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DEPENDE DE TI. DEPENDE DE MI.

Siempre hay una primera vez para todo. Sin embargo, hay muchas formas de primeras veces. Reconozco que la primera vez que tuve relaciones fue con un muy celoso primer novio, lleno de complejos y mentiras, que incluso utilizó para obligarme a quedarme a su lado con el arcaico argumento -que suena a letra de salsa- de haber sido (ja!) “suya“. Fue una experiencia que no le deseo a nadie, acompañada de miedo, inhibición, un largo sentimiento de culpa y creencias equivocadas acerca de mi propia sexualidad y, por consiguiente, del género opuesto. No tengo que mencionar que físicamente jamás fue algo placentero. Eran tantos mis remordimientos y la manipulación, que jamás le conté esto ni a mis mejores amigas de la época. Me sentía llena de pecado de la cabeza a los pies. Y como todo buen culpable, creía que era la única que iba a terminar sus días en el infierno de la indecencia.
Unos años después, con mi segundo novio, hice el amor por primera vez. Fue un día en que nos escapamos de Nirvana, en el asiento de atrás de su carro y no miento al recordar que no había pensado que el sexo podría darse con tanta naturalidad, sin culpas ni miedos, y que después nos íbamos a reír y a regresar a la discoteca a tomar una cerveza y sonreír de manera cómplice por la travesura que acabábamos de hacer. Fue en esos dos últimos años de universidad en que comencé a disfrutar del sexo como una parte más de nuestra relación, llena de momentos excitantes, divertidos, y de las más extrañas y curiosas experiencias. Con él viví muchas primeras veces. La mejor de todas es que, hasta ahora, es él único ex novio al que le agradezco el haberme amado y enseñado tanto.

Entre él y las otras dos relaciones largas que tuve, en el ámbito sexual todo siguió su curso como supongo transcurren los demás componentes de una relación: uno aprende, se equivoca, vuelve a aprender, la caga, disfruta, sufre, es feliz, hace feliz al otro, se divierte, descubre, conoce, cede, no cede, continúa o cambia. Sin embargo, llegó el momento en que la soledad ya no fue más el tiempo que pasa entre una relación y otra, sino una condición de vida. Me quedé sola. Sola y confundida, al comienzo. Sola y tranquila, después; como lo estoy ahora. Una tarde de ese año, en una conversación con amigas, una dijo que hacía tiempo que no se acostaba con alguien y que ya estaba necesitándolo. Fue entonces que pensé que, claro, yo tenía bien grabadita en mi mente la idea del sexo unida a la del amor, más que todo por mi propia experiencia. Y por eso mismo, me parecía difícil pensar tener sexo con alguien sin toda esa confianza, comodidad y colchoncito emocional que te da una relación en la que el amor está presente.

Pasaron varios chicos por mi vida de los que, llegado cierto punto de intimidad, me alejaba porque no quería llegar más allá de los propios límites entre los que me había encasillado. Sin embargo, al ver a mis buenos amigos y gente de mi entorno viviendo con poca, media o mucha libertad su sexualidad, me empecé dar cuenta de tenían sus propias dudas, paltas, tristezas, decepciones, ilusiones, y que el sexo no era un tema de extremos, no existía el blanco o negro de mis años de adolescente criminal -por no haber respetado las reglas morales impuestas por el mundo en el que habitaba-. Pasar de la mente a los hechos fue cosa de una noche que, como casi todo en mi vida, ocurrió de manera inesperada.

Era verano y mi mejor amiga había regresado a Barcelona, luego de unos meses de visita en Guatemala. Estaba feliz de verla y pasamos juntas todo el día. Teníamos mucho de que hablar. Bueno, ella y yo siempre tenemos miles de cosas de que hablar. Terminamos en uno de nuestros bares favoritos. Había dos chicos. Uno me gustó desde que lo vi. Nosotras ya habíamos bebido el par de las cervezas que atraviesan el límite de la inhibición. Ellos se acercaron y comenzamos la típica conversación entre extranjeros. Después de bailar un rato, decidimos ir a otro bar, y después uno de ellos y yo decidimos irnos.

En la mañana, apenas abrí los ojos y me di cuenta que un chico de pelo negro dormía a mi lado, me quedé paralizada. ¿Y ahora qué hago?, pensé. Quería tener un teléfono, llamar a Alejandra y preguntarle qué se hacía en estos casos. Qué cara tenía que poner -además de tomar en cuenta el típico maquillaje corrido, aliento de juerga y cabeza de cantante de heavy metal- y que podía decir. En realidad, ¿había algo qué decir? Mi timidez – y la vulnerabilidad del momento- me hizo querer desaparecer, como en ese chiste vulgar que siempre he odiado, y convertirme en la pizza que todo hombre (vulgar) quiere que se vuelva una mujer después de tirar. Estaba en eso, cuando Xavi -así se llamaba-, abrió los ojos. Me saludo con una sonrisa y un beso. Hablamos un poco, hasta que le dije: ¿y ahora qué? ¿quieres que me convierta en una pizza? Se rió sin entender y me pidió que le explicara el por qué había dicho eso. Le causó gracia. Mientras se ponía la ropa me pidió mi número.

Apenas se fue, llamé a Alejandra. Me sentía bien, contenta. Como si hubiese dado un paso importante. Pero con el pasar de las horas, a la chica “cosmopolitan” en la que creí haberme convertido por un rato por haber dejado mis prejuicios atrás, le fue imposible dejar de sentir ese aguijón interior que me hizo recriminarme, arrepentirme y claro, sentirme culpable.

A pesar de que no pasaron ni 24 horas para que en la pantalla de mi celular apareciese un: ¿Quedamos para otro día, “pizza“? un beso, Xavi.. No me podía quitar de la cabeza tantas dudas ¿Por qué me fue tan difícil aceptar que solo había sido sexo y punto? ¿Por qué el no sentirme, de alguna manera, especial para el otro, me hacia sentir mal? ¿Por qué toda esa seguridad se derrumbo como castillo de naipes con el pasar de las horas? o el clásico ¿y ahora qué va a pensar él de mi? En realidad, no debió aparecer tal listado de preguntas, porque si lo analizo con todo el tiempo que ha pasado entre hoy y esa noche, me doy cuenta de lo intrascendente que para mi también fue ese chico al que volví a ver y que porsupuesto no pensaba nada malo mí, al contrario. Y lo más importante es que no me arrepiento de nada.

No creo que el amor se consiga según un conjunto de estrategias. Como para todas las formas que existen de relacionarse, no creo que existan recetas ni mapas. Simplemente, porque no todos pensamos igual. Pienso que las decisiones deben partir de la seguridad y libertad propias e interiores. Eso fue lo que me faltó a mí esa vez.

Entonces, ¿existe un tiempo justo para el sexo sin una relación? Eso no lo puedo responder yo, ni si quiera a mi misma. Al igual que el amor, el sexo es una decisión que uno toma cuando le da la gana.

Canción para ser y hacer
Escucha aquí un extracto de “New soul” de Yael Naim