¿QUIÉN LO QUIERE JUGAR? YO NO.

Me acuerdo de cuando estaba en el colegio y las primeras chicas de la clase comenzaban a tener enamorado, claro, de esos que duraban como dos horas, o a lo más, un día; un mes, era ya era una relación consolidada, y había una regla clara. No sé quién la inventó, pero ahora me gustaría saber quién lo hizo y si era consciente de sus terroríficas consecuencias futuras: hacerse la interesante.

Todavía escucho las palabras de mi mejor amiga explicándome, mejor dicho advirtiéndome: cuando un chico te caiga, dile que lo vas a pensar. Para mí, el colegio fue un laberinto de rituales, códigos y demás cosas que se me hacían un laberinto en la cabeza (de paso, cabe mencionar, que esa es una de las razones por las que al colegio no voy más). Además, en esa época no se me pasaba por la cabeza que algún chico me fuera a “caer” ni tener que pasar por todo ese trámite de decirle que lo iba a pensar o algo parecido. Y ahora que reflexiono, al momento en que escribo, me pregunto: ¿qué tendría que haber pensado? A los once, doce o trece años ¿qué vas a pensar? Por supuesto que nada.Este alargamiento del ritual de la seducción, realmente por las puras, no significa nada. Tanto que a mi primer enamorado, cuando me hizo la típica pregunta, no le dije que lo iba a pensar, ni que sí, ni no, le dije “ya”. Por tal respuesta fui condenada por mis amigas de la época. ¿Cómo se me había ocurrido? Esa relación, según ellas, estaba destinada a terminar en las próximas 24 horas, si no eran 12 nomás, por no haber seguido el manual de la adolescencia de los ochentas. En ese momento entré en pánico, puse mi cassette de Bonnie Tyler y lloré toda esa tarde encerrada en mi cuarto, hasta que sonó el teléfono y una voz de trece años me dijo que me quería. Yo le dije que también. Él y yo estuvimos nueve meses. Todo un record para 1985, y la excepción de esa tonta regla en mi vida, porque he comprobado veinte años después que las cosas no han cambiado. Todo sigue igual, así cuando hoy en día la frasesita “voy a pensarlo” se haya reemplazardo por otra(s) palabras o comportamientos igual de ridículos. Porque sí, lo he hecho, y me lo han hecho.

Mi novio de la facultad, empezó siendo mi amigo. Me jalaba todos los días porque vivíamos cerca y yo le gustaba. Yo sabía que no me gustaba o, por lo menos, eso creía. Mientras él más se acercaba, más me alejaba yo con esa tonta vanidad de saber que hay alguien detrás tuyo. Me dejaba poner la música horrible que escuchaba en esa época en su carro, me llevaba los libros o la mochila y esperaba horas hasta mi última clase del día para llevarme de regreso. Yo seguía como si nada. Una tarde se hartó y un día decidió no jalarme a mí sino a otra en su carro, y no a su casa, sino a la playa de estacionamiento de la universidad, donde los encontré en pleno agarre. Me molesté como si me hubiera sido infiel. El pobre hasta me pidió perdón, yo muy tonta y orgullosísima lo hice, pero después de una semana, y no sólo eso, sino que yo me lo agarré a él. Desde ese día, estuvimos juntos dos años, los más pajas que pasé con alguien. ¿Qué pasó ahí? Yo me estuve “haciendo la interesante”. ¿Para qué? hasta ahora no sé. Quizás en éste tipo de comportamiento haya algún tipo de perversidad o de morbo, o quizás sólo necesitaba un cartel de alarma del tamaño de un estadio para darme cuenta de que ese chico sí me gustaba y que, como todo en la vida, no iba a cargarme los libros para siempre.

La seducción suele ser divertida, excitante y causante de trastornos secundarios de la personalidad como la desaparición temporal -para los amigos-, una especie de recarga de energías o una renovada e imborrable sonrisa de la cara. Pero una cosa es la seducción mutua y otra, muy diferente, el juego. ¿Qué juego? Ése, el de la cruel indiferencia, que seguro más de uno conoce, el popular tira y afloja, me das/no te doy, te vas/yo regreso, estás aquí/ yo me voy.

No entiendo, ¿hay que hacerse la interesante para establecer una especie de redundancia y parecerle “interesante” a alguien? Yo creo que no. Las palabras solas lo dicen. “Hacerse” es lo opuesto a ser natural, espontáneo y, por consiguiente, honesto. Es claro que el objetivo es la manipulación, conseguir al otro, pero a costa de su tranquilidad emocional. No actuar tal como a uno le nace, es una forma deshonesta de conseguir lo que se persigue. A fin de cuentas si el objeto de deseo se consigue, en algún momento, va a conocer quién eres en realidad y ya verá él o ella si le pareces igual de atractiva/o. Será decisión de él o ella quedarse a tu lado. Por eso, es una pérdida de tiempo y esfuerzo, además de no ser es una cuestión de género, porque funciona para los dos lados. Apenas consigues que esa persona que te atrae, te gusta o que inclusive quieres, se fije en ti de modo especial, a veces uno solo muestra una de las dos caras de la moneda, uno de los dos pesados extremos: apego o indiferencia, y el otro, de modo inevitable, reacciona, muchas veces de un modo, impredecible.

Es halagador recibir atención de parte de alguien, y mucho más de alguien que te gusta, y llega el momento en que dices ya, yo también quiero, lo que sea, estar, ver, besar, tirar, salir, llamar y un infinito etcétera, y de pronto te encuentras con yo no quiero, no sé, quizás después. Igual de desconcertante, cuando ni bola le das a esa persona que está ahí con palabras amables, invitaciones a salir, pequeños detalles, y uno, por algún retorcido, escondido o simplemente desconocido motivo, permanece impávido.

Por eso, la próxima vez que un chico me guste, tanto como para pensar en compartir algo más que un interminable jeroglífico emocional, le voy a preguntar el clásico de primero de secundaria: ¿quieres estar conmigo?, y si él lo dice primero le voy a decir: YA. ¿Para qué complicarse más?

Enamorarse no es más sencillo, pero si más fácil que jugar a la eterna causa perdida.

PEQUEÑA (AUTO) RECOMENDACIÓN
Antes subirse a un juego, recomiendo leer el cartelito de las instrucciones. Si no hay, mejor subir a otro juego. En los parques de atracciones, siempre (pero siempre) hay más de una.

Canción para los que les gusta jugar
Escucha aquí un extracto de “Lost cause” de Beck.

“Un Buen Día” de Los Planetas