¿SON TODOS IGUALES?
Créanme, no ha sido fácil ponerme del otro lado del espejo, pero he hecho mi mejor esfuerzo, además de una pequeña investigación con personas de ambos sexos, y he tratado de indagar cuáles son las creencias populares de lo que las mujeres (algunas, o la mayoría, no lo sé) piensan o creen con firmeza que los hombres quieren de ellas al conocerlas, y más aún ante el inminente comienzo de algún tipo de relación.

Así que aquí va, mi lista personal (doble ojo, personal) de las leyendas urbanas, de lo que nosotras asumimos o lo hemos hecho en algún momento, de lo que los hombres quieren de las mujeres.

Como le dice mi madre a mi sobrina de seis meses cuando la van a bañar: ¡agárrate Catalina!

1. Kilómetro (casi) 0. Según la edad e historia de vida de cada persona, el tema de la virginidad puede ser o haber dejado de ser un tabú; pero lo que sí es cierto que a muchos hombres no les hace mucha gracia que la chica a la que acaba de conocer y que le gusta tanto, tenga cierto pasado en su haber. Tengo dos experiencias explícitas en mi memoria. Después de la primera vez que hice el amor, mi novio me tuvo cautiva en una relación de cuatro años bajo la pseudo amenaza -aunque les parezca estúpida (porque lo es y yo más aún, por creerla): ya no eres virgen, te tienes que quedar conmigo para siempre, ergo: tienes que casarte conmigo sino nadie más te va a querer.

Cuando lo dejé de querer, cosa que ocurrió poco tiempo después, empecé a maldecir mi “metida de pata”, y lo peor es que no podía quitarme esa teoría falsa, tonta y manipuladora de mi cabeza; mi educación católica, amigas cucufatas, mi nula experiencia, mis miedos y mi carácter retraído, hicieron que me sintiera avergonzada de preguntar o hablar de esto con alguien más. Felizmente, llegó a mi vida mi ex novio metalero quien, entre mucho de lo que compartimos, me enseñó (obvio, sin palabras) que el sexo era una experiencia natural, con la que me podía sentir cómoda y sin vergüenza. Nunca voy a olvidar mi segunda “primera vez”. Y eso no me lo enseñó un macho que se las sabía todas, me lo enseñó un chico virgen que me quería mucho.

La segunda fue años después, unos siete más o menos, una noche en la que mi novio y yo conversábamos una madrugada. Yo (para que vean que tenía rezagos aún de las paltas sexuales que arrastré desde Lima) le pregunté si no le molestaba que no fuese virgen. Imagínense. Me da más vergüenza recordarlo que contarlo. Y lo peor no fue la pregunta tonta, sino la respuesta: mira, no me importa si has estado con otros chicos antes con tal de que no seas la mega zorra. Ahora digo, ¿qué? ¿Qué diablos significaba eso? ¿Por qué en este caso los números funcionan a la inversa? Si para algunos hombres más es más (así sus cifras sean inventadas, manipuladas o exageradas), ¿por qué para las mujeres-pensando en los hombres-menos es más? Está mal “visto” tener igual o mayor experiencia sexual que un chico. Parece que sí porque a diferencia de los hombres a los que he escuchado muchas veces vanagloriarse de sus triunfos de cama, he visto y oído a muchas mujeres ocultando su pasado porque esto puede herir (el ego o el modo de pensar-la) a su date, afán, one-night-stand, novio, esposo, etc. Sí estoy de acuerdo en que hablar del pasado no trae por lo general nada bueno a una relación y solo genera inseguridad en la otra persona, pero de ahí a discriminar a una mujer tener cierta experiencia sexual, hay kilómetros luz de distancia. Felizmente he conocido chicos a los que la matemática sexual les importa un pepino. El último chico con el que salí y yo, hicimos numeritos una vez que estábamos hablando del pasado, y le gané. A él no le importó. Chico chévere, pensé.

2. Espejito, espejito, ¿quién es la más bonita? Creo que ya vi suficientes comerciales de cerveza, para darme cuenta de que los mismos chicos que se sientan a hablar de las chicas que están “buenazas” tienen por lo general novias que de buenazas –utilizando la acepción que ellos utilizan, buenaza: bonita, alta, flaca y con varios atributos físicos extra- solo tienen el alma. Como mi relación con Santiago comenzó en Barcelona, fue en una visita a Lima cuando pude conocer a las parejas de todos sus amigos. La verdad, yo aún a mis veintiséis y todavía sin creer ( Ja! No puedo evitar reír ahora) que un chico tan guapo como él estuviera enamorado como loco de mí, una chica que aún se consideraba fea y con mucho reparos de ser aceptada por esa jungla llamada “los tigres”. Buena fue mi sorpresa al llegar y darme cuenta que esas chicas sentadas al lado de cada felino, eran sí, buena gente la mayoría, pero tan comunes y corrientes como cualquier otra; y qué lejos estaban de esos inalcanzables estereotipos que ellos pintaban en sus conversaciones de soltero. Eran sus novias, las querían y punto.

De paso, no puedo dejar de mencionar el caso de la mujer casaca. Un chico una vez me confesó que dos de sus novias le habían servido como una especie de carné del Regatas. Como me imagino, él se consideraba tan poca cosa que una mujer bonita (o lo que él consideraba belleza) a su lado era su llave para ser aceptado no solo en círculos de gente o trabajo, algo tan vulgar y absurdo como un restaurante en el que no te conoce nadie, sino para la vida en general; para alimentar un ego absurdo y alardear en frente de sus amigos. Sí, lo acepto, es bonito que alguien sienta orgullo de llevarte de la mano y decir hola, esta es Fulanita, pero puedo jurar sobre la tumba de mi abuelo que jamás oiré decir: hola, soy un acomplejado y ella (Fulanita) es la validación del poco aprecio que tengo por mí mismo. Y nada tiene que ver ponerse bonitas y quererse ver bien por fuera, al contrario es una conducta que viene de nuestra naturaleza animal cuando queremos seducir, pero no para convertirnos en la autoestima fantasma de un don nadie (literalmente).

3. 90-60-90. ¿Quién no se ha metido en un gimnasio, ha hecho cuarenta tipos de dieta o se ha inscrito en esos avisos que te prometen perder 14 kilos en dos semanas? Yala, las dos primeras. El creador de la popular 90-60-90 se estaba refiriendo a una Barbie tamaño natural o a Karolina Kurkova seguro, porque aún después de cinco años haciendo spinning no llegué jamás a medir nada parecido. A menos de que recurra a un cirujano plástico, mis caderas y trasero no van a medir más, por eso mis pantalones son talla 26 o 27, pero mis chompas y blusas, dependiendo de si hago ejercicio y dieta, ando con el ánimo por los suelos o tengo altos índices de ansiedad laboral, varían entre S, M o L. Para mí, lo más trágico de todo es que hay ropa que me compro, que me gusta y que después o me queda mal o no me puedo poner porque no me entra. Y aunque he tenido una par de experiencias por las que valdría la pena que me hicieran una lobotomía parcial. Uno se convirtió en mi personal training en una época en la que era muy, muy flaca, pero para él no era suficiente, necesitaba músculos y la panza marcada como un tableta de chocolate. Al comienzo pensé que era bonito que se preocupara por mi salud, pero cuando su “cuidado” pasó a ser “control”, le dije adiós. Sí quiero verme bien, ¿quién no? Sin embargo, me falta tiempo y disciplina para hacer ejercicio desde que volví y no paré de trabajar a tiempo completo, y además me gusta comer, así que cualquier decisión al respecto la tomaré, pero no a costa de mi salud mental; ella es más importante que unos kilos de más. Y si no satisfago a los cánones de la belleza actual, piña. Qué se busquen una modelo a ver si la encuentran. ¿Hacemos apuestas?

4. ¿Otra mamá? Acá me viene a la memoria Norman Bates (Psicosis I) y su mamá a la que mató de un lampazo en la cabeza. Seguro quien la mató no fue el pobre y atormentado Norman sino su novia después de un concurso de lasagnas entre su progenitora y ella, porque no hay como la comida de mamá. Así seamos las mejores cocineras del mundo, nadie compite con mi mami, ¿ya? Yo ya pasé por una mezcla extraña de ser ama de casa-concubina-amante y mamá, y la verdad no la pasé bien porque hay cosas que una madre pasa por alto o tiene la autoridad para evitarlas, como las malcriadeces de sus hijos. Pero una mujer, solo (y felizmente) tiene el poder de irse si quiere y dejar al niño haciendo rabieta porque no le gusta la comida. Así una ex suegra me haya felicitado con lágrimas en los ojos al no poder creer que su hijito ahora comiera lentejas o lomo saltado, en vez de su eterna “comida de chiquitos” (milanesa con arroz, salchipapas, macarroni n´ cheese, ustedes saben a lo que me refiero).

5. La doble vida de muchas. Esta es una leyenda urbana muy común que tiene que ver con las apariencias: chica inocente por fuera, Sharon Stone por dentro. Claro, eso no se lo contarán a sus amigos, ni una a sus amigas. Pero en serio, que aburrido tener doble personalidad. A la Cenicienta y a la Mujer Maravilla les funcionó y no tenían problemas con su dividida identidad, pero qué tiene de malo en ser una sola. ¿Ser las buenas y castas del cuento asegura la felicidad eterna? pues no. Por lo menos, yo no lo creo. Y sí he visto esas miradas y he vivido esas conversaciones a escondidas de eres riquísima, pero ponte ahorita tu capita roja de Blancanieves que vamos a ir a la casa de Pepito, no se pasen pues. Mientras a él lo felicitan por ser un tigre ganador del telo más escondido, una necesita más que la capucha de Caperucita para que no se note que contigo fue la cosa. ¿Dobles? Es fácil encontrarlas en películas de acción.

6. Las máquinas de follar. No sé porque muchas de nosotras asumimos que los hombres son unas máquinas que se encienden cada vez que una les pone “on”. ¿Nunca les han dicho que no? A mí sí y creo que de la misma forma como yo lo he hecho. El ahorita no tengo ganas no es un pecado. No quiere decir que de manera espontánea el hombre te haya dejado de querer, desear o que algo vaya mal en la relación. A lo mejor es cierto que está cansado, está en otra o simplemente, un literal no tengo ganas. No pasa nada. Sino, pregúnteles a los osos panda. Una vez a mí un imbécil me dijo “frígida” por no querer hacer el amor con él, la verdad era que nuestra relación estaba en las últimas y yo no quería tener sexo con un pata que me hacía daño a diario. Nadie puede desear a quien te hace daño. Así que frígido él, pero de mente.

7. Por siempre, fiel. ¿Somos por naturaleza más fieles? Claro que no. Una vez un chico me amenazó con un muy bajo: tú sabes que soy un pendejo y por ti, estoy siendo fiel por primera vez en mi vida. ¿Ah? ¿Esperaba un premio? No, me estaba amenazando. Pues pendeja y media, querido, quise decirle yo, pero reprimí mi rabia del momento para decirle lo que pienso al respecto: si para él era muy fácil pensar en serme infiel en cualquier momento, lo mismo pasaba conmigo. Yo tenía la misma capacidad de serle infiel. Él me miró como si se hubiera congelado el infierno y un poco después me confesó que si hacía eso era porque era una pendeja. Bueno, dije yo, si piensas que por decirte –ni siquiera hacerlo- que yo te podría ser infiel del mismo modo, estamos en problemas. Creo que para no transformarse en ese segundo en un primate, me dijo que entendía mi punto. Igual le fui fiel el tiempo que estuve con él, aunque por mi lado pasaron varias tentaciones que ahora me encuentro por casualidad y no puedo dejar de pensar ¿Qué hubiera pasado si…?

8. Las chicas no se masturban. ¡Ja! Claro, ¿una chica de “de su casa” con un vibrador último modelo? No, impensable para muchos. Sin embargo, creo que más de uno se sorprendería al saber cuáles son los jueguitos secretos de placer de muchas chicas. Entre las mismas mujeres el tema de la autosatisfacción sigue siendo un TT: tema-tabú. ¿Por qué es más aceptado que las mujeres hablen de los juegos en parejas que los juegos a solas? Quién sabe. ¿Por qué eso es cosas de hombres? La verdad, en períodos de larga abstinencia he reprimido mis impulsos, como nos han enseñado a hacer desde niñas, pero hay cosas más fáciles (y gratificantes) como satisfacerse a una misma. Y eso, así sea utilizado en las películas porno para excitar a los hombres, no tiene nada de vulgar.

9. La mujer lapa. Los hombres siempre dicen que nosotras estamos encima de ellos, y hay muchas mujeres que le dan razón a esta forma de vernos ¿por qué? Porque son de la estirpe que llama trescientas veces al día, que de pronto no pasó un mes y ya lo “extraña” si no lo ve un día, o “pecado mortal”, se olvidó de que ese día cumplían 22 días desde la primera vez que se miraron. Pero así no funcionan solo las chicas, yo conozco y he vivido relaciones en las que el más demandante de todo tipo de atenciones era el hombre. Y no se hagan los locos, estoy segura de que más de uno ha sido así de lapa. Cuesta reconocerlo, por ejemplo yo tenía una amiga en mi anterior trabajo que a 5 para las 6 de la tarde ya estaba apagando la computadora y agarrando sus cosas cartera al hombro, porque su novio la estaba esperando abajo y él no resistía esperar un segundo a que bajara a la calle; y por supuesto, ella no podía ir a ninguna parte sin él. La llamaba ochenta veces al día y si no le contestaba venían tres días de pelea continua. Habrán mujeres lapa, yo también lo he sido, pero también he conocido a los hombres rémora (son esos animales que viven pegados al lomo de otro animal toda su vida).

10. ¿Complicadas, nosotras? Claro que sí, pero no de la manera en la que ustedes, señores, piensan. ¿Por qué tachar de complicada a una mujer con inquietudes? Ser una geisha es mejor que una chica que dice en voz alta lo que piensa, pregunta sobre lo que tiene dudas y dice no cuando algo no le cuadra. Por más extraño que esto suene, a muchos hombres este tipo de comportamiento les incomoda, en especial a los que odian ser confrontados. Una novia es para ¿pasarla bien? Y ¿qué hay de la ¿novia? ¿Ella también la pasa bien? ¿Cómo pueden estar tan seguros? No dudo que existan mujeres complicadas, engreídas (algo que comúnmente se confunde con ser “complicada”) o locas, como a algunos sujetos les gusta llamarnos, pero también hay hombres así y otros que no lo son. La verdad no sé en qué grupo ponerme porque eso de tener tantas interrogantes y además, escribir sobre eso, me ha creado un nuevo alias: Alicia “Complicada” Bisso. En el único grupo en el que no encajo es en el que hay que ser capaces de hacer voto de silencio con tal de no molestar a su chico. Prefiero que me digan complicada a ser una geisha (otra vez).

Levante la mano la que no ha dicho “todos son iguales” o “cortados por la misma tijera”. Yo lo hecho y lo sigo haciendo en algún arrebato de rabia, seguro. Pero la verdad no lo creo. Un prueba válida es la cantidad de gente diferente que me he dado la oportunidad de conocer. Con algunos chicos pasaron cosas bonitas, otras no tanto, y dejaron cosas en mí, unas bonitas, otras no tanto. Pero qué importa.

La oportunidad de conocer a alguien es como probar un sabor diferente. Todo un planeta nuevo por conocer, por descubrir. Marte, Venus, el nombre es lo de menos. Lo divertido es poder aterrizar, de ahí ya decides si te quedas por ahí un rato o te vas a pasear por otro barrio.

Y la verdad, ya es hora de dejar de atormentarse por ser o no la mujer perfecta, para nadie. Repito, el amor es suficientemente complicado como para medirnos bajo límites inalcanzables. Los paraísos son artificiales, dijo un poeta. Tiene razón.

Ahora, con su permiso, me retiro esta noche y como siempre, ahora ustedes dirán. ¿Son todos iguales?

Canción para aterrizar en el planeta del otro

POR AH