04 de agosto del 2020 °C
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OLV

Hace unos años, yo tenía cuatro buenas amigas: una argentina, una venezolana, una guatemalteca y una paraguaya. Esta última era mayor que nosotras y la única que había pasado por un matrimonio y un divorcio; llevaba sus relaciones con los hombres de una manera más libre y abierta. Yo la admiraba de verdad, no solo porque la quería y la consideraba una tipaza, sino por la seguridad con la que exponía su vida sin prejuicios ni pudores. Muchas veces la escuché atenta confiar sus experiencias y seguí sus consejos, especialmente en cuanto a hombres o relaciones con ellos se refería. Me parecía acertada y lúcida en ese sentido. Y, claro, no faltó el tema matrimonio. Ella se había separado porque a los 24 no había querido tener hijos y su marido había buscado, y encontrado, a alguien con quién tenerlos. Cuando la conocí, Marina transmitía esa sensación de al fin cumplir su autopromesa de vivir bajo sus propias reglas. Dentro de las muchas conversaciones que tuvimos las cinco, no faltó el tema de los 'requisitos' de cada una para el hombre ideal, o el hombre ideal del momento. Para Marina, no eran pocos: quería un políglota que tuviese un mediano recorrido por el mundo, procedencia extranjera, sensibilidad por las manifestaciones artísticas étnicas, simpatía por la política izquierdista y, por supuesto, que fuese un tipo guapo; para ella, eso quería decir una mezcla de mayo del 68, Woodstock y Bob Marley. De este tipo de charlas intuí alguna vez, en silencio, que detrás de todo el feminismo, actitud liberal de pensamiento, palabra y obra, que Marina estaba buscando novio. Seguir leyendo...

LOS BESOS DE JAVIER PRADO

Hace poco le confesé un affaire pasado a una amiga. No se lo había dicho antes porque conocí al chico en cuestión a través de ella, ambos son buenos amigos, y en su momento no tuve la oportunidad de contárselo. Lo hice con la vergüenza que produce el haber guardado un secreto, pues estos siempre implican algo oculto. Me dijo, entre risas, que cómo se me ocurría haber tenido reparos en decírselo. A continuación, vinieron los detalles, y lo primero que pasó por mi mente fue un recuerdo muy claro de los besos que nos dimos él y yo. Yo ya tengo bien claro que me gusta besar, que me besen y en la boca. Y esa conversación me hizo pensar en que hace tiempo que alguien no me besaba tan bien. Y no solo fue el momento (inesperado, por supuesto), el espacio (un sitio en el que nunca había estado, y que seguro voy a recordar como el lugar más dulce y extraño donde me han besado), el primer intercambio de información (hecho de la manera más original y divertida que he vivido) y los coqueteos previos (un poco más comunes pero, no por ello, menos excitantes): así todo haya ido aumentando la expectativa, estoy segura de que no hubiera sido lo mismo si los besos no hubieran sido los que fueron. Claro, también influye el factor sorpresa: cuando es la primera vez que besas a alguien y no resulta como lo imaginabas, sino mejor aun, es increíble. Mi memoria reciente es un desastre, además sé que soy una persona distraída y me la paso olvidando nombres, autores, llaves, billeteras, tarjetas de crédito; pero estos primeros besos de Javier, ese es su nombre, se quedarán en un sitio reservado de mi mente para lo que desde ahora llamaré Los besos de la Javier Prado. No es tan fácil de explicar esa mezcla entre ternura y erotismo. Seguir leyendo...

PEQUEÑA REFLEXIÓN SOBRE EL PASADO

Hace unos días, buscando un libro entre cosas que traje conmigo de Barcelona, encontré un cuaderno. Desde que mi padre leyó mis diarios cuando tenía doce años, jamás volví a escribir uno, hasta hace siete años en que volví a tener uno gracias a la privacidad de la clave de seguridad de mi laptop. Aun así, he mantenido mi debilidad por los cuadernos. El que encontré era uno de tapas de seda azul que mi padre me regaló en un viaje a Londres. Lo comencé a revisar con curiosidad. Lo último que había escrito tenía como fecha: 18 de octubre de 2004. Seguir leyendo...

“HABLAMOS, CU

Ayer estuve con dos amigas conversando sobre nuestros últimos días. Cada una había pasado por situaciones diferentes, pero llegamos a una misma conclusión. Una contaba que un chico le dijo, después de dos salidas, que la iba a llamar para una tercera –incluso mi amiga había dudado en aceptar por considerar al chico muy distinto a ella–, pero no la llamó ni para decirle que no podía salir. La otra contaba que hasta el viernes pasado había estado saliendo con un chico en plan no-compromisos, pero que al dar ella un poco más, es decir, llamarlo (igual que la llamaba él) y decirle que le gustaba (del mismo modo que él lo hacía), había terminado escuchando una divagación de horas sobre las razones por las cuales necesitaba ser libre sin dar ninguna explicación concreta en realidad. Y, bueno, yo tengo que decir que la historia de Renato no terminó ahí, sino que después de un largo mail y una larga conversación telefónica, me dijo –en abstracto, claro– que quería verme, pero en unos términos que no entendí en ese momento. Seguir leyendo...