¿CÓMO SABAl día siguiente, en el trabajo, encontré dentro del correo que me entregan a diario, un paquetito atado con una cinta de seda violeta. Cuando lo abrí, había un CD. Sobre la carátula estaba mi nombre escrito con crayola y letra de niño. Puse el disco en la computadora y escuché una a una las canciones, eran francesas y muy bonitas. Al abrir mi correo me encontré con otro e-mail, esta vez en tono de disculpa por haberme enviado un regalo sin preguntar. Le respondí y le di las gracias. No había pasado un minuto cuando me llegó un correo de respuesta, esta vez un poco más atrevido, me daba su dirección de correo para que lo incluyera en mi lista de contactos. No le respondí.

El martes me encontré con un nuevo regalo en el trabajo. Esta vez era una película, llamada Alicia (debajo del título leí: basada en la novela de Lewis Carroll). Sin embargo, al abrir la caja me di con la sorpresa de que no había disco alguno sino una casita de cartón, de esas para armar, y una nota que decía: “espero ver esta película contigo algún día” y el número de su celular. Una secretaria me sorprendió sentada en el tapizón de la oficina, armando una casa en miniatura en la que transcurría una historia protagonizada por los personajes de la novela: Alicia y el conejo al que persigue. Sonreí porque intuí la dedicación que le había tomado hacer algo tan delicado. Igual no lo llamé, pero las mañanas de sorpresas no terminaron ahí, siguieron hasta el viernes con regalos inimaginables: Un café con dos galletas de jengibre con forma de hombre y mujer; una bolsita de papel llena de pines diferentes, con una pequeña guía para utilizarlos según mis estados de ánimo; y un cubo mágico -que debo admitir, me ayudaron a articular debido a mi poca pericia motora, comprobada desde mi infancia- que al estar armado tenía en sus caras palabras, y ellas formaban una frase: ¿tengo yo aspecto de saber nadar? Me remitió inmediatamente a Alicia en el país de las Maravillas. Cuando llegué a mi casa revisé el libro, tenía razón. En ese momento fui directo hacia la computadora y lo admití a en mi lista de contactos.

Nos la pasamos el fin de semana en el chat. Él me enviaba links de animaciones breves, videos de grupos que nunca había oído en mi vida o canciones. No hicimos ningún recuento de nuestras vidas, de esos que odio. Hablamos virtualmente de detalles o gustos en apariencia superficiales, pero que sin embargo, a mi me parecieron extraordinarios. Sentí una extraña conexión y el domingo, al conectarme a Internet otra vez, me di cuenta después de unas horas, que estaba en pleno flirteo con un total desconocido. Me sentí tonta; y en un ataque de timidez, vergüenza y pánico cerré la sesión y me fui a mi habitación.

Mi sorpresa fue total cuando a la media hora sonó el celular y en la pantalla aparecía un número que no conocía. Sí, era él. Tenía mi teléfono desde hacía días, lo había conseguido a través del amigo de un amigo de una de mis compañeras de trabajo con una falsa explicación. No me importó. Tenía la voz bonita y tranquila. Conversamos solo un ratito. Al día siguiente en el chat, me dijo que quería verme -otra vez, porque ya me había visto varias veces a mí sin que yo me diera cuenta- y en un arrebato acepté. Quedamos para el día siguiente, yo propuse la hora y el lugar. Más tarde, después de varias horas de cada vez más estimulante comunicación virtual, mi impaciencia me ganó y le dije: ¿y si nos vemos hoy?

Ese hoy, es hoy. Voy a salir con un lector por primera vez.

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