PENSÉ QUE NUNCA IBA A DECIR ESTO.
Nunca me gustaron los niños; y pensar en tener uno, menos. No sé porque. Nada de eso de “no quiero traer una vida a este mundo”, ni “mi trabajo es primero”, simplemente los niños nunca fueron lo mío. Punto. Mis amigos cercanos pueden dar cuenta de mis pasados instintos anti-maternales. Antes, no me explicaba por qué cuando alguno de ellos veía un cochecito, a un grupito de niños jugando o una mamá cargando a un bebé, a todos se les activaba de manera inmediata y automática, el susodicho reloj biológico. Yo los fastidiaba y me reía comparando sus campanadas internas a las del Big Ben; ellos me decían que era extraño que ya tuviera casi treinta y siguiera sin ganas de tener un hijo. No sabía que pocos años después las cosas cambiarían. Un día casi me caigo de la silla de un restaurante cuando una querida amiga me contó que estaba tan segura de querer tener un hijo que si a los 36 (todavía le faltaban ocho años en ese entonces) no tenía pareja, iba a tenerlo de todas maneras, sola. En ese momento no comprendí porqué la obsesión con el tema hijos. Yo, radical y honesta, les decía que no me veía como una madre, que no me gustaban los niños y que uno propio me parecía una idea imposible. Inmediatamente, para quitarles las caras de signo de interrogación, pasaba a contarles de las dos veces que casi mato, literalmente, a mi hermano menor, cuando éramos niños; una, tirándolo de las escaleras de las casa de mi abuela, dónde vivíamos en esa época y otra, empujando su bicicleta -con el pobre encima- desde lo alto de las empinadas calles del Pacasmayo natal de mi madre. Con tales antecedentes quién me podría imaginar de madre en un futuro cercano.

Pero dos cosas cambiaron llegados los treinta. Me enamoré de quién pensé que era la persona con la cual formar una familia y mis hermanos menores, comenzaron a reproducirse. Ahora estoy segura, y no me canso de repetirlo a los cuatro vientos: yo también quiero ser mamá.

El amor fue lo primero que me hizo pensar en la maternidad. Él estaba loco por tener un hijo desde siempre. Hasta había pensado ya en los nombres, tema en el cual, aunque quise meter mi cuchara, era inflexible. Por primera vez, cuando caminábamos de la mano por las hileras del supermercado o estábamos en el cine, y veía a mamás de mi edad me imaginaba esa misma escena pero con una gran barriga delante. La idea me comenzó a entusiasmar, tanto que hasta pensé que fechas serían las mejores para concebir y no dejar de trabajar, cómo podría hacer para que no creciera criado por una nana a pesar de nuestros respectivos trabajos, sino por ambos, cómo me gustaría educarlo; hasta fantaseaba con la carita que tendría, que me gustaría que sacase de él y qué de mí.

Sin embargo, ahora agradezco el no haber traído al mundo a un hijo de ese hombre. Por dos razones. Hubiera tenido al peor padre del mundo y yo hubiera estado atada al ser pusilánime y falso que tenía bien escondido detrás de sus mentiras. Qué hubiera sido de mi querida Sofía. Ése es el nombre que he escogido para mi niña. Pensé que tan fea experiencia me curaría de espanto, pero no. Ese patán me habrá quitado muchas cosas, pero no la ilusión de un hijo.

Hace unos días, en pleno bautizo de mi segunda sobrina, Constanza, el mismísimo padre me dijo: “no tienes hijos ¿no?”, yo negué la cabeza tratando de recordar si lo conocía de otro sacramento, pero no, porque de inmediato continuó: “se nota, porque no sabes cargarla”. La verdad yo estaba haciendo malabares con mi ahijada frente a la pila bautismal; pero a pesar ni esto y ni ciertos comentarios de una tía desubicada que, en el almuerzo post-bautizo, me decía que a mi edad tenía -con carácter de urgencia- que congelar mis “huevos”, me hicieron olvidar que las decisiones que he tomado en mi vida han sido mías y de las que no me avergüenzo ni me arrepiento. Al contrario, ahora pienso que fueron buenas elecciones. Así que me llevé a Constanza a dónde la familia, un poco zampada ya, bailaba El embrujo. Me uní a ellos con mi pequeña pareja, la mejor que puedo tener ahora.

CONSTANZA CON SU T