¿LA EDAD SE MIDE EN AÑOS, O QUÉ?
Es curioso. Varias veces desde que empecé a escribir este blog, al ver mi edad: 34 años, 5 meses, 1 día, 14 horas y 36 minutos en este preciso momento (esta inusual exactitud debe ser consecuencia de haber desayunado con toda una mancha de suizos), varios lectores me han repetido un sinnúmero de veces, en diferentes tiempos verbales, la misma frasecita: se te va el tren, se te está yendo el tren, se te va a ir el tren. A manera de broma, les respondía con una pregunta: ¿cuál era ese tren al que, supuestamente, me debía subir y que me estaba dejando en tierra?. Porque claro que sé a cual tren se refieren: a lo que supuestamente algunas personas piensan que una mujer -hoy, no voy a decir una “chica”- de mi edad debe tener: un novio, esposo o familia, entre otros “deberías de”.

No voy a decir que este tipo de comentarios no me ha molestado más de una vez y de hecho el tema de la edad ha dado pie a largas, interesantes y, a veces, chistosísimas conversaciones entre amigos cercanos de todas las edades. Pero ayer, que justamente perdí un tren, de los de verdad, con ruta Cusco-Aguas Calientes, y que me llamó un chico de 24 años recién cumplidos, con el firme propósito de invitarme a salir apenas regrese a Lima, pensé que era momento de preguntarme: ¿es el número de años acumulados un punto a considerar para hacer o dejar de hacer tal o cual cosa?
Vamos por partes. Hice un recuento mental y desde la última relación larga -solo temporalmente- que tuve, las personas que he conocido, con las que he salido y que me han gustado, no han sido muchas, pero sí han sido todas menores que yo. Hasta ahora, para seguir con la precisión suiza, desde 6 meses hasta 7 años menos. Sin embargo, ahora que estoy en este viaje con mi madre (58), la viuda del hermano menor de mi madre (55), su mejor amiga (55), y que todas menos la segunda de ellas -que le llevaba diez años a mi maravilloso tío Javi, quién murió a los 45-, tienen la firme convicción de que debería estar con un hombre mayor, pero no cinco años, sino como veinte -o por lo menos quince-, que ya haya vivido, que juegue golf (¿?) -supongo que esto tiene que ver con cierto tipo de estatus, no sé-, que me pueda dar seguridad emocional, económica (!) y un lindo matrimonio seguido de una linda familia, me acaba de dar un ataque de escalofríos. No solo por el tema en sí, sino por su repentina obsesiva preocupación por conseguirme uno novio de esas características. Así que las mandé a Sacsayhuamán y ruinas aledañas, para poder estar un rato a solas y escribir. Claro, y de paso para aprovechar y darle una llamadita secreta a ese chico que me ha estado dando vueltas hace meses. No necesité hacerlo, él me llamó un rato antes que yo marcara su número, después de darme un baño de tina para despejarme de tanto emparejamiento imaginario de mis nuevas, y espero temporales, hadas madrinas.

Lo conocí hace más de un año en la presentación del corto de mi hermana menor. Bueno, no lo conocí. Lo vi. El no se acuerda, ya me lo dijo. Nos conocimos de verdad este año, a propósito de nuestros respectivos espacios virtuales. Me llamó para conversar conmigo, no sé si fue una excusa y la verdad no me importa, y a partir de eso nos comenzamos a ver seguido por nuestra común afición al cine. Al menos, eso era lo que yo pensaba, hasta que comenzaron las llamadas, los correos electrónicos, los comentarios mutuos en nuestros blogs, un par de encuentros casuales (supongo), un regalo muy bonito, de esos que me gustan (esto fue antes del señor atracción virtual 1 y 2, para los que piensan que se trata de la misma persona), una que otra visita en mi trabajo, un café, unas cervezas en el Juanito, y al fin, una llamada clara y directa en la que me dijo: me gustas y acto seguido preguntó: ¿quieres salir conmigo?

La verdad yo no había pensado salir con él jamás. Uno, porque todo lo citado anteriormente sucedió mientras él tenía una novia y yo con chicos comprometidos no me vuelvo a enredar (una vez basta y sobra en la vida) y dos, porque pensé que estábamos camino a Amigolandia. Nos llevábamos bien y punto. Pero no voy a negar que su personalidad generaba en mi cierta curiosidad y que tiene, además, esa manera tan honesta de ser él mismo, que actúa como un imán tamaño Huayna Picchu para mi (perdón por las reiterativas referencias locales, pero estoy en Cusco y me siento, como otras veces, fascinada).

Sin novios de por medio y yo diría que con más de un par de cuestiones en común, me pregunto: ¿son diez años demasiado? Cómo siempre lo veo: si fuera al revés, es decir, si él tuviera 34, no estaría preguntándome nada y ya estaría pensando que ropa me voy a poner el sábado. Pero en lugar de eso, le respondí con evasivas que él no tardó más de tres segundos en hacerme notar. Así que no me ha quedado otra que decirle que lo llamaré desde Lima. Pero su edad y la mía siguen saltando como los numeritos sueltos de las máquinas de bingo en mi cabeza. Odiaría oír uno de esos comentarios tipo: cuando yo tenía dos años todavía estaba enamorado de mi mamá y tú de tu primer novio, o decir cuando yo fui a ver a Soda Stereo a los trece en el Amauta, tú jugabas con tus muñequitos de Star Wars. Felizmente la música de los ochentas está de vuelta y no tendré que oír ni en mi imaginación “esa canción es de tu época” o un aterrorizante: ¿quién es Bryan Adams? (si, me ha pasado).

La cuestión es que a los veintiséis me sentía mayor que ahora, malhumorada, aburrida y cansada. Ahora no. Siento que para el futuro, falta; que, para mañana, falta. Así me haga bolas al pensar en el futuro de rato en rato, espero con ansias de adolescente ver a Soda Stereo, me ilusiona abrir regalos y recibir sorpresas, como cuando era niña, y me voy a seguir poniendo zapatillas Converse hasta que yo lo decida. Y así necesite una siesta de más, de vez en cuando, y aun cuando no pueda salir dos días seguidos como cuando tenía veintitantos, o esté perdiendo mi memoria reciente, o me aburran cosas y personas que antes me gustaban, y me apasionen cosas y personas que he descubierto con los años, no siento que se esté perdiendo ningún tren, avión u otro medio de locomoción. Todo lo contrario. Me percibo en movimiento. Creo que me faltan varios viajes, geográficos – y otros nada geográficos- por realizar.

Entonces, solo me quedan en este momento cuatro preguntas: ¿salgo con un excitante, interesante y un quizás-después-de-esto-nunca-más-seremos-amigos blogger (o vlogger, como le gusta que lo llame cuando le escribo)? ¿qué hago? ¿me mando? ¿qué dicen?

P.D. Gracias al chico que me tomó la foto en la estación.
P.D.2. El siguiente video, no solo lo he puesto porque me gusta la canción, porque me trae recuerdos, porque me gusta bailarla hasta ahora, por la letra -que va tan de acuerdo con este post-, sino también, porque es una de las pocas canciones que al escucharla me hace sentir, en serio, muy feliz. Como lo estoy ahora.

Canción para tener la edad que sea
Escucha aquí un extracto de “La edad del cielo” de Jorge Drexler

The Mission – Like a child again