Casi siempre es fácil decir que algo me gusta. Casi, digo, porque hace unos días me di cuenta de que esas dos palabras te pueden meter en problemas. Igual que los sentimientos.Me gustan los zapatos, el agua con gas helada y con hielo, mis escapadas a la banca del parque a las siete de la tarde, el color violeta, el aire acondicionado, todas las películas de Wong Kar-wai, ver el Oscar, escuchar una misma canción mil veces seguidas; en fin, podría seguir. Todas esas cosas y muchas más me gustan. Claro que, sentada en la sala de un cine, no le diría me gustas a la pantalla. Ni tampoco les digo a mis jeans que me gustan antes de ponérmelos. Creo que el efecto de bomba atómica se genera cuando se lo dices alguien más. Entonces dejan de ser dos palabras y se convierten en un misil auditivo. Debo reconocer que metí la pata, así de simple. La próxima que lea un libro de Banana Yoshimoto le voy a decir me gustas a la tapa. Así estaré a salvo de no dejar de volver a ver al último chico con el que he salido.

La historia es la de siempre. Fuimos amigos como diez años y luego nos dejamos de ver porque me fui a España a vivir; él también, pero a Madrid. Ahí viene el detalle. Mis mejores amigos siempre fueron hombres y él siempre había estado en mi lista; hasta que hace cuatro años quedó eliminado, salvo por una semanita de mucha conversación y sexo desenfrenado la única vez que me visitó en Barcelona.

Ahora que nos reencontramos en Lima salimos juntos desde hace unos meses. Nos besamos en la boca desde el primer día y ya hicimos el amor. La verdad, me gusta. Eso. Pero recién entiendo por qué no lo puedo decir.

No sé bajo efecto de qué –psiquiatra, pastillas, alcohol o mi propia impulsividad–- un maldito lunes perdí lo que yo llamo control, y se me ocurrió la estúpida idea de llamarlo a media noche y decirle me gustas.

Del otro lado del teléfono solo escuché silencio.

Está demás decir que no he vuelto a saber de él. Yo no lo voy a llamar; esa lección ya la sé. Lo que debí aprender fue a no decirle me gustas a nadie y bajo ninguna circunstancia después de los trece años. Lo peor es que quiero que me llame. No sé si porque me siento sola o sólo porque me gusta estar con él… Creo que sólo porque me gusta estar con él.

Le he dado siete días en mi cabeza para que reaparezca su nombre en mi celular. Juro quedarme callada.