¿EXISTE EN REALIDAD UN TIEMPO PARA AMAR?
El sábado recibí la llamada de una buena amiga. Las noticias eran las siguientes. Había conocido a un chico en una fiesta el día anterior, habían bailado, se habían besado y, además, de paso, se habían enamorado. Apenas escuché esto último, le pregunté que cómo era eso de que se había enamorado en una noche. Ella me respondió que no había una razón, que estaba feliz y se despidió al toque porque tenía que prepararse para su segunda cita. El lunes, desde la ventana del chat, me dijo que él y ella ya eran novios. El martes, que el miércoles le iba a presentar a sus padres y el jueves, a su mejor amiga. Solo atiné a preguntarle cuándo nos veríamos. Quedamos el viernes. En un café, después del trabajo. Oyéndola entusiasmada, como no la veía desde que la conozco, contarme los detalles de su recién estrenada relación, me hice una pregunta que no me había hecho nunca: ¿existe un tiempo preciso para enamorarse?

Más que un tiempo, creo que se trata de un momento. Existe un espacio temporal en el que dos personas se conocen, o si ya se conocen, se descubren y de pronto, todo comienza.En la película In the mood for love (si, adoro a Wong Kar-Wai, ¿qué le voy a hacer?) el Sr. Chow y la Sra. Chan se mudan a departamentos vecinos, se conocen, ambos casados, y descubren que sus respectivas parejas son amantes. Entonces, establecen una relación casi de consuelo por la infidelidad que comparten. De esa condición común nace el amor, ése que es el verdadero, el profundo, pero que, claro, jamás puede consumarse, ¿por qué? no era el momento. Sin embargo, su amor trasciende, incluso hasta el siguiente film del director. Creo que pocas veces me he estremecido tanto en el cine como ante la sorpresa de estar viendo 2046 y escuchar al protagonista (el mismo Sr. Chow, años después de su amor frustrado por la Sra. Chan) decir: “una vez tuve la oportunidad de tener un final feliz y lo dejé escapar” y ver en la pantalla una escena de la película anterior, en la que dormita sobre el hombro de la mujer que ama. A Wong Kar-wai no le bastó con separarlos, tuvo la cruel idea de meterlos en otra película para recordarle al espectador el dolor de la no-coincidencia temporal de dos seres de ficción que estaban destinados a enamorarse. Bueno. Ellos no se encontraron. Eso pasa en la vida real. Felizmente, no siempre.

Luego de un breve recorrido hacia el pasado, es inevitable el carrusel del “si hubiera” – porque el tiempo, a pesar de la voluntad y del amor, no retrocede-, es decir, ¿si lo hubiera conocido antes?, el consiguiente, ¿y si no lo hubiese conocido nunca?, y al entrar en materia más personal ¿qué hubiera pasado si esa noche en que te encontré en esa discoteca, no hubiese tenido el descaro de darte a escondidas un papelito con mi teléfono, y yo hubiera estado en mi casa cuando me llamaste desde el Juanito? Ése era el momento de conocernos y nos pasó de largo, para siempre; ¿qué hubiera pasado si esa noche del 93 no me hubiera escapado de un matrimonio para ir a buscarte al Sargento Pimienta y jamás nos hubiésemos besado por primera vez? me hubiese perdido los mejores dos años de mi vida al lado de alguien; ¿qué hubiera pasado si jamás me iba a España y no nos enamorábamos como locos un mes antes, nunca me ibas a buscar, y jamás te hubiese amado como no lo he vuelto a hacer hasta ahora? Bueno, tampoco hubiese conocido a la decepción y a la infidelidad en persona, y no hubiera tenido que quererte por tres años y pasar dos más, olvidándote.

Para mí, los encuentros precisos y los desencuentros absurdos solo comprueban que el amor, en términos de longitud cronológica, no existe. Hay novios que luego de unos años, pasan a ser nada. Yo tengo dos de esos en mi haber. Siete años de nada. Sin embargo, hay personas que pasaron por mi vida un instante, tres meses, unas cuantas noches, catorce horas, y me dejaron mucho más. Lo fugaz no tiene que ver con lo eterno. La trascendencia se encuentra en lo que se entrega y, a la vez, se recibe. Creo que de esta manera sí se puede medir la temporalidad del amor. Puedo decir, entonces, que he estado enamorada más de las tres veces que cuento con la razón (a los doce, a los diecinueve y a los veintiséis años).

Hay un lazo rojo que me une a personas que me entregaron justamente tiempo, además de sabiduría, risas, placer, lágrimas, palabras, secretos, caricias, sorpresas, lugares, momentos y recuerdos. De estos regalos tengo muchos, y los agradezco. Así, me es imposible definir al amor en la figura de una persona. Es un recorrido que uno transita de vez en cuando y, con un poco de suerte, al lado de una persona que comparte las mismas ganas de echarse a caminar un trecho contigo. El tiempo no importa, el amor lo vuelve todo presente.

Si en realidad es así, quiero enamorarme de un modo irracional, inocente, atrevido, infantil, consciente, profundo, honesto, alegre y sano, de una buena vez. Para eso, solo necesito una persona que quiera enamorarse de mí de una forma irracional, inocente, atrevida, infantil, consciente, profunda, honesta, alegre, sana y también, de una buena vez. El lazo rojo nos está esperando, a los dos.

Canción para animarse a amar
Escucha aquí un extracto de “Fingernailed for you” de Comet Gain

Devendra Banhart – A Ribbon