¿PENSABAN QUE ÉRAMOS TODAS IGUALES?
En varios comentarios dejados aquí, generalmente por hombres, y en varias conversaciones con chicos y amigos realmente inteligentes, he leído y escuchado cosas que ellos piensas que las mujeres queremos al momento de elegir una pareja o simplemente al decidir salir con alguien. De hecho, pienso que todos tenemos ciertas expectativas al momento de conocer a una persona y pensar en dar el siguiente paso (o traspiés), pero en definitiva hay cosas que a mí no se me pasan por la cabeza como requisitos indispensables para un reluciente y nuevo candidato a prospecto de novio.

Aquí va mi lista personal (ojo, personal) de las leyendas urbanas que los hombres han creado para ser (o parecer) lo que suponen que nosotras queremos que ellos sean.
1. Súbete a mi carro. Hace unas semanas salí a dar un paseo con un amigo. La verdad, no es aún, y no sé si será, un amigo-amigo o quién sabe qué, y tampoco fue un paseo sino la caminata hacia un supermercado cercano en la búsqueda de un descorchador. Teníamos una botella de vino que nos esperaba lista para irse vaciando de a pocos en medio de una conversación. En el cruce de “¿qué has estado haciendo?” y “mi vida es un desastre”, no sé por qué él me preguntó si no me molestaba ir a pie a nuestro destino. Yo le dije que no, que al contrario, me gusta mucho caminar. Entonces, lanzó, con toda la seriedad del mundo, una frase que se convirtió en el comienzo de una larga discusión: las mujeres prefieren los tipos con carro. Ahí lancé un rotundo no, pero creo que ni me escuchó porque replanteó su tesis automovilística con un: si no tienes carro, para las mujeres no eres nadie.Y a pesar de subrayarle eso de: para algunas mujeres, quizás, recurrí al toque a mi ley de la relatividad y le planteé mi caso personal. El último novio que tenía auto y yo empezamos a salir en 1999. Si seguimos el recuento amor-motor, en las siguientes relaciones que tuve fui copiloto, pero de motocicleta. A pesar del casco cursi, fueron bonitas esas veces en las que se puede ver la ciudad desde un ángulo y velocidad distintas.

De ahí en adelante, fui siempre el “chofer” y jamás me importó. Es más, ¿por qué habría de importarme? Si uno, los dos, o ninguno tiene un auto, da igual. Porque si seguimos en la teoría de que un carro es necesario en una relación, ¿los peatones estarían vetados de enamorarse? Aclaro que no tengo nada en contra de los carros, a mí me gusta manejar, en especial esos diarios trayectos obligatorios de ida y vuelta del trabajo, cantando dentro de la privacidad de mi pequeño carro a gritos alguna canción de Patti Smith, cosa que se vería o se oiría un poco extraña en una combi o en la calle, pero de ahí a querer un pata que tenga una 4 x 4 hay como un millón de kilómetros de distancia porque no creo que cuatro ruedas último modelo le den más o menos valor a una persona, del mismo modo que no creo que una mujer tenga más o menos valor subiendo o bajando de ese o cualquier otro auto. Y si en todo caso esto es cierto, preferiría que el hombre en cuestión venga en combo, no con un carro, sino con un microondas, tostadora, cafetera y un par de parlantes para mi laptop, cosas que en realidad necesito para mi día a día, pero que, obvio, voy a comprar de a pocos y con la grati. Si ya hay muchas de nosotras que no creemos en el príncipe azul, menos vamos a creer en el caballo.

2. Don dinero. Acá convendría un fondo musical a lo José Luis Perales cantado por una señora del siglo pasado: ¿y cómo es él? pero con dos signos de sol, mejor dicho de euro, en vez de ojos. ¿Por qué algunos hombres piensan que a las mujeres nos impresiona la plata? Esto lo he vivido de modo más cercano que el tema del carro porque sí he conocido y conozco mujeres interesadas (a veces, mucho) en el dinero. Hablan siempre resaltando con la voz a dónde las llevaron, cuánto gastó (él, claro) además de todo un superficial currículum del pobre: apellido más que nombre, edad, trabajo (este es un requisito indispensable), dónde vive y demás. Qué raro que nadie pregunte o cuente qué tal la pasó.

Pero yo me pregunto, ¿cuál es la diferencia entre un par de sanguches de jamón del norte con cebolla, ají (como a mí me gusta comerlos), una chelita, y una cena en Astrid y Gastón? Yo he estado sentada en ambas mesas (más en las primeras que en las segundas), en algunas mucho más misias, en las intermedias, en otras más elegantes y no he encontrado jamás el equilibrio entre una cuenta gorda y un momento de puta madre con alguien. El año pasado salí unos meses con un chico que en ese momento articular de su vida no tenía trabajo porque estaba a la espera de una beca y prefería no comprometerse a nada por el momento. Era guapo, culto y muy inteligente –tanto, que yo necesitaba dos diccionarios para chatear con él-, y en una de esas noches de larga conversación telefónica le dije para continuarla pero frente a frente. Entonces me soltó en su acostumbrado y elegante vocabulario: Alicia, yo soy casi un indigente. Entonces, agarré el mango de la sartén de teflón, le di la vuelta y le pregunté si a él le molestaría si yo fuera la que no tuviese un sol partido por la mitad y él tuviera que hacerse cargo de las cuentas de la salida. Me dijo que no. Media hora después estábamos juntos, en vivo y en directo, comenzando una de esas largas y bonitas noches que compartimos. Claro, creo que más de una vez, al pedir la cuenta, la persona que nos atendía la puso de su lado. Eso es una tontería. Yo no creo que existan tantos rollos ni que tenga que ver con la educación o de la caballerosidad ese tema de pagar una cuenta. Yo siempre la divido en dos o propongo hacerlo, porque somos dos los que estamos donde estemos, exactamente del mismo modo en que suelo hacerlo con mis amigos. Y si uno quiere invitar al otro, pues qué chévere, pero si no, no pasa nada.

3. La pinta no es lo de menos. Claro que importa, al igual que el interior y no de la misma forma, sino mucho más. Y permítanme citar mi propia teoría del helado. Una cosa no se puede separar de la otra. Pero si vamos directo al plano superficial he estado con chicos guapísimos, otros nada lindos y varios de la gama intermedia, y no siempre da igual. El año pasado fui a un cumpleaños y todos mis amigos estaban confabulando con presentarme a un muy guapo y conocido chef. Después de un par de pisco punchs y tres canciones me di cuenta de que el señor cocinero era efectivamente guapísimo, pero muy aburrido. Después del bye bye chef, se me acercó un periodista nada guapo pero que parecía interesante. Claro que después de media hora me di cuenta de que no era interesante, sino una radiola que no paraba de hablar de sí misma.

Lo que sí me gusta y me importa es la onda, y eso no tiene nada que ver con ser un árbol de navidad del Jockey Plaza vestido de una marca sobre otra. El buen gusto no va por ahí. No sé por qué corre en el ambiente esa creencia de que las mujeres sí podemos arreglarnos y los hombres no. Además de ser una falacia, pregunten nomás cuantos chicos se preocupan por su ropa, su pelo, etcétera para darse cuenta que estamos en situaciones similares. No me importa la pinta, me gusta la onda.

4. La rutina del afán. No entiendo por qué hay tanta gente que viene con un guión que no sé qué rey de cinco esquinas pudo haberles preparado para acercarse a una chica. No es tan difícil. A veces basta una mirada interesada, una sonrisa honesta y un me gustas igual de honesto. Las mujeres no tenemos granadas en las carteras listas para ser disparadas al primero que se acerque.

5. ¿Cuántos años tienes? La edad también es relativa y lo digo porque he sido la fiel novia de chicos mayores que yo con comportamientos francamente adolescentes. Ya, ahora acúsenme de chibolera. Pero ni lo uno ni lo otro. Creo que hay que conocer un poco más de diez minutos a la persona antes de descartarlo/a por chiquillo/a o por ser mayor que uno. No me avergüenza mi edad, como tampoco tengo un rango para evaluar a nadie. Si alguien en la vida me repite que lo que yo necesito en la vida es un hombre cuarentón o en algunos casos de estupidez mayor, cincuentón, ya “vivido”, viudo, divorciado – eso no importa con tal de que no te quedes soltera-, que me dé “estabilidad” voy a agarrar un bate de beisbol –sí, imaginario- y se lo voy a tirar por la cara. La estabilidad la encuentro cuando hago bien mi trabajo, cuando tomo mis propias decisiones y sus consecuencias, cuando me encuentro bien sola, como ahora.

6. El tamaño no importa (si lo sabes usar). Mentira. Claro que el tamaño importa, ¿quién dijo que no? De seguro alguien que no ha experimentado la desagradable experiencia, como yo alguna vez, de hacer el amor con la “nada”. Y si los hombres exigen un buen par de “t” o un buen “c” (y no me estoy autocensurando, solo que esas frases me irritan) nosotras, o bueno, algunas de nosotras, queremos un buen “p”, o por lo menos decente. Aclaro, no me la quiero dar de especialista porque no soy, pero ese consuelo de que lo que importa es si lo saben utilizar, es inseguridad pura y dura (qué irónica resultó esta frase) para tapar no sé qué cositas.

7. A las mujeres no les gusta el sexo tanto como a los hombres. Esto se lo inventó el mismo de líneas arriba o su mamá, quien le dijo una gorda y larga mentira. Yo sé que muchas se quedarán calladas pero creo que ambos sexos tenemos las mismas necesidades o el mismo deseo. Y no creo que haya nada de malo en decirlo ni reconocerlo ni mucho menos buscarlo. Así a algunos machitos o moralistas por ahí no les guste.

8. Los hombres tiene que dar siempre el primer “paso”. A ver chicos, confiesen. ¿siempre han tenido que dar el primer paso? No creo. Alguna mujer los tiene que haber agarrado sin tanta sorpresa. Yo recuerdo varios primeros pasos que he dado. Y no solo han sido simples coqueteos a nivel señal para que el señor pretendiente se dé cuenta de que está en buen camino; más de una vez no he esperado que me besen para besar, y eso que soy una chica tímida. No sé qué pensará el resto, pero tomar la iniciativa no te va a restar puntos con un pata inteligente.

9. Ustedes lo que quieren es un marido. Bueno, la verdad, no creo. Yo he conocido chicos que me han gustado a primera vista, o un poco después, y no he sentido inmediatamente un velo aparecer de forma clandestina y sin poder evitarlo, de arriba de mi cabeza; ni me he imaginado en la mitad del ruido de una discoteca con ese chico que está a punto de besarme con dos niños jalándole de la camiseta diciéndole papá. Ahora que muchas mujeres son padre y madre a la vez, queremos tiempo para conocernos también, no somos una especie de mujeres maravilla versión 2008 vestidas de amazona con un lazo esperando que llegue la víctima para atraparlo, meterle un par de caderazos que lo vuelvan loco, y sin que se dé cuenta, empujarlo al altar. Primero bailemos, veamos cómo nos vemos y somos a la luz del día, salgamos otra vez y un poco –mucho, o tal vez, nunca más- antes de llamar al cura o al alcalde, ¿no?

10. Feliz día, Cenicienta. Es bonito recibir una flor como esa inesperada rosa que alguien me llevó el día de Sant Jordi sin esperármelo (porque sabía que yo pensaba que nadie recordaría que ese día era especial para mí), es más lindo aún recibir una bufanda de una hasta ese entonces, desconocida que sabe que tu color favorito es el violeta, es increíble caminar abrazado a alguien en el invierno en Lima; pero de ahí a pensar que a todas y cada una de las mujeres de esta tierra y solo por el hecho de pertenecer al mismo género nos seduce y emociona lo mismo, hay una gran diferencia. Las maneras de hacer feliz a alguien son infinitas. No a todas nos gusta el rosado, los bombones, los peluches, no a todas nos gusta que nos regalen o regalar algo el “primer mes”. Un detalle puede pasar de hermoso a trillado cuando uno trata de ser un romántico jalado de los pelos. Para saber lo que alguien espera del otro, solo hay que tomarse el trabajo de conocerla/o un poco. De ahí salen los mejores regalos, muchos de ellos no cuestan nada, como una canción, como un recuerdo que guardar en la memoria.

Creo que, como escuché el domingo en la performance de mi amiga Jimena, a la que admiro cada vez más por ser tan valiente, a veces una mujer solo quiere ser amada, ser vista, ser contemplada, ser escuchada, ser comprendida, ser admirada. Y creo que tiene razón. Simplemente, porque cada una de nosotras es diferente, muy diferente, a las demás.

Eso basta, para que valga la pena conocer a una chica y con un poco de suerte, recorrer el camino que lleva a amarla. Pienso que a la inversa, funciona de la misma manera. Total, todos estamos en la búsqueda de algo ¿no? El amor ya es suficientemente complicado como para tapar inseguridades con prejuicios y crear mapas falsos que te llevan lejos de donde quieres llegar.

¿Ustedes qué opinan? Yo creo que por ahí más de uno o una tiene ganas de amar o de seducir sin tanto absurdo de por medio.

CANCION PARA SABER QUÉ ES LO QUE LAS MUJERES QUIEREN

WHAT A FEELING! SI PUES, AS