¿QUÉ PASA CUANDO TODO SE TERMINA?
El luto. Cuando se trata de la separación de una persona, podría sonar como una palabra algo trágica, pero muchas veces lo es. Más de una vez he pensado en lo difícil que me ha sido dejar al otro ir, y más de una vez sufrí demasiado. ¿Por qué? En vez de haber estado preguntándome o preguntándole “¿por qué me dejas?”, o en el peor de los casos “no te vayas, no me dejes, te quiero” (admitir que he vivido esos momentos me hace sentir una ligera vergüenza), nunca se me ocurrió reflexionar acerca de lo que en realidad me estaba haciendo mal.

Cuando terminas con alguien o a la inversa, no sólo se pierde a la persona amada sino eso a lo que antes yo llamaba intimidad, que no es más que lo compartido con el otro. En ese saquito entra de todo: esa mano firme en mi cuello para darme seguridad cuando me presentaste a tus padres, nuestras conversaciones a oscuras, las tres mil películas que vimos juntos, tu auto en el malecón que ya no existe, el mío en el cruce de la Av. 28 de Julio con la Av. Reducto, el primer beso en la mitad del bosque, la vez que nos chocamos por no atropellar a un gato, tu manera compulsiva de fumar, la primera vez que hice el amor (en realidad fuiste el segundo, pero yo la consideré siempre como la primera), las veces en que nos reímos tanto, las horas que me dejaste besarte todo lo que quise, todas esas canciones, los conciertos de Mar de Copas que tuviste que soplarte, tu cara de alegría en el aeropuerto, mi sorpresa en un concierto de la Banda del Maíz, la cadena de plata que le robaste a tu hermano para regalármela, nuestras caminatas cogidos del brazo. Bueno, estos son detalles mínimos en comparación a lo se queda de un modo atemorizante en la memoria.

El duelo es aún más profundo que un arsenal de recuerdos. Ya sea por identificación o diferenciación del otro, como un espejo en el que te miras todos los días, te conoces, te reconoces y además te apropias del otro, y de lo que él o ella ve en ti. Los rasgos comunes y las excitantes diferencias se convierten en una amalgama que convive en tu interior. Por eso decir, “adiós, ya no te amo” o escuchar “ya no te amo, me voy” (u otras variantes) es tan duro. Porque no sólo pierdes a la persona que amas, sino que ese espacio interior pasa a ser propiedad solo tuya. El otro se ha ido. Y esa dolorosa sensación de vacío no sólo tiene que ver con lo que el otro fue para ti, sino también con la desaparición de nosotros mismos del interior de ése que ya no está más. De otra manera, porque nos sentiríamos tan perdidos, tan desolados, tan con el mundo encima. Y eso de “…al partir un beso y una flor”, no, el luto no tiene nada de poético. Cada uno vive su proceso. Y nada tiene que ver con regodearse con el dolor. Sin pasar por el duelo, ¿cómo volver sanos y salvos a la soledad?

Conozco gente que se alcoholiza hasta más no poder, y al día siguiente se siente aún peor, con el plus de la resaca. Yo lo he hecho, y no lo aconsejo. También he buscado a personas para no estar sola, ex – novios, ex – amantes y lo peor de todo, al mismísimo ex. Si alguien quiere sentirse como un trapeador al día siguiente lo mejor es acostarse “una vez más” con él. Con los años, mi orgullo ha crecido, pero no tanto como para no haber vuelto a rogar, a pedir otra oportunidad. Sin embargo, ¿por qué alagar el dolor de ésta manera? No hay otra que sufrirlo.

Yo tengo mi propio proceso de luto que consiste básicamente en esforzarme en habitar en la nada. No escucho música, no veo televisión ni películas. Trato de caletear por la ciudad, que se convierte en un campo minado de recuerdos. Las cuentas del celular se estiran. Me cuesta levantarme en las mañanas, pero trabajo como una desquiciada. Otro punto en mi contra es que no lloro, me cuesta hacerlo y más, en frente de personas en las que no confío. Sería una forma de desahogarme, pero me he llegado a paralizar de tal modo que no he podido dejar salir a esas justas y pertinentes lágrimas. Además, boto a la basura todo tipo de evidencia. Cartas, correos electrónicos, regalos, libros, películas, fotos, todo se va al tacho, como si eso fuera a hacerme olvidar más rápido. También los agentes externos empiezan a jugar en tu contra: la música que de modo accidental puedes oír en un micro, en una tienda o un bar, la curiosidad morbosa de la gente que no tiene ningún reparo al preguntar ¿qué te pasa?, o al verte sola de pronto preguntar dónde está el, ahora, “ex” (traducción en tu cabeza: ese maldito que me acaba de dejar). Ahí vienen las sonrisas fingidas, las bromas que te salen mal y el recuerdo más terrible de todos en ese momento: “ya no estoy contigo, ya no estás conmigo”. Es decir, la ausencia.

La adaptación a la nueva vida tiene sus dificultades y no creo que existan fórmulas mágicas para olvidar ni hacer corto el proceso de transición. Lo único bueno del duelo, es que pasa. Ese pensamiento me tranquiliza. De momento, soy una no-novia tranquila. De negro, pero no de luto. Con algunas cosas más claras, pero no del todo. Creo que de eso se trata; a pesar de las decepciones, es bueno tener un pequeño chaleco de protección pero no tan duro como para negarse a tener ánimo de aventurarse a amar, otra vez.

Canción para los días tristes
Escucha aquí un extracto de “Qué nos va a pasar” del grupo “La Buena Vida”