiene que ver con lo que acontece en la posada donde el grupo se refugia de una furiosa tormenta, y donde a su vez conocerán a un arisco general (Bruce Dern) –quien acaba de terminar la guerra de Secesión entre el norte abolicionista y el sur racista–, un mexicano (Demián Bichir) encargado de atender en la mercería y los excéntricos forajidos interpretados por Michael Madsen y Tim Roth. 

Desde este encuentro múltiple, todo se convierte en un intercambio de palabras y performances que no son lo que parecen ser, y que esconden una trama subterránea que el espectador deberá desenrollar poco a poco. La simulación, siempre de contornos ambiguos y a veces hasta teatrales, no es extraña al universo del director de “Kill Bill”. Recordamos a los soldados judíos de “Bastardos sin gloria”; a la Pam Grier de “Jackie Brown”, encubierta para atrapar a un gángster; o a los falsos asaltantes de “Perros del depósito” –que además de Madsen y Roth, tiene otras cosas en común con “Los 8 más odiados”–.

Quentin Tarantino construye un espectáculo de claroscuros basado en personajes que fingen ser otros, solo que en función de emboscadas o sabotajes que se pagan con la vida. Y a ese suspenso, siempre salpicado de toques grotescos y duelos verbales, se aúna una especie de calidad literaria: sus películas se dividen en capítulos, como en la lectura de un libro. Aquí las palabras, como recurso también textual del lenguaje fílmico, hablan de una novela cinematográfica que no deja de volver sobre sí misma al presentarse, también, siempre fragmentada, en un tiempo no continuo, y que el espectador debe armar en su propio juego de interpretaciones. 

Es más, la voz en off del mismo director se atreve a intervenir en una inflexión clave de “Los 8 más odiados”, gesto muy contemporáneo que evidencia el carácter de artificio de lo que vemos, lo que sin embargo no debilita, sino más bien potencia la fascinación por el relato –en tanto este no deja de abrir nuevas puertas y multiplicar sus apariencias–.

En “Los 8 más odiados” nadie puede equivocarse en su actuación, juego del rol o representación para poder sobrevivir. La fuerza centrípeta que ejercen, en una especie de ritual de acercamientos y alejamientos en unos pocos metros cuadrados, hacen recordar una tradición tardía del western, que va de Anthony Mann a Budd Boetticher –de vaqueros que ya no pelean a caballo y en duelos abiertos, sino que hacen una convivencia cotidiana forzada, tensa y consciente de su común desconfianza–. Y, en medio de todo ello, racismo y sexismo, crueldad y ternura, amistad y traición. Si algunos pensaron que Quentin Tarantino ya no podía regalar otro cubo mágico e insoluble que algunos llaman obra maestra, se volvieron a equivocar.


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