¿UNA BARBIE? Sí, PERO SOLO PARA JUGAR.
De chica yo parecía un chico. ¿Por qué? Porque cuando era niña, mi hermano -once meses menor- y yo parecíamos mellizos. El álbum de fotos familiar puede dar cuenta de ello. Mi madre nunca fue seguidora de las reglas de la feminidad clásica, o de los típicos clichés de clase media limeña, debo decir. Cosa que, en repetidas pataletas adolescentes, le recriminé muchas veces. Jamás me hizo peinaditos con lazos y pocas veces recuerdo haber usado vestidos. Mi hermano y yo, teníamos el mismo corte “Cristóbal Cólón”, tan de moda en los setentas, nos vestíamos igual, de overol, zapatillas y chompas azul o marrones (sin ningún asomo a tono que pudiese ser considerado como “femenino”); además él y yo éramos los mejores compañeros de juegos de combate, carreras en chachicars, triciclos, bicicletas, caballos de mentira, e incontables y, siempre imaginarias, aventuras intergalácticas.

Cuando me hice un poco mayor y mi padre ganaba un poco más de dinero, sí tuve Barbies, jugué con ellas, y no tengo nada en contra de éstas muñequitas rubias de plástico, 90-60-90, paradas siempre de puntita (a la espera de un buen par de tacos, parece) pero yo nunca fui, ni quise ser, una.
Ahora, me doy cuenta que –seguro, como a muchas- no me gustan los ositos (u otro animal de la jungla) de peluche, ni los regalitos del primer mes, ni del primer año, por lo menos desde los quince años ni siquiera celebro los aniversarios. Yo soy cursi y romántica a mi estilo, como me gusta serlo o como, modestamente aprendí a serlo. En mi defensa (de la patrulla de Floricienta o de las chicas Baywatch), puedo decir que cualquiera de mis novios puede dar fe de que cada relación vino con un pack de películas, bandas sonoras y bonus tracks que me encargué de hacer nuestros, un millón de momentos especiales, un nuevo y particular humor compartido, conversaciones y risas que ahora suenan lejanas, pero que no han dejado de sonar para quién las recuerde. Pero acaso, ¿eso me hace diferente? ¿Soy menos femenina por no vestirme de rosa? ¿Desde cuándo salir del molde de una muñeca tan imposible de creer como una Barbie (y de ser, para empezar porque por mi tamaño no llego ni a la hermanita menor), que a veces parece el patrón que mucha gente y muchos hombres esperan, equivale a ser rara, extraña u otros adjetivos con los que es muy fácil etiquetar algo o a alguien a quien no se logra entender a la primera?

Recuerdo que no había reparado en mi falta de innecesaria coquetería a esa corta edad, hasta que asistí al cumpleaños de mi mejor amiga del colegio: mi polo opuesto. Ella provenía de una larga saga de hermanas modelos y reinas de belleza. Las amiguitas, primas y otras hijas de Miss Algo estaban todas ahí, en una competencia a muerte de tules y lazos de satén; bien sentaditas en fila, aleccionadas por sus mamis para no ajarse ni despeinarse, so pena de castigo (es decir, una Barbie menos en la próxima incursión a Sears). Yo di unas vueltas por la fiesta, lo recuerdo muy claro, buscando con quién jugar. Los pocos chicos invitados se encontraban en un rincón divirtiéndose en un círculo cerrado con juegos discretos que yo no llegaba a divisar. Sin nada más que hacer por ahí, fui directo hacia los bocaditos en busca de un marshmellow. Cuando ya iba por mi segunda galleta en forma de flor, una señora alta y muy pintada me dijo que aún no era momento de “pasar a la mesa”.

Ya con un sentimiento casi de extra terrestre me escondí en la parte trasera del jardín. Había un árbol muy grande detrás del cuál pude pasar inadvertida hasta que me recogieran del bendito santo. Lo que no nadie pasó por alto fue la gran mancha de tierra que se formó en la parte posterior de mi simple vestido naranja y entre los dedos de mis pies cubiertos con un par de sandalias blancas –mis favoritas- muy diferentes a los pequeños y brillantes tacos de charol negro de las otras pequeñas invitadas. (Ahora me gusta usar ese tipos de zapatos de niña, quizás sea una tardía e inconciente revancha, o un pequeño capricho nada más, no lo sé).

Al escuchar una voz que decía que era momento de cantar, crucé la sala bajo miradas silenciosas que, por primera vez me hicieron sentir vergüenza de cómo me veía. Cómo tantas otras cosas que fui descubriendo sola y a través de los años, esa tarde me descubrí completamente desamparada, cantando el happy birthday rodeada de una delicada jungla rosa a la que no pertenecía, o mejor dicho, siendo la única representante de un territorio inhóspito y, en comparación a mi lo que veía a mi alrededor, feo. Esa noche, frente al espejo no me sentí la misma. Me imaginé cómo se me vería con ese cabello largo y rizado, envuelta como muñeca bajo telas color pastel. No pude. Estaba a punto de ponerme triste, cuando la voz chillona e insistente de mi hermano llamándome para jugar, hizo que en cuestión de segundos, la sonrisa volviera a mi rostro. Abrí la puerta de mi habitación y lo encontré con una espada láser en mano. Ahora que han pasado los años, creo que fue suficiente haberme creído La Princesa Leia, el único miembro de alguna realeza al que he pertenecido alguna vez. Jugamos con nuestros pijamas idénticos del Hombre Araña hasta que, previa lectura de cuento, mi mamá nos dio las buenas noches.

Muchas noches, he visto a mi madre contemplándome en silencio a mí o a mis hermanas arreglándonos para salir. Su mirada ensimismada nos sigue mientras nos maquillamos y nos cambiamos de ropa cuarenta veces antes de considerarnos listas. Sus ojos me conmueven porque creo que ella siente que hemos encontrado solas, algo que ella no nos dio en su momento; simplemente porque ella no era así; porque nos vestía para que estuviésemos cómodos para jugar como los niños que éramos y porque, supongo, no pensaba que necesitáramos un lazo en la cabeza para ser más felices. Lo que ella no sabe, y pienso decírselo un día de estos, es que el no meternos en un molde nos hizo mujeres más reales. Imperfectas, claro, pero reales.

¿Qué tiene de malo o bueno tener el firme deseo de ser un estereotipo? Nada, creo. Todos queremos encajar en algún sitio, ser aceptados de alguna forma y buscamos miles de estrategias para lograrlo. Es una simple ley de supervivencia. Pero la verdad no creo que para ello tenga que ser necesaria una lobotomía parcial ni recurrir a una lipoescultura de cuerpo (y alma), para complacer a gente, para mí, poco inteligente que busca parámetros para encasillar lo que sea y cómo sea, así “esto” sea un hombre o una mujer, con tal de poder descifrarlo, definirlo y poder presentarla/o a sus amigos en paz con su cabeza cuadrada.

Me gusta la gente singular. Odio la vulgaridad, en todos los sentidos. Me gustan las personas que se ríen de sí mismas, las personas que viven todo lo que les pasa con honestidad. Me gusta la voz de quién sabes siempre te dice la verdad. Me gustan quienes aún no pierden su capacidad de sorpresa y a los que les gusta sorprender. También me gusta el plástico, pero para algunas carteras, correas y slaps, porque esas están obligadas por su fin y uso a ser superficiales. El corazón, por su condición y ubicación, está obligado a ser real, fuerte, profundo y consecuente con las demás partes del cuerpo y, utilizando una manoseada metáfora –pero me importa un pepino-, de nuestro interior.

Mirando para atrás, me pregunto: ¿cómo habrán sido sus infancias? Las suyas, amables lectores. ¿Cómo crecieron y llegaron a ser lo que son? Yo, así haya sido una desadaptada que no encontraba su rincón en el cuadrilátero de una sociedad que se maneja con un manual de instrucciones fácil y aburrido, una lornaza profesional, una desubicada por años enteros en los que encontré por lo menos rastros de qué es lo que quiero, luego de incontables rounds entre el “quién soy” y el “quién quiero ser”, ahora, por lo menos sé que soy una mujer con defectos, limitaciones y también cualidades y capacidades; tan normal como cualquier otra. Tan real como cualquiera. Complicada, sí, a veces. Simple, también, más veces aún. Eso me gusta, pues después de todo y aunque abundan, ¿a quién le gusta ser una persona hecha en serie o, mejor dicho, made in Taiwán?

CANCIÓN PARA SER UNO

En esta escena, dos insomnes desadaptados que se saben solos (y para colmo, perdidos) se encuentran, sobre una cama, en Tokio.