Ellos son los maestros del Perú

Conozca la vida de cinco ejemplos de cultura viva de nuestro país y su importancia para mantener tradiciones de generación en generación

Por Gabriela Machuca Castillo

Muchos devotos en Ayacucho ven en Teodomiro Camiña Galindo una forma de agradar a Dios, a la Virgen o a un santo patrón. El gran maestro en cerería, el arte efímero por excelencia, ha sido bendecido con el don de crear los más extraordinarios tronos utilizados en las fiestas religiosas de la región. Por eso, cuando alguien quiere pedir o agradecer ese milagro tan anhelado, manda a hacer andas hermosas. Ofrece, pues, el trabajo de este hombre de 77 años.

“Empecé muy niño haciendo flores de cera y velas. Me enseñó mi papá, don Teodosio Camiña. Lo que sé se lo he pasado a mis cuatro hijos y a 12 nietos”, narra Teodomiro. Por estos días, varios de sus jóvenes descendientes andan laboriosos en el taller en Huamanga. Son las jornadas previas a la Semana Santa, las más agitadas del año.

Teodomiro se encargó de componer los tronos sobre los que se alzaron las imágenes del Cristo Crucificado, de la Virgen Dolorosa y del Señor de la Sentencia durante la Pascua del 2009 y esta vez los pedidos ya comienzan a llegar. Para que todo le salga bien, irá a rezarle al Niño Nacacc, allá a la parroquia Virgen del Pilar del Arco de Zaragoza. No está de más una ayudita para tener la mano firme.

EL BUEN IMAGINERO
Es una de las figuras más representativas del Santurantikuy, la inmensa feria de imaginería que se celebra cada 24 de diciembre en la Plaza de Armas de Cusco (donde no hay quien se resista a la beldad de sus niños Manuelito, de sus pastores). Es, además, uno de los maestros artesanos más solicitados por coleccionistas peruanos, estadounidenses y europeos debido al talento que tiene para elaborar imágenes sagradas, esculturas en las que coloca ojos de cristal y cabellos reales. Ello y más han hecho del buen Germán Béjar Navarro un importantísimo referente del arte popular de esa zona del país.

Nacido en Cusco, en 1941, Germán heredó el pulso de su abuelo, don Gregorio Béjar, y de su padre, don Raymundo Béjar. A pesar de no hallarse muy bien de salud, últimamente se ha dedicado a echar volar la inspiración, se ha dedicado a dar forma a los arcángeles.

EL QUE SAZONA CON PIEDRAS
“La pachamanca es para mí sinónimo de abundancia, de toda la familia ayudando, metiendo mano. Pero es también el espíritu de nuestros antepasados, un gesto de la madre naturaleza que ellos agradecían sinceramente”. Así describe Jesús Gutarra (68) el arte de cocinar con la tierra, saber milenario que aprendió de sus padres en el valle del Mantaro, de donde es originario. Su pericia en hacer soltar aroma a las piedras, para que este impregne la carne, le ha valido ser reconocido como uno de los mejores pachamanqueros del Perú. Sus más de 50 años de experiencia también lo avalan.

Jesús ha dicho que no quiere vivir sin pasar a otros su conocimiento, su magia. Y por ello enseña a evaluar el suelo y a escoger la papa en escuelas de cocina tan prestigiosas como el Cordon Blue. También tiene un libro sobre el tema que ha sido traducido al inglés. Espera que pronto, también al chino.

EL ARCHIVADOR DE ESTAMPAS
Cholas cargando agua, el proceso de elaboración de la chicha, el descanso del obrero, el agricultor en su chacra. Por más de 40 años, estas costumbres típicas de la comunidad piurana de Catacaos han sido talladas por Juan Ramos Cárcamo (78) en bondadosas calabazas secas. Han sido archivadas con picardía a través del tallado de un mate con un buril.

Los relatos dibujados de Juan han viajado por Sudamérica. Sus retratos han hecho reír a sus protagonistas como el presidente Alan García Pérez. Ahora las ocho técnicas que utiliza para hacer realidad sus piezas yacen en los dedos y la memoria de sus ocho hijos y de sus nietos. “A mis chicos los he hecho profesionales con mis mates y con mis mates cuento la vida de mi tierra. Qué más puedo pedir para vivir”, dice contento. Satisfecho.

EL COLORISTA DE REALIDADES
Él fue quien creó, en los años ochenta, los famosos tapices en los que se ven, de espaldas, a mujeres ayacuchanas con trenzas. “No quieren ver el dolor de la violencia, de la pobreza”, dice en quechua el legendario tejedor Honorato Oncebay. Su hijo Saturnino es quien traduce. En su taller del barrio huamanguino de Santa Ana, el artista de 71 años expone hermosas piezas de textilería que recogen el acontecer de la vida en el Ande, similares a las que se hallan en museos de aquí y del exterior.

Aprender a sacarle el color a las semillas le viene por herencia, desde que su abuelo Darío lo hiciese a fines del siglo XIX. Hoy tiene en su paleta más de 80 colores. Y sigue buscando.


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