Las fiestas de Ramesh Agrawal eran siempre las mejores de todo el año. Su mamá alquilaba equipo de luces y no hacía problemas a la hora de bajar la luz y bailar lentos. Sentada en la silla del ortodoncista yo pensaba, intranquila, “que pesada mi mamá, justo ese mismo sábado se le ocurrió que me pusieran los fierros”. Además, ésta no era una fiesta cualquiera porque a mitad de año había entrado al colegio Guillermo Arias.Lo habían botado de otro colegio -o de varios, no me acuerdo-, y era el único, por lo menos en tercero de media, que ya tenía libreta electoral; al menos, ese era el rumor. Yo me había templado de él el día que llegó despeinado y con la mochila sucia a la primera clase de la mañana. Tenía la voz ronca y le decían Guillo. Las chicas hablaban de él al fondo de los camerinos después de las clases de educación física, donde se juntaban las que ya tenían enamorado con las que paraban con chicos en los recreos. Yo siempre lo miraba andar solo en el patio, pero nunca me había atrevido a confesar a nadie que él me gustaba.

Cuando llegué a la fiesta me di cuenta de dos cosas: que la boca me dolía por los brackets y que Guillo ya había llegado. Al no ver a mi grupo de amigas -las menos populares de la clase-, vi la puerta baño abierta e inmediatamente me encerré. Me miré al espejo y entre mis labios pintados de fucsia se veía una horrible banda metálica. Me quise quedar sentada en el water hasta que llegara mi mamá a recogerme a las once, pero después de unos minutos alguien tocó la puerta y tuve que salir con la firme convicción de mantener la boca cerrada.

Mis amigas se habían agrupado en una parte alejada del jardín. Las parejas estaban bailando y mi mejor amiga, Rosanna, contaba que un chico tímido de la clase, Tomás, ya la había sacado a bailar dos veces. Que suerte -pensé yo, mientras buscaba, sin que nadie se diera cuenta, dónde estaba Guillo. Andaba tan concentrada que no me di cuenta que se acercaba a nosotras.

A ver -dijo- y señalándonos con el dedo una por una, al fin se dirigió a mí. Tú, ven -ordenó. Lo seguí hasta la terraza que hacía de pista de baile, y nos pusimos en un extremo de la fila en la que todos bailaban. Sonaba “Goodbye to you”, de Scandal. No hablamos, cosa que agradecí, pero como las canciones se sucedían pegadas nos quedamos bailando cuatro de ellas. Cuatro era un récord para mí en esa época. Además estaba bailando con Guillo Arias y su conjunto de jean desteñido y sucio. Creo que desde que vi a Guillo y luego conocí a David Bowie me han gustado los chicos con pinta de malos.

Pero la historia no quedó ahí. Mi alegría casi se convierte en euforia la segunda vez que me señaló con el dedo indicándome que lo siguiera a bailar (y que no haya escogido a ninguna de mis amigas o a alguna de las chicas consideradas las caseritas del dancing). Cuando el segundo round de baile terminó, caminé hacia mis amigas sin poder esconder más mi nueva sonrisa metálica, lista para decirles a todas que me gustaba Guillo. Esperé con mucha expectativa que volviera a acercársenos, pero por el contrario, lo vi hablando con María Gabriela, una de las rubias de la clase que era conocida por poner de moda las minifaldas de jean. Después, no lo vi más.

Mis amigas trataban de no parecer aburridas y esconder sus deseos de que alguien viniese a sacarlas a bailar. Yo guardaba la esperanza de que Guillo se volviera a acercar. En ese momento, Marcela Lopez-Lavalle llegó con el chisme de que habían visto a Guillo y Alessandra Boza besándose y que probablemente, a esa altura de la noche, ya eran enamorados.

Tuve un presentimiento que llegó como un escalofrío que atravesó toda mi ropa rosada. Esa noche se repetiría, a lo largo de los años, incontables veces en mi vida.