EL TERROR ES PROPIEDAD COMÚN.
Miedo. ¿Quién no lo ha sentido? Yo le tengo miedo a muchas cosas, algunas fáciles de reconocer como El Exorcista I -en la parte en la que Linda Blair habla con la voz de la madre del Padre Karras-, El resplandor -en especial en la que aparecen los fantasmas de dos gemelas al fondo del corredor del hotel-, una pesadilla recurrente en la que una ola gigante me cae encima (claro, siempre me despierto antes de ahogarme), la oscuridad, a veces, las cucarachas y la voz de mi padre cuando me llama Alicia y no Ali, -eso significa siempre que estoy en problemas-. Hay otros temores, muy difíciles de reconocer, pero lo haré.
Tengo miedo al fracaso, me aterroriza la mediocridad, tengo pánico de hacer el ridículo, me atemoriza resaltar de cualquier forma -cuando de alguna manera no puedo pasar desapercibida, me gustaría ser uno de los cuatro fantásticos o la Alice de Woody Allen y tener el poder de volverme invisible-, tengo miedo de dar a leer un cuento que escribí, contar algún secreto vergonzoso o también las dos veces a la semana en que publico un post. Y aquí van los grandes. Me da miedo no ser aceptada, es decir, ser rechazada en todos los sentidos, no me gusta sentirme utilizada, me intimidan las personas que hacen daño a propósito, me amedrenta mi propia inseguridad ante los cambios y los retos. Entre otros, claro. Sin embargo, desde hace un año, más o menos, he agregado un nuevo miedo a mi lista -literalmente- “negra”. Esta novedad se puede llamar: pisar esa arena movediza comúnmente conocida como “conocer a alguien”. Ya he mencionado este tema antes -creo- y si vuelvo a él, desde otra coyuntura emocional, es por la increíble manera en la que este mismo aterrador patrón, reaparece.

Extraño los amores adolescentes, cuando bastaba un ¿quiéres estar conmigo? seguido de un ya y un beso, para comenzar todo de una manera natural, sin mayor preocupación. No existía, por lo menos para mí, la recatafila de temores que se cuelan, muchas veces sin querer, en el camino. La razón es obvia. Mi hoja de vida emotiva ya no está en blanco como a los doce años, ni a los dieciséis, ni veinticuatro. Las decepciones, las malas elecciones, las experiencias de película de terror de las que no quieres tener un remake ni una secuela (y ni pensar más de una), lo único que producen es cierto grado, dependiendo del caso, de aprehensión, y muchas veces, de desconfianza por ese chico desconocido, tan amable, tan guapo, con tantas ganas de gustarte, que te mira, te quiere besar, compartir una cerveza, un vino, una canción, una película o una cena contigo.

Como buena romántica, no he perdido las ganas de sentir vértigo de la primera cita, mirada, flirteo, beso, caricia, conversación, etcétera, pero al mismo tiempo no dejo de sentir esos pequeños flashes de alerta que me hacen preguntarme, justo en el momento de dar el segundo paso: ¿y si no me llama?, ¿lo llamo yo?, lo quiero volver a ver ¿se lo digo?, me gusta ¿se lo digo?, pero, ¿y si yo no le gusto?, ¿se lo pregunto?, lo quiero conocer más ¿le digo para salir?

Antes de derrumbarme en la desesperanza de quién diablos toma la iniciativa de seguir para adelante, como lo he hecho miles de veces, o esperar sentada (a veces eternamente) que el otro la tome, ¿no sería mejor salir de dudas, desprenderse del temor, poner las cartas sobre, por lo menos, la mesita de noche? ¿No es mejor decir: me gustas o no, quiero conocerte más o no quiero seguirte conociendo, que ceder ante la posibilidad del rechazo y estar dando vueltas imaginarias alrededor de los términos y límites del, frecuentemente, oscuro objeto de deseo?

La última vez que salí con alguien, estuve como un cohete de la NASA, esperando órdenes para despegar. Hasta que ya no me gustó la tan fastidiosa situación de stand-by, esperando las órdenes de la torre de control. No fue necesario una confrontación, solo le dije que ya me estaba cansando. Increíble, pero fue suficiente, no solo para sacarme de la pista de despegue, sino para que él desapareciera de mi vida sin dejar señales de humo. Claro que me sentí mal, pero solo por unos días.

Estoy segura de que, por más decepcionante que pueda sonar un NO del par de labios, teléfono, correo electrónico o ventanita de chat de alguien que te gusta, es un millón de veces mejor ser honesto con uno mismo y con esa persona dueña de todo tu – a veces momentáneo- interés. Esa, creo, es la forma más valiente de perder el miedo. Y lo dice una cobarde casi profesional. Quienes me conocen, lo saben. Ahora también lo saben ustedes. ¿Ven? otro miedo se fue al país de no-regresarás-jamás.