¿QUÉ TAN CERCA ESTAMOS DE LO QUE MYo esperaba que el timbre de mi casa sonara a las cuatro en punto y ver a Marcelo, paradito y en camisa, en la puerta falsa de mi casa. Yo salía y teníamos dos horas exactas y reglamentarias, para decirnos cuánto nos habíamos extrañado, qué larga había sido la semana, y el ritual del eterno primer beso, ése que daba paso a los siguientes. Después de un nunca oportuno carraspeo de mi madre o un grito de la suya -éramos vecinos-, Marcelo se iba y yo me quedaba encerrada en mi cuarto oyendo una maratón de baladas de los ochenta haciendo un recuento mental de esa última cita, tocando por enésima vez la cadena de plata que Marcelo me regaló, mirando por milésima vez su cara en la foto carnet que guardaba en mi billetera o terminando de rellenar las tapas de mi trapper kepper con un montón de corazones llenos de “Ali Marcelo”.

Ya el colmo fue enamorarme unos meses antes de irme a España. Pero fue tal el flechazo, que nos resultó inevitable no continuar. Era la primera vez que él se enamoraba y yo la primera que lo hacía de esa manera. Santiago prometió irme a buscar y lo cumplió. A los tres meses, me sorprendió en la puerta de la universidad. Desde ese día, pasaron tres años de idas y venidas entre Lima y España. Conversaciones al teléfono a unas horas rarísimas por las siete horas de diferencia, los correos electrónicos más bonitos que he escrito y recibido, y ya un tiempo después, las horas interminables enchufada en el Chat, el sexo telefónico, virtual, lo que sea, para no perdernos. Eso era lo que queríamos, de manera muy ilusa pensaba yo. Pero el que dijo “amor de lejos, felices los cuatro” se equivocó con Santiago, fuimos felices los veintisiete, es decir, él , yo y las mujeres con las que me fue infiel todo el tiempo. El día que lo descubrí y puse fin a nuestra relación, además de llorar, maldecirlo y estar triste una buena temporada, me arrepentí de la cantidad de energía, tiempo y dinero había invertido en esa relación -no cuento el amor porque jamás podría medir cuánto lo quise, porque fue mucho- y me dio rabia. Sentía que, no solo había sacrificado un buen trozo de mi vida allá pensando en él, pero ahora, mirando para atrás, no me arrepiento. La vida está hecha de decisiones que uno toma en el momento en el que está.

Para bien o para mal, aprendí mucho de mi misma en y a la distancia. Supe al fin lo que es estar sola, un punto importante -por lo menos para mí-, y vencí ese temor. Claro que me costó, y mucho; sin embargo comencé a vivir y a ver las cosas de otra manera. Cuando no tienes a nadie que te dice qué o qué no hacer, y eres un ser más e invisible en territorio ajeno, te empiezas a proteger y a cuidar más, y de paso a querer. Porque otra cosa que te regala la soledad, es un espejo en el cuál te miras desnuda y puedes ver con claridad todas tus imperfecciones, limitaciones, defectos, pero también, tus cualidades; y así tener una imagen más clara de quién eres.

Comencé hablando de la distancia y el amor, porque experiencias como estas solo me demuestran el papel cercano que han jugado en mi vida a través del tiempo, y lo conectados que pienso están ambos conceptos. Pues cuando estás con alguien, por lo general, quieres permanecer cerca. De igual forma, puedes tener a una persona físicamente a tu lado, y no sentir amor. Sin embargo, terminé hablando de la relación que mantengo conmigo misma porque, a diferencia de las demás, esta es eterna. Además, hoy en día, es la única que tengo -fuera de familia y amigos- y la que me va a permitir establecer una nueva con ese chico que aún no hace su aparición en mi vida, pero que se puede tardar si quiere. Tengo mucho tiempo todavía que pasar conmigo, y pasarla bien.

Canción para estar cerca
Escucha aquí un extracto de “At the hop” de Devendra Banhart

A continuación mira el video de “La mitad de nuestras vidas” de La Buena Vida