Mi relación con el fútbol comienza por un hombre: mi padre. En mi casa, los demás integrantes de la familia están divididos entre Alianza y Universitario. A mí nunca me interesó el fútbol, pero como ir a estadio era una actividad familiar obligatoria así como los almuerzos de cumpleaños y parrilladas de domingo, yo iba. Mi padre nació en el Callao, demás está decir que es hincha del Sport Boys y que trató, en vano, de hacer que uno de los otros miembros de nuestro clan se cambiara al equipo rosado. A mi me hacía gracia, hasta que un día se hartó y en medio de la euforia de un Boys vs. no recuerdo qué equipo, ofreció 300 soles a quien se pusiera la vincha rosa y coreara el popular: Vamos Boys. Yo fui la única que aceptó y de inmediato, comenzó un ligero interés por el fútbol. Ahora que tenía un equipo, la cosa empezó a ser más divertida.
Pero hincha de verdad me volví en España, y por culpa de dos de los tres chicos con los que compartí el primer departamento que habité. Tuve suerte, además de buenas personas, Ricky y Micky (Michele y Riccardo) eran de Milán y fanáticos del Inter y del Milan respectivamente. Esa primera convivencia fue la mejor que tuve. Al poco tiempo, ellos, Nicolas (un chico americano) y yo, nos convertimos en la happy family, como nos apodaron nuestros amigos. Una de las rutinas de esta familia adoptiva era sentarnos frente a la tele y ver absolutamente todos los partidos. Con ellos aprendí las reglas del juego, jugadores, equipos, campeonatos, puntos, penales y goles, además de cocinar pastas, ahorrar en el supermercado y compartir experiencias en la, aún ajena para nosotros, Barcelona. Y por supuesto, fuera de las rivalidades por il calcio, en la liga nacional todos éramos del Barça. Era la época de Rivaldo.

Esta relación de amor con el fútbol se terminó de concretar cuando tres meses después de dejar Lima, aterrizó en Cataluña el que sería mi novio por los siguientes tres años. A él, que me conocía desde la universidad, le asombró esta nueva afición y, claro, estaba encantado. Fuimos a varios partidos en el Camp Nou. Recuerdo uno en especial, en el que nació la afición por mi segundo equipo después del Barça, el Valencia de Cúper y Mendieta. Esa tarde, en la euforia del tercer gol que los blaugranas le metieron al rival del sur, me confesó que una de sus secretas fantasías sexuales era tirarse a una chica vestida solo con una camiseta de la U (el era hincha del Alianza, claro). Yo siempre tuve la intención de darle la sorpresa, y no sé por qué no lo hice, sin embargo, me quedó la anécdota y una gran curiosidad que seguía creciendo en mi interior sobre la pasión de él, y la mayoría de los chicos que conozco, por el balompié.

Pero esta curiosidad no duró tanto. A los dos años, yo misma ya era todo un señor catalán que se sentaba en la sala de su casa, solo, con su six pack, papas fritas y aceitunas, lista para ver algún partido de la Copa del Rey, la Liga, la Champions League o el mundial y gritar como loca con cada gol, ver las repeticiones en el noticiero, leer las noticias deportivas en el diario, y arrastrar a mis pobres amigas -a las que no les gustaba el fútbol- a ver los partidos que solo pasaban por cable (yo nunca tuve) a una de las peñas del Barça o algún bar con televisión. La única que siempre me acompañó hasta el último partido, Ale, me decía que era una buena excusa para chupar y era la primera en abrazarme a mí y a todo un grupo de desconocidos para saltar y corear el himno barcelonés.

He de confesar que esas ganas se entibiaron por el cambio geográfico, de rutina, de vida y qué se yo. Pero volvieron, y con fuerza, durante Alemania 2006. ¿Y quién dijo que el fútbol era cosa de hombres? En la oficina que hasta ahora comparto con siete mujeres, instalamos un televisor blanco del año cero para no perdernos un solo partido. Creo que ni por razones laborales hemos estado tan cerca de agarrarnos -literalmente- de las mechas.

Sin considerarme, para nada, una especialista, sino solo una simple aficionada, no he vivido ni presenciado alegrías, tristezas y broncas del calibre que puede suscitar el fútbol. Así que éste próximo partido, dejo colgadas un ratito mi vincha del Boys y mi camiseta del Barcelona. El sábado soy, bueno, somos todos, Perú.