¿TODOS TENEMOS UN ESCONDITE?
Si, el mío es la banca de un parque.

En la única película de amor de pareja que ha dirigido Takeshi Kitano, hay una historia preciosa, que me conmueve. Una chica siempre se encontraba a la hora del almuerzo en la banca de un parque para llevarle la comida a su novio, un obrero. Un día él le dice que tiene que marcharse para tener una vida mejor y poder casarse con ella. Entonces, ella promete esperarlo hasta que vuelva. No voy a contar el desenlace por si algún día la estrenan en Lima o la dan por cable. Pero lo que más se me quedó en la cabeza es la imagen de esta mujer que espera al bendito novio a la misma hora, día tras día, con el almuerzo sobre su regazo, la mirada fija en lo que pasa a su alrededor y el pensamiento en otro lado. Desde que descubrí el placer de habitar un espacio público, que deja de serlo apenas te sientas en una banquita vacía, no he podido dejar de hacerlo, ahora, casi todos los días.

Luego de vivir en una ciudad donde este tipo de espacios callejeros son parte de la vida cotidiana, pensé no volverlos a encontrar, pero lo hice de pura casualidad. Un día estaba triste y sentía que me sofocaba en la oficina. Decidí dar una vuelta por la calle y me encontré caminando entre los olivares. Era casi verano y el pasto estaba mojado. Me senté en una banca – que desde ese momento se volvió mi preferida porque además está en un lugar oscuro- a secarme los pies, cuando me di cuenta de que me sentía cómoda. Era como haberme convertido en la mujer invisible. Podía estar sola ahí, sin ser molestada ni observada por nadie. El malestar de hacía un momento, había disminuido en ese espacio de contemplación, reflexión y escape en el que se convirtió mi banca desde ese día. A partir de ahí, mi paseo hacia ella se hizo una rutina que me daba calma por las noches. Ese pequeño y privado momento de soledad, que los días, siempre apurados, a veces no te dejan tener.

Si miro hacia el pasado, veo que aquella no fue la única banca importante en mi vida. En otro parque, donde las bancas son de piedra, no de madera, di y me dieron el primer beso, y de manera automática se convirtió en nuestro escondite en ese instante, porque a los doce o trece años no hay muchas posibilidades para estar en otro lugar. Ahí aprendí a besar. Ahí mismo me he encontrado a escondidas con chicos cuando no quería que mi familia supiera que los veía, he contado una vez inconfesables secretos a un amigo, he llorado, he dejado a alguien, me han dejado a mí, he conversado, me he reído, he bebido por primera vez (de una chata de ron con mis amigas), he aspirado mis primeras caladas de tabaco, he fumado toda una madrugada dándole vueltas a una decisión que cambió mi vida; en otras más lejanas, he despedido a mi mejor amiga antes de no volver a vernos, le he escrito postales a mi familia, he extrañado, he sentido frío, me he parado a descansar, a comer un sándwich de calamar frente el mar, he observado a mi alrededor, reflexionado, amado y, también, olvidado.

Han pasado diez meses desde que me apropié de esta última banca y además, me ha servido para contemplar el amor. He observado al pasar, y sin ningún ánimo de interrumpir o espiar, a todas esas parejas que realmente se aman allí. Los he visto coquetearse, besarse, manosearse, hablarse con cariño, pelearse a gritos, llorar y, una vez que tuve suerte, escuché a dos personas conocerse en la banca de al lado. Sin haberlo planeado, estaba rodeada de relaciones de pareja en sus diferentes etapas. Sin embargo, la fase del enamoramiento siempre ganó por mayoría. Rodeados de enfermeras paseando a ancianos, paseadores de perros, gente que sale a correr, niños en patines y uno que otro ser solitario, los amantes no se hacen bolas. Eso me gusta.

Confieso haber ido y estado siempre sola en mi banca. Una sola vez alguien me acompañó. No fue de casualidad y tampoco hace mucho. Habíamos quedado en encontrarnos. Me senté a esperarlo a las siete en punto de la tarde. A los pocos minutos llegó. Nos miramos de nuevo a la cara y no nos saludamos con palabras, ni besos en la mejilla, ni en ninguna otra parte. Nos abrazamos fuerte y por mucho rato, tanto que los cables de nuestros reproductores de mp3 se entrelazaron, al separarnos se anudaron, y eso nos hizo reír a carcajadas. Al vivir ese momento, chiquito, imperceptible, comprobé que las bancas también están ahí, para comenzar a sentir ganas de amar.

Ahora que me voy a mudar, me he dado con la sorpresa de que a dos cuadras del departamento que voy a alquilar, hay un parque con un montón de banquitas. Espero encontrar la mía pronto, y quién sabe, volver a compartirla con alguien.

Canción para escuchar en la banca de un parque
Escucha aquí un extracto de “I found a reason” de Cat Power.