¿LLEVARLOS HARLa primera vez que viví sola, la ex dueña del departamento, una gran amiga que había vivido allí con su novio, me dejó, además de un librero, ollas, cubiertos y otras cosas que no pensaba llevarse de regreso a Venezuela, una bolsita de plástico llena de preservativos de todos los tamaños, formas y colores. En mi redecoración del lugar, guardé la bolsa sabe Dios dónde, porque la única vez que tuve la necesidad de buscarla me fue muy difícil de encontrar. Fue una noche en la que un amigo y yo nos encontramos de casualidad en un bar y, entre una chela y otra, decidimos seguirla en mi casa. Fue cómico, en el momento en que los besos se fueron convirtiendo en otra cosa, buscar los dos en ropa interior dónde estaba la bolsa esa. Cuando al fin la encontramos, nos dio tanta risa que nos cortó todo el rollo, y terminamos durmiendo abrazados.

Otra vez, un par de años antes, compré condones. Estaba en la cama con mi novio un domingo en la noche, y después de unos besos durante el comercial de una película que veíamos en la tele, nos dimos cuenta que no teníamos. Él, medio en broma y seguro por probarme, me retó a ir a la farmacia de abajo y comprar un preservativo. Después de un rato de anda tú / no, anda tú, le dije que ya, que yo iba a ir. En ese momento, él fue el sorprendido. No me dijo nada pero sentí su mirada de reojo mientras me quitaba el pantalón de pijama y me ponía un jean y zapatillas. Mientras bajaba los once pisos en el ascensor me empezó a dar una especie de ataque de vergüenza que tuvo su clímax al entrar a la farmacia y decirle a la chica que atendía: hola, buenas noches, ¿tienen preservativos?. Como buena primeriza en este tipo de compras, esperaba que la farmacéutica me diera uno y me dijera cuánto era, pero no. Me preguntó cuáles quería. Mis prejuicios y yo estábamos a punto de decir “cualquiera”, pero en lugar de eso, le pregunté yo a ella, entre cuáles podía escoger. Me pareció divertido revisar entre cajas y paquetes mientras me explicaba las ventajas y diferencias entre unos y otros. Cuando regresé, diez minutos después, con una caja de doce condones color violeta con un textura diseñada para una mayor estimulación y un lubricante especial para piel sensible, después de unos segundos de sorpresa, a mi novio le pareció gracioso y, a la vez, sexy. Desde ese día, me pidió varias veces que le contara la que pasaría a nuestra historia como “la noche de la farmacia”.

Estos dos momentos, con lo ridículo que puede llegar a sonar, hicieron que perdiera un poco esa aprehensión que confieso le tuve – y aún le tengo- al tema de los condones. Si los chicos suelen llevar uno en la billetera “por si acaso”, ¿por qué una chica no podría llevar tranquilamente uno en la cartera? ¿Existe alguna diferencia?. Yo creo que en la práctica, no. Pero lo que sí existe es ese falso pudor que hace que muchas mujeres (conozco algunas que no) le tiren la pelota de “esa” responsabilidad al género opuesto, como si los fueran a usar ellos solos. Del mismo modo existe la falsa -súper falsa- creencia de que una chica sexualmente activa y que tenga dos dedos de frente para pensar en evitar embarazos no deseados, enfermedades no deseadas o, simplemente, porque le da la gana y punto de tener un condón literalmente a la mano, sea considerada a los ojos de hombres, y mujeres, como “fácil”.

Creo que voy a hacer un experimento. No. Lo voy a hacer. Mañana voy a ir a la farmacia, voy a comprar un condón y lo voy a poner dentro de mi cartera. Tengo la absoluta certeza de que, fuera de que exista alguna posibilidad de utilizarlo, me voy a sentir exactamente igual. Voy a ser la misma. Ni más ni menos libre, ni con mayor o menos valor. Creo que para un hombre no debería ser una sorpresa que una chica lleve condones en su bolso. La sorprendida debería ser la mujer si al chico esto le parece perfectamente normal.

Canción para ser lo que a uno le dé la gana
Escucha aquí un extracto de “For today I´m a boy” de Antony and the Johnsons

ESTA ES LA PRUEBA