¿ALGUIEN ME PASA EL INSECTICIDA (O EL PARALIZER)?

Érase una vez, mejor dicho, hace unos meses, en la puerta de un teatro, se produjo la siguiente conversación:

- Una de mis mejores amigas: ¿Te acuerdas de la vez que fuimos a ver “Mi vida sin mí” en ese cine y después fuimos a comer churros?
- El chico con quien estaba saliendo (y al que iba dirigida la pregunta): ¡Cómo te acuerdas!
- Una de mis mejores amigas continuó, entre risitas: ¡Claro! después fuimos a mi departamento y estuvimos en mi cama echados escuchando música.

Yo puse mi cara de póquer, él optó por un oportuno silencio y antes de que ella siguiera reviviendo el álbum de recuerdos, la primera llamada nos hizo entrar y la obra estuvo tan buena que olvidé, por un par de horas, la orquesta mental de interrogantes -y celos anticipados- que empezó a afinarse dentro de mi cabeza.

Que yo supiese, esos dos se conocían de lejitos nomás antes de que yo me convirtiera en el vínculo mutuo. Pero este es solo es el comienzo de la historia de la popular mosquita muerta.
Apenas estuvimos solos, y tratando de librarme de una imagen de mi misma como Glenn Close y la olla con el conejo hirviendo, le pregunté: Y tú, ¿por qué no me habías contado nada? A lo que él, muy tranquilo, me contestó: pensé que ya sabías. Yo le respondí con otra pregunta: ¿cómo así tenía que saber, y de paso (y más importante), qué tenía que saber?, a lo que dijo: pensé que ella te había contado, que hace tiempo, parábamos juntos.

Cuando él termino de contarme que hace un par de años ella y él tuvieron una amistad muy “cercana”, esa palabra quedó flotando en mi mar personal de las dudas, porque de golpe me enteré que ella sabía y conocía cosas de él que yo, en pleno te-quiero-conocer-más-landia, no tenía ni la más remota idea, es más, a esas alturas ni siquiera sabía cuándo era su cumpleaños ni que no lo gustaba el pescado ni que sus padres eran divorciados. En cambio ella conocía su casa, su cuarto, a su mamá, hermanos y demás familiares, habían visto decenas de películas juntos, se habían hecho compañía muchos domingos solitarios, sabían de sus respectivas vidas amorosas de memoria, habían andado de arriba abajo por todo Lima y un largo -y sorprendente para mí- etcétera. Solo me quedó una pregunta más, pero en mi interior: ¿por qué ella nunca me dijo nada?

La siguiente vez que la vi, que fue pronto porque nos veíamos a menudo, estaba más fresca que una lechuga hidropónica. Extraño. Así que paré las antenas y no las bajé más. Es increíble cómo uno se puede dejar cegar por la manipulación de una persona que uno cree honesta. Lo más irónico del asunto es que desde que ese chico había empezado a seguirme y perseguirme, ella había hecho todo lo posible para advertirme que era un mal tipo y que sería una tonta por estar con él, que yo era “demasiado” (cita literal de ella) para un pata así. Pero cuando lo nuestro empezó, es decir, cuando empecé a salir con él, ella se calló la boca para siempre, pero no perdía oportunidad para meterme esos inocentes cuchillitos por la espalda cada vez que nos encontraba juntos, recordando algún episodio de su anterior relación amistosa (si, me chupo el dedo) con él.

Pero este incidente fue solo el primero que me abrió los ojos que vieron que mi querida amiga era del enjambre de las mosquitas muertas. ¿Y quiénes son esas? Pues las mujeres de doble filo, las mátalas callando, las no se lo digas a nadie, las de “de aquí no sale”; en resumen, las que en apariencia son chicas dulces, buenas, inocentes, generosas, vulnerables, sensibles, capaces de hacer todo por ti y por el mundo, casi unas santas, y de modo irónico, incapaces de matar a una mosca. Claro, antes de convertirse en Spiderwoman y sacar las telas de araña. Reconozco que son más vivas que inteligentes. Por algo se les dice moscas. Siempre alertas, siempre en la marca de salida preparadas para ser las primeras en la carrera de los 100 metros planos. ¿Qué quieren ganar? No sé, pero quieren ser las número uno. Pueden quitarte el novio, la atención del novio, la chamba, los amigos, las amigas, lo que sea. La envidia es su miel; la inseguridad, su motor.

No son calentadoras con los hombres que quieren porque donde ponen el ojo ponen la bala, a esos los consiguen con una de sus tantas y amoldables tácticas; lo son con el resto, por ejemplo: con los hombres con los que nunca tendrán nada pero a los que tienen invitándolas a salir y saliendo con ellos de vez en cuando pero “como amigos” o coqueteando de manera sutil, sin excesos y sin lugar a reclamo, con tu novio por ejemplo. Y es increíble, no sé qué diablos hacen pero los hombres caen redonditos en sus retorcidas alas de manipulación. Y hay de quien tenga la osadía de hablar mal de ellas: pero si ella es un “ángel”, escucharán. Las mosquitas muertas no dejan un halo de duda que las pueda revelar de otro modo que no sea intachable.

Ahora que lo pienso, recuerdo con gracia que cuando nosotras cuatro: ella, las dos chicas más -que aún somos muy amigas- y yo andábamos juntas los dos últimos años, la alentábamos a salir con alguien; a vencer su timidez (¿timidez? ¡ja! Si nosotras íbamos en zapatillas, ella iba en el Halcón Milenario de Han Solo y Chewbacca a la velocidad de la luz). Éramos un lindo club de admisión limitada a nosotras, que compartíamos todo, al menos eso pensaba yo; eso pensábamos todas: noches de diversión, penas, desilusiones, alegrías, borracheras y memorables noches de coqueteo puro y duro. Teníamos eso tan difícil de lograr en términos de amistad: confianza.

En uno de esos momentos, recuerdo que yo llegué con una noticia. Había conocido a un chico una noche y había tenido un one-night-agarre, no lo tuve que describir mucho para que otra del clan me dijera: yo también me lo agarré hace un tiempo. La verdad nos causó gracia y nos reímos, y a pesar de que mi one-night-agarre se prolongó unas noches más, ella y yo no tuvimos ninguna palta existencial en seguir hablando del tema; hasta ahora nos hace gracia haber compartido a un hombre. Ni celos, ni competencia. Lo que no fue en mi año, ya ni me acuerdo: ese es el segundo ingrediente de la amistad, la honestidad.

Mientras tanto nuestra amiga, iba pasando de cama en cama con varios más, pero a escondidas. Sin embargo, vivimos en una ciudad grande pero chica a la vez, y no fue mucho el tiempo que pasó para que un día manejando temprano hacia el trabajo la viera en un paradero cercano a su casa de la mano con un chico que al afinar la vista reconocí. Era el novio de otra no tan amiga, pero amiga al fin, del grupo de las cuatro. Llegué a trabajar con cierto malestar. No por una dosis de moralina matutina sino porque yo pensaba que, en comparación a su vida entre comillas recta, estaba viviendo un Woodstock personal que más de una vez me hizo sentir mal conmigo misma. Sin embargo, cruzando información, yo no era la única que para mi mala suerte se enteró de los cuernos que le ponía a su también, amiga. Ese día comprendí esa frase que mi madre siempre repite: cuídate de las aguas mansas, en este caso, aplicado a la recién desenmascarada gatúbela del Chifa Unión.

Pero me pregunto ¿qué hay detrás de todo esto? ¿No somos acaso las mujeres aquellas que nos apoyamos, nos queremos y nos solidarizamos con nosotras mismas? Pues resulta que en muchos casos, no. Somos nuestras propias enemigas. El adversario deja de ser el sexo opuesto para ser el propio; y nos da vergüenza admitir que podemos llegar a ser tan bajas, y muchas veces, realmente perversas. Odiamos asumir el riesgo de ser estereotipadas como las malas de la película, cuando ambos, hombres y mujeres, lo pueden llegar a ser. No pienso que sea una cuestión de género, sino de singularidad. Es fácil hablar de lo que nos une, pero muy difícil hablar de lo que nos separa. Las mujeres no admitimos que competimos, que sentimos envidia de la(s) otra(s) y siempre ocultamos esos sentimientos encontrados como si estuviese prohibido mostrar nuestro lado oscuro. Pues lo tenemos, porque somos seres humanos tan complejos como cualquier otro.

Y estoy segura de que a muchos hombres les ha sorprendido haberse encontrado un lobo/a con piel de oveja; del mismo modo del que yo me sorprendí, y me dolió, darme un trancazo con la realidad al descubrir que aquella que era mi amiga era sólo una mosquita muerta.

Pienso ¿seré o habré sido una mosquita muerta? Creo que no. Porque para empezar una MM no tendría un blog, imagínense, iría contra el primer mandamiento de la fraternidad de las “chicas buenas”: hacer pública su vida real. El silencio es su mejor amigo. Ser caleta es su DNI.

Ahora que lo pienso, veo que por todos lados hay alguna. Así que fíjense bien. Desde ahora yo apuesto por el Baygon, un matamoscas o un buen soplido. Las moscas muertas que se queden enterradas en el pasado. Hay cosas que disfrutar en la vida, en una sola vida, que solo se puede partir en dos si se es una muy buena actriz. Si no se puede, mejor ir al cine.

Como buena romántica, en el sentido extenso de la palabra, sigo creyendo en la amistad, pero sin moscas vivas rondando mi café de la mañana, ni moscas muertas rondando mi vida.

Y ustedes ¿cómo andan de insecticida? (¿Habrá tamaño cartera?)

CHICOS Y CHICAS BUSCONOVIO Y FANS DE SEX AND THE CITY, MAÑANA (D