¿CONVIVENCIA? AHORA NO, GRACIAS.
Solo una vez viví con un chico. Reconozco que mi opinión sobre compartir un mismo techo con alguien puede ser parcial porque se dio por una coyuntura particular. Yo estudiaba fuera y en el intento de los dos de no dejar que nuestra relación terminara, tomamos una decisión: vivir juntos, por lo menos un tiempo. El matrimonio vendría después. A mí faltaba otro año lectivo. A él no le importó mudarse de país y trabajar para mantenerse económicamente y a mi lado. Todos estos factores los analizamos en apasionadas conversaciones a unas horas rarísimas. Así comenzó nuestra convivencia, por más que mis padres se hagan los locos y no les guste la idea de que haya vivido con un hombre sin casarme.

Sin embargo, el que dijo o piensa que el concubinato es lo mejor “antes” de un inminente matrimonio, que es justo y muy conveniente paso previo, o peor, un estado, similar a un enlace religioso o civil, en el que todo para la pareja se convierte de modo automático en una maravilla, que sirve para limar toda aspereza, que lo vuelve todo de una manera mágica -para mí, irracional- perfecto entre dos personas, se volvió o está loco. Por lo menos, a mi me pasó todo lo contrario.
Quedamos en encontrarnos en Lima y luego partimos hacia la que sería nuestra casa: un departamento en el último piso de un edificio ubicado en la Rambla Cataluña número 77 BCN 08011. Era pleno verano, pero para nosotros era primavera. Compramos platos de colores, ollas, sábanas, lámparas. Salimos varios martes por la noche a recoger muebles que la gente dejaba esos días tirados por calles y avenidas y los pintamos todos de azul, mi color favorito de esa época. Con su primer sueldo, mi novio me compró un afiche gigante de “Todo sobre mi madre”, la primera película que vi al llegar y que, para mi, significaba toda esa ciudad que ahora compartíamos. Mientras yo aprendía catalán e iba a clases en la universidad, también me hizo un ropero colgante no sé cómo, con unos tubos y cables. Yo aprendí a cocinar. Hasta me creí el rol de “amita” de casa, como él me llamaba con una tierna sorna, me compré un mandil y aprendí a cocinar. La de ollas y espátulas que quemé hasta que las lentejas me quedaron bien. Por las noches, antes de dormir, nos mirábamos a oscuras y nos reíamos con la complicidad de quién está haciendo una travesura.

¿Cuánto iba a durar eso? Fue algo que nunca nos preguntamos. Algo tan simple y barato como las lentejas fueron el primer indicio del mundo de las diferencias irreconciliables. Como suele suceder, estas son en realidad la punta de un inmenso iceberg. El niño jamás iba a comer una menestra; estaba acostumbrado a la comida que le habían preparado desde que tenía uso de razón y ese no era el momento de cambiar. Además, él tenía muy presente el hecho de que yo había engordado los meses previos a nuestro reencuentro por la culpa de las pastas y los croissant rellenos de chocolate que tanto me gustaban. Entonces, tenía que hacer salchipapas y milanesa con puré de papas y arroz, y, además, ensalada para mí. Este es un ejemplo superficial, pero claro, de que él no estaba en condiciones de ceder, ni de entender. Y yo por mi lado, tampoco, estaba jugando a la casita y no quería renunciar al futuro que creía quería en ese momento. Como suelo hacer, me cegué ante la claridad de que éramos personas muy diferentes que querían cosas totalmente opuestas en la vida. Yo quería un compromiso de su parte y una familia, él no sabía que quería. Sin embargo, traté de forzarlo a él, un chico inmaduro y bastante egoísta, a desear lo mismo que yo. Su inmediata negativa a la presión hizo que yo me sintiera insegura, él asfixiado y así entramos en el remolino de nuestra primera gran crisis.

Estoy convencida de que hay dos opciones llegado este momento. Si ninguno quiere ceder ante una dificultad, te quedas o te vas. Yo no quería irme a ninguna parte, estaba enamorada y quería intentar arreglar nuestros problemas. Él también me quería, y mucho, pero como él mismo me repetía, quería más a su libertad. Entonces, llegó el momento de decidir. Antes de hablar conmigo, llamó a su mamá a Lima. Se encerró en el baño con el teléfono tres hora y hubo novedades. Yo no le conté a nadie en Lima, pero mi mamá me la sacó en una cuando tuvimos nuestra conversación telefónica semanal. Le dije que las cosas no iban bien, y muy al contrario de mi “suegra”, me dijo que tratara de ver las cosas con calma y tratara de hablar con él. Para mi no-sorpresa su madre le había dicho a mi amado concubino que prefería -literalmente- “ver a una Alicia triste, que a un hijo infeliz”.

Incapaces de tomar una decisión, hicimos un último intento en un viaje a Andalucía en auto. El renovado amor solo duró hasta Alcalá de Henares. En Madrid, donde pasamos el año nuevo, todo se fue a la mierda. Ahí, bajo la maldita y trillada Puerta del Sol, pasé el peor año nuevo de mi vida, parada al lado de un pata que no me daba bola por el simple hecho de que cualquier palabra o caricia podría ser utilizada en su contra en la próxima pelea. Y no sé por qué seguimos el viaje hacia el sur. Mientras más nos alejábamos de Barcelona, peor era todo. Cuando llegamos a Sevilla ya no nos hablábamos y ya en el colmo de su resistencia y de mi aguante, llegamos a Granada donde él se encontró con unos amigos. De pronto se convirtió en otra persona, o mejor dicho, volvió a ser él. La Alambra es un lugar muy bonito, pero no podía sentirme más sola. Lo miraba de lejos tomarse fotos y reír. Me di cuenta que no nos habíamos sacado ni una foto ni hecho el amor.

De regreso en casa, no había más que decir. Solo, adiós. Y comenzar el proceso de hacer la mudanza interior de esa relación: la jodida devolución de llaves, separación de bienes, recuerdos, de libros, discos, fotos, rincones, sonrisas y secretos.

Es difícil vivir con alguien. Y el que diga lo contrario, no lo ha hecho aún. Las cosas cambian cuando se empieza a convivir. En nuestro caso, teníamos formas muy distintas de hacer o pensar todo. Desde la vida, hasta la comida. Hay tiempos difíciles por los que hay que pasar, siempre los hay. La cuestión está en la decisión mutua de pasarlos juntos. Y nosotros no pudimos y no quisimos hacerlo.

No se puede cambiar el pasado, ni predecir el futuro. Vivir el ahora es todo lo que hay, porque es todo lo que tienes en tus manos. Lo bueno de recordar lo vivido es que me di cuenta de que este no era el hombre con el que quería pasar un día más de mi vida. Y en estos días en el que cuelgo los cuadros que yo quiero y lo pinto todo de blanco, rasgo sintomático del anhelo de un nuevo comienzo, estoy más que contenta de haber tomado la decisión correcta en su momento. Una nueva convivencia empieza, a solas. Con mis manías, mis rutinas, mi desorden, mi espacio, me divierto. Conocer un nuevo espacio, es como volverse a conocer a uno mismo. Nuevos ruidos, horarios, hábitos. Igual ocurre con el amor.

Creo que pasará un buen tiempo antes de que vuelva a querer vivir con alguien más. Pero pasará, si es que pasa, y bien, entre las paredes acolchadas de mi propio mundo. Qué bueno es saber que siempre se puede volver a comenzar a vivir, y lo mejor de todo, según tus propias reglas.

Canción para convivir con uno mismo
Escucha aquí un extracto de “Tajabone” de Ismael Lo

Thomas Fersen – Deux pieds