Festicirco, el circo de los arenales en Villa El Salvador

Hace ocho años que las narices rojas y los zapatos de payaso invadieron los cerros, un espectáculo solidario que lleva un mensaje: todos tenemos derecho a sonreír

Festicirco, el circo de los arenales en Villa El Salvador

JUANA AVELLANEDA
SOMOS

FOTOS CHRISTIAN UGARTE
De repente unos tambores empiezan a sonar en los arenales de Villa El Salvador. Los vecinos del asentamiento humano Unión de Villa, mejor conocido como Papa, asoman sus curiosas cabezas por las ventanas. A lo lejos ven cómo una culebra humana serpentea por la zona. Clauns caminando en zancos, sombrillas multicolores y palitroques dando vueltas en el aire. Al frente de toda la mancha está Arturo Mejía, director de la casa de teatro Arenas y Esteras. Viste un traje de árbol, nariz roja y zapatos de payaso. “Mamá, ¿hoy viene el circo?”, pregunta con emoción Edison, un niño de 10 años. Pero María Nole Pérez, dirigente del AA.HH. Praderas de Villa, no sabe qué responder. Es la primera vez que esta mujer de 39 años ve el circo sin tener que hacer fila o pagar entrada. Rápidamente Edison empieza a buscar a sus amiguitos. Quiere que todos en el barrio sean testigos de lo que sus ojos ven. “Jeslin, Vanesa, Raúl: ¡Ha llegado el circo!”, grita de puerta en puerta. “¿Verdad, Edison? ¿Y van a hacer malabares?”, le responden contentos. No pasan ni cinco minutos para que vendedores ambulantes, abuelos y niños de todas las edades se acerquen al punto de encuentro. Chicos y grandes ríen, aplauden y tratan de copiar lo que ven. Nunca antes habían visto algo parecido en el barrio.

DE COLORES
Arturo Mejía y compañía decidieron invadir zonas vulnerables para enseñarles a los pobladores que es posible sonreír así no haya mucho en el bolsillo y la vida resulta muy dura. De eso trata el Festicirco, un espectáculo pensado en regalar alegría a madres que tienen que esperar el camión cisterna para guardar agua en baldes; a niños que no tienen una losa deportiva donde jugar pelota, ni mucho menos postas médicas donde atenderse. “Cuando haces este tipo de trabajo estás en permanente lucha con tus sentimientos, porque vez situaciones que te rompen el alma. Lo más bonito de todo es que nuestra presencia les ayuda a sobrellevar sus problemas. Sienten que existen y por eso contamos con el apoyo de los dirigentes zonales. Ellos son los encargados de repartir los volantes, de coordinar con cada uno de los vecinos para que sean los anfitriones de este show. Los que pueden, aportan una cuota para comprar un toldo o para hacer una olla común para el refrigerio. Nosotros aceptamos lo que venga. Público y espectáculo siempre hay”, explica orgulloso alguien que ha logrado que el Festicirco se haya convertido en una tradición en Villa El Salvador.

Cientos de niños se acercan a los artistas para preguntarles si les pueden enseñar cómo hacen para que pararse de cabeza se vea tan fácil. Quieren pintar, tocar batucada, hacer malabares. Sus padres miran la escena asombrados. Están descubriendo que el arte es una ventana para salir adelante. Pero nada de esto sería posible sin los integrantes de Barrio Circo, una escuela circense de la zona que ha vuelto a sembrar una semilla de esperanza en el barrio. “En el 2000 vimos que había una movida fuerte de circo en Lima. Y como en Villa El Salvador eran poquísimos los que tenían la suerte de ver un espectáculo decidimos armar un show. Apenas un sombrero de mago, un pequeño acto de magia y un par de monociclos. Inmediatamente notamos el interés de los chicos y decidimos capacitarlos. El arte solo fue una excusa para explotar sus habilidades. Y no nos equivocamos: muchos de ellos son tutores hoy”, cuenta con una sonrisa Arturo Mejía.

Actualmente un grupo de diez profesores dictan voluntariamente cursos de zancos, trapecio y cuerdas. Ellos mismos elaboran sus horarios, se reparten la limpieza de la casa y se encargan de los vestuarios. Edith Vilchez, por ejemplo, es la encargada de dibujar flores y delinear de colores los rostros de sus compañeros. “Pero también sé tocar zampoña y hacer malabares”, advierte esta muchachita de 18 años que logró reunir dinero para usar maquillaje especial en lugar de témperas.

“Somos hijos de migrantes que salieron de su tierra en búsqueda de una oportunidad. La gran mayoría no tenemos los recursos para estudiar una carrera en la universidad, pero hemos encontrado en el arte no solo una solución para olvidar nuestras carencias, sino también una profesión”, la interrumpe Álex Chumpitaz Benítez, subdirector de Barrio Circo. Álex tenía 12 años cuando descubrió el mundo circense. Un amigo le pasó la voz que estaban dictando clases gratis en el sector tres y juntos fueron a probar suerte. Lo primero que le llamó la atención fueron los zancos. “Nunca había visto a nadie caminar en dos palos, era impresionante”, cuenta mientras se acomoda una peluca que compró en su primera visita a Alemania. Hoy Álex es la mano derecha del director y gracias a su esfuerzo viajó a Europa para conocer a algunos integrantes del Circo del Sol. Lo único que los diferencia, dice, es que el Festicirco no es un espectáculo comercial.

MENSAJE DEL CORAZÓN
“Nuestros shows tienen identidad propia, son gratuitos y llevan un mensaje de corte social. El objetivo es concientizar a la sociedad, enseñarles el valor de respetar los derechos humanos, a luchar contra la trata de personas, la explotación infantil y la violencia. Como jóvenes nos sentimos responsables por nuestra comunidad”, agrega firme Álex. Es por esa razón que ensayan día, tarde y noche. Son conscientes de que por más que no tengan presupuesto para comprar vestuario o montar un súper escenario tienen que entrenar para dar una gran función. Saben que allá afuera hay cientos de niños que los esperan. Buscan grabar en su mente la imagen de esos artistas que hace ocho años invaden su zona para dar saltos mortales y construir pirámides humanas. Y por más que no haya manzanas acarameladas o algodones de azúcar, el festival cobra fuerza en medio de tanto dolor.