Lluvias sumergen Ucayali en una catástrofe social

Colapsan casas y miles de hectáreas de cultivo, y provocan enfermedades. Gobierno no declara la región en emergencia

MIGUEL ÁNGEL CÁRDENAS

Parece ilógico, pero el frío se está convirtiendo en una plaga egipcia en la selva: más de 15 mil familias damnificadas soportan tormentas que originan un 100% de humedad en las noches… y necesitan abrigo en este mismo instante. “Son las peores inundaciones en 50 años y nos quedamos cortos”, dice Luis Alberto Basagoitia, director de la Dirección Regional de Salud (Diresa).

Y de que se quedan cortos da fe Pedro Taminche, shipibo de 60 años, a dos horas del puerto de Pucallpa, en el desbrozado centro poblado Nuevo San Juan, donde las aguas llegaron 2 metros y medio de altura: “He vivido toda mi vida aquí y nunca vi nada igual, mis nietos no pueden respirar, se ahogan en las noches”. Pocos vimos a Pedro rescatar un cerdito, aferrarse a él contra la corriente, arriesgando su vida, y guardar esa carne como oro en barra: lo único de valor que le queda.

Pocas veces ha sido tan desproporcionado el espantoso nivel de una tragedia (sanitaria, económica, alimentaria) frente a la nula ayuda del Gobierno Central, que ha sido burocráticamente incapaz de declarar el estado de emergencia en la región.

Desde febrero las furibundas inundaciones del río Ucayali vienen arrasando cientos de caseríos indígenas: más de 56 mil personas afectadas, sin casas, sin sustento, sin alimentos: en números, un Estadio Nacional lleno con 11 mil más.

Surcar en deslizador el Ucayali, río abajo y río arriba, es ingresar a un territorio diluviano, donde ya no solo son casas las que flotan al garete, sino restos sólidos de madera de 33 puestos de salud y 86 locales comunales, adonde corrieron los pobladores a refugiarse. Y también cayeron…

Camino al distrito de Masisea se aprecian cientos de miles de hectáreas de plantaciones destruidas. Un recorrido de tres horas por tierras shipibo-conibas solo sirve para ver los espectros de lo que eran sembríos de soya, maíz, arroz y papaya. No hay cosecha sobreviviente alguna.

Río arriba, antes de llegar al caserío Villa El Pescador, aparece Katia Taminche, de 18 años, con su hijita de 6 meses en brazos, recorriendo solita tres hectáreas de platanales para recoger lo único que dejó el río: cinco racimos a lo sumo. Ella y su madre solo vivían rematando a 2,50 soles el racimo de plátanos. Otras familias vecinas venden a 80 céntimos el kilo de soya, a 40 céntimos el de maíz y a 20 céntimos el de arroz en el puerto de Pucallpa, en una cadena productiva indignante e injusta. Si lo de estos pueblos es extrema pobreza, ahora sufrirán una tragedia humanitaria y alimenticia sin precedentes.

Decenas de miles de familias rurales no tendrán qué vender ni qué comer en unas semanas. Si ya el 70% de niños indígenas se encuentra en estado de desnutrición grave, esto será calamitoso. Peor aun si, como informa la Dirección Nacional de Hidrografía de la Marina de Guerra, las lluvias continuarán por un mes más.

PELIGRO DE ENFERMEDADES
Río abajo, al norte, las comunidades son igual de dispersas, troncales, en quebradas de difícil acceso. El río aquí ataca en remolinos. “Lo peor que se viene es la postragedia. Pedimos para salud un presupuesto de contingencia de más de 1 millón y medio de soles pero no alcanzará”, sostiene el doctor Alberto Basagoitia.

Los zancudos del dengue ya han dejado huevos en las cochas. Si en febrero hubo 400 casos, lo que se prevé es un brote fulminante en un mes en los 9 distritos –150.000 habitantes– en extrema pobreza de la ribera del Ucayali. Pero también están la malaria, la hepatitis…

A tres horas en deslizador, en el distrito de Taschitea, los nativos sufren de diarreas y males respiratorios. Un niño de 5 años llega con hongos en el rostro y la obstetra Giovani Acosta cuenta que lo atendió con agua en la cintura cuando la inundación colmó el pueblo. “El agua viene con suciedad, arrastra letrinas y casi todos los niños –son 900 aquí– llegan con fiebre, pero también con mordeduras de serpientes: jergones de 3 metros. Necesitamos sueros antiofídicos”.

Además no hay pescado. La pesca se da en zonas medias y bajas, por lo que es imposible hacerla con el agua tan alta. Acosta calcula que hay 1.600 personas que se han adentrado en el bosque para poder sembrar o pescar y no reciben atención. Sasa –a 8 horas en deslizador desde Pucallpa– y San Miguel –a 6 horas– ya llevan dos meses bajo el agua y están abandonadas al 99%.

SIN EDUCACIÓN
Según José Díaz Paredes, director de Educación del gobierno regional, hay 215 colegios devastados por las lluvias. Es decir, el 25% de los niños y adolescentes–casi todos indígenas– de toda la región no tiene fecha para comenzar el año escolar. “La región Ucayali no está preparada para afrontar este cataclismo, es una emergencia que sobrepasa nuestros límites”. Los distritos de Callería, Masisea, Pedro Abad, Nueva Requena, Curimana, Campo Verde, Iparia y Tahuania se encuentran sin colegios.

Navegando más al sur, con las olas que provocan las lluvias, se llega al caserío shipibo de Panaillo, donde de las 100 familias que antes vivían solo quedan 7 resistiendo. Rosa Huaynapico se ha quedado sola con sus 4 nietos. “Mi hijo se fue a Yarinacocha a traer ayuda y hasta ahora no regresa, con el resto de las familias no sé qué pasó”, cuenta.

Marcos Lozano, director de la oficina de Defensa Nacional y Defensa Civil, dice que vio cómo toda una quebrada de 100 metros en el poblado de San Alejandro fue derribada por el río, que llegó a subir 20 metros.

La región solo ha sido declarada en estado de emergencia por el desesperado gobierno regional. Mas no por el Gobierno Central: su paquidérmica burocracia –de Indeci a la Presidencia del Consejo de Ministros– hace que no pueda llegar ayuda de manera más contundente.

“Es indignante, pareciera que el Gobierno no quiere gastar en emergencia. ¿En qué época vivimos? Yo he visto cómo han sido arrasados los distritos de Irasola y Nueva Requena. Hemos tenido que salvar enfermos en ‘peque peque’ y matar boas de 7 m. Que vengan y miren la realidad”.

A diferencia de la costeña Ica, que sí fue declarada prontamente en emergencia, aquí no ha venido ningún avión militar (que cuestan más estacionados que en actividad) ni ayuda alguna del Gobierno (salvo del Indeci-Lima que mandó carpas por carretera, que se demoraron 20 días en llegar). Solo Cáritas y otras ONG han colaborado hasta hoy.

Lo que queda más abajo son caseríos fantasmas. Todavía se ven los rastros de la desesperación. Flotan restos de sogas con las que la gente amarraba sus casas a los árboles como último recurso para resistir, pero igual fueron arrancadas por el río.

SEPA MÁS
DONACIÓN SOLIDARIA
Unicef pide a todas las personas interesadas en colaborar con las familias afectadas llamar de su teléfono fijo al número 14180 y automáticamente donar S/. 5,99 a la situación de emergencia. Otra forma de ayudar es a través de las cuentas en el BCP, donde pueden realizar también donaciones. La cuenta corriente en soles es 193-1748607-0-95 y en dólares es 193-1751902-1-88.

CRISIS DE SALUD
Junto al río Ucayali, los desbordes de los ríos Aguaytía, San Alejandro y Urubamba han dejado inundados once distritos de la región, lo que ha afectado a 17.961 niños menores de 5 años (ya han muerto dos ahogados), sobre todo de las comunidades indígenas. Lo que ya viene provocando una crisis de salud abrumadora.


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