¿Y si, en serio, somos tan diferentes?
Un día de verano en el que tuve, por fin, la valentía de hacer una llamada a larga distancia y terminar una relación, tomé una decisión. Cambiar. Me había ido tan mal -por tres años, o mejor dicho, en tres tandas de tiempo, porque él vivía en Lima y yo en Barcelona- con el que yo creía, y lo gritaba a los cuatro vientos, era el amor de mi vida, que apenas terminé yo, y no él (por primera vez) con lo nuestro, me sentí aliviada y con unas ganas enormes de desechar el pasado de una buena vez.

Ese día coincidió con la visita a España de Sandra, una de las mejores amigas de mi mejor amigo, Joaquín. Ella, extrovertida, muy graciosa y pituca sin remordimientos ni falsos pudores, nos propuso un día de compras por el centro y una noche en la que los tres debíamos “ligar”. Ésa era la consigna. Así que nos pusimos de lujo para ir a un bar súper ficho en lo alto de la ciudad. Ya en el lugar, nos dimos cuenta que Joaquín nos ganaba por partida doble, pues tenía a dos holandesas que con las justas hablaban castellano, peleándose entre ellas por invitarle una cerveza. Mientras, las dos iniciamos una discreta inspección visual. Yo me fijé en un chico en la barra. Era alto, flaco, tenía pelo largo y oscuro. De pronto pensé: este tipo es igualito al ex del que me acabo de librar. Esa no era la idea, había que romper los patrones. Estaba en eso, cuando vi a Sandrita con dos vasos de vodka tonic y un rubio musculoso a su lado, caminando hacia mí. Me imaginé que ya había conseguido su aventura nocturna, pero estaba equivocada, el tipo me había estado mirando y le había pedido a Sandra que nos presente.

- “Ali, éste es Christian”. Lo saludé con dos besos y no puedo decir que no me gustó para nada, pero no era el tipico chico del que siempre me sentia atraida. Ahí empezó una de esas conversaciones, o mejor dicho, típico intercambio de información, tan comunes entre extranjeros: “¿De qué país eres?”, “¿Cuántos años tienes?”, ¿Vamos a bailar?”, “¿Qué haces en Barcelona?”, “¿Por cuánto tiempo?”, “¿Me das tu teléfono?”. Yo respondía con monosílabos y una sonrisa un poco forzada, mientras esperaba la oportunidad de escaparme. Pero llegaron refuerzos, Sandra hablaba con el amigo de Christian y en unos minutos me clavó las uñas en el brazo para jalarme a la pista. Bailamos un rato, tomamos una cerveza y pasado un rato lleno de halagos de su parte y un sentido del humor que me hacia reír (por lo raro) me di cuenta de que, además de ser consecuente con mi decisión, mi cambio radical en lo referente a los hombres me estaba divirtiendo, y lo mejor, el ex estaba fuera de mi mente por primera vez en meses. Christian estaba fuera de mi rutina de encerrarme a estudiar en la biblioteca, olvidarme del, ahora, ex y renegar con mis amigas en los mismos bares. Estaba en un sitio nuevo con un tipo mayor que yo (mis novios, hasta ese momento, siempre habían sido contemporáneos) que no era nada mi tipo, pero que ya a esas alturas me coqueteaba de manera abierta e hizo que me sintiera bien. En eso, me dijo que sus amigos se iban, pero que él no se movía si antes no le daba mi teléfono. Yo lo volví a mirar y me dije a mí misma: a la mierda, y le di mi celular.

Creo que estaba tan necesitada de cariño y atención en ese preciso momento, que caí como un pescadito en la red de Christian. Las primeras veces que lo vi, me llevó a restaurantes totalmente fuera de mi presupuesto, me presentó a todos sus amigos, me habló horas del negocio de importación que, según él, estaba iniciando y que lo haría rico, sus supuestos estudios de economía y su vida de estaciones de esquí, partidos del Barcelona y ropa de moda y de marca. A mí todo me sonaba a chino, o mejor dicho a alemán, pues todo esto jamás me impresionó ni hizo que me interese más o menos, sino lo distintos que éramos.

Yo vivía una vida austera de estudiante que con las justas me dejaba dinero para el placer semanal de ver una o dos películas en el cine, el periódico del domingo, cervezas en los bares baratos en los que paraba con mis amigos, los cafés con leche de un euro, los clásicos vinos de un euro y medio, y la también clásica dieta diaria de pasta con tomate. Sin embargo, me sentía engreída. Él parecía cariñoso y entusiasmado al máximo con su conquista. Tanto que, al enterarse que me iba a Perú a pasar el verano, me preguntó si podía visitarme. “Éste tipo me está bromeando”, pensé y se lo dije, estábamos en agosto y yo me iba en diciembre. La única cosa en la vida que he hecho con tanta anticipación había sido comprar una entrada para ver a U2 seis meses antes del concierto. Como era de esperar, por lo que iba conociendo de él, el dinero era muy importante, así que apenas consiguió un pasaje barato a Perú lo compró sin decírmelo. En ese momento lo celebré, porque estaba ilusionada con ese primer mes de romance veraniego.

Pero luego de un agosto de fuegos artificiales (literalmente, artificiales), en los meses siguientes, cuando nos comenzamos a conocer, comenzó la catástrofe. Lo que en un comienzo me pareció una tierna actitud protectora que yo creía necesitar, ahora se convirtió en una manera de control. De pronto, ya no le gustaban mis amigos, ni mi departamento, ni los sitios que frecuentaba, ni el cine que veía, ni que tome, camine, duerma, ni nada que no estuviese fuera de su aprobación. Mientras fui sumisa y él encantador, todo estuvo bien, pero cuando fuimos los de todos los días, empezaron los problemas. Pequeñas alertas se encendieron en mi interior y pensé que era mejor una sana distancia. Él, por supuesto, no lo tomó bien cuando se lo propuse y me lo hizo notar con una ruidosa pelea en la calle. La violencia es algo que no soporto. En una, me bajé de la moto con mi cartera, mi orgullo y le tiré la puerta de mi edificio en la cara.

Al día siguiente, el corderito austriaco regresó arrepentido y con una nueva racha de lo que él llamaba amor. Yo acepté, pero traté de explicarle por qué le había pedido espacio. Ahí, en ese café, esa tarde de otoño, me di cuenta que nuestro problema era claro: no nos entendíamos. Lo que para mí era natural, para él era extraño, y viceversa. Él no entendía por qué a veces prefería ver a mis amigas y no a él. Yo no llegaba siquiera a descifrar su obsesión por comprarse ropa Versace y vivir en un departamento que era casi una pocilga. Las diferencias no eran por nuestros países de origen, eran por las personas que éramos. Mis amigos, preocupados por evitar que vuelva, una vez, más con mi ex cuando estuviese a Lima, me alentaron a ver el tema como una cuestión de diferencias culturales, tan común entre extranjeros. Me recordaron la bonita relación que mantuve con Christophe, a pesar de no hablar el mismo idioma ni vivir si quiera en el mismo país. Pensé que podría estar equivocada al juzgarlo tan pronto, quizás con el tiempo, podríamos llegar a comunicarnos de una forma mejor, le tenía una suerte de cariño ya, y él no se cansaba de darme muestras de su amor, claro, a su manera. Así que continuamos juntos.

Al acercarse la fecha de mi partida, pidió un auto prestado para ayudarme a sacar mis cosas del departamento donde vivía, dejarlas guardadas en el suyo hasta mi regreso y poder llevarme al aeropuerto, que queda lejos de la ciudad. Esa madrugada, antes de entrar por la puerta de embarque, a pesar de mis dudas y temores, me dijo que me amaba y le atribuí nuestros problemas de comunicación a nuestra terquedad. No le respondí con un “te amo”, pero le dije que lo esperaba en Lima como un cuaderno en blanco. Cuando llegué a Lima, le conté a mi familia que mi novio vendría a visitarme en un mes.

Lo que no sabía hasta unos días después de recogerlo del Jorge Chávez en enero, era que al dictarle esos nueve números de mi teléfono esa noche había firmando mi sentencia, no de muerte, pero sí de tortura temporal. No sólo por él, sino porque tampoco sabía que mi familia no solo esperaba un novio, sino un futuro marido.

Canción para recordar un cierto agosto del 2003
Escucha aquí un extracto de “Agost” de Els Pets.