EL DUPLETERO: UNA HISTORIA PARA ESPANTAR FANTASMAS
Hace unos pocos días me llevé una sorpresa tremenda que, después de los primeros momentos de shock, se convirtió en una navajita que fue cortando de a poquitos y luego a arañazos tipo Freddy Krueger –hasta dejar hecha pica-pica- a mi última historia de amor (ahora de horror), esa que había decidido guardar en mi interior como un recuerdo bonito y que ahora voy a guardar al lado otros temibles doble-cara como El Guasón, Jason de Viernes 13, Dr. Jekyll y su monstruoso Mr. Hyde, Darth Vader y la infaltable pero terrorífica mascarita de Scream.

¿Saben por qué? Porque esa historia que viví llamada Atracción Virtual capítulos uno, dos y tres no la vivimos dos personas, sino tres. El mundo es muy chico, debió pensar nuestro amigo mentiroso, mentiroso, al mantener durante casi un año dos relaciones al mismo tiempo unidas por una red de engaños, con dos mujeres a la vez (o quién sabe, quizás más). Que ambas vivamos en diferentes países, no te aseguraba nada, papito. Y fue así como ella y yo nos conocimos sin querer, nos caímos bien, y, por aquellas casualidades de la vida, nos volvimos a ver y, sin querer ni pensarlo, nos enteramos de toda tu historia paralela con ambas desde el comienzo hasta el final.

Cuando el único lector con el que salí me comenzó a perseguir con toda su parafernalia romántica, acababa de regresar de un viaje para verla. Y ahí comenzó todo. Los mismos correos electrónicos, las misma canciones, los mismos regalitos virtuales, las mismas llamadas alcoholizadas, las mismas falsas declaraciones de amor de madrugada, las mismas palabras y muy seguramente la misma voz de chico enamorado; y por supuesto, el mismo horror al compromiso (claro, con quién se iba a comprometer si no era una sola la chica a la que afanaba), el descaro de tener celos de algún otro chico rondando a alguna, el repentino despertar de su “amor” al darse cuenta que una u otra se alejaba luego de haber visto su inconsecuencia.

¿Cómo alguien puede ser tan descarado? pensé yo esa noche camino a casa. Ahora pienso que solo fuiste un aprendiz de calichín en el arte del engaño. De hecho, pienso que hay hombres que son “serial cheaters” (pendejos en serie), como leí en un artículo sobre por qué los hombres engañan, pero no entiendo cómo otros que aparentan todo lo contrario se pueden convertir (o siempre lo fueron, pero caletas) en los reyes de la doble vida.

De hecho hay un factor que resalta: El ego. Un hombre inseguro y con un miedo terrible a la soledad va a querer estar, no con una, sino con cuantas le haga falta para llenar ese vacío. El que dijo que las mujeres éramos las únicas en tener pánico a la soledad está muy equivocado. Una mujer nueva que le da bola a un tipo así es alimento para estos hambrientos devoradores de atención. Su ego, más que su corazón, la necesita.

El ciberespacio se ha convertido en arma de doble juego. Para mantenernos juntos en la distancia ese chico que me gustaba tanto en el pasado-pasado, fue nuestro aliado. Pero los chats a todas horas, los correos electrónicos, los videos, los links para enviar canciones y videos de YouTube para mantener “encendida” la emoción, no eran exclusivamente para mí, sino que servían para mantenernos calientes a las dos. En esa conversación que nos devolvió a ambas a la cruda realidad nos enteramos que recibimos por muchos meses y del mismo chico, exactamente lo mismo. Qué falta de creatividad para un so-called pseudo artista. No puedo negar que en algunos momentos me asaltó la duda de no ser la única, sino ¿por qué tanto amor por un lado y tanto no-quiero-comprometerme por el otro? Un ejemplo práctico: Para ahorrarnos esas largas conversaciones a larga distancia, una vez le pregunté por qué no utilizábamos el popular y gratuito skype. La respuesta fue clara: no lo utilizo. La verdad era que lo utilizaba para hablar con ella. El sapazo no quería que nos crucemos (ni que sospechemos).

Siempre me quedaron algunas dudas: ¿Y si esa relación hubiese funcionado?, ¿Por qué no le di una oportunidad cuando volvió a Lima?. Muchas veces me culpé a mí misma. Ahora, muchos meses más tarde, luego de un definitivo olvido de por medio y tras abrir los ojos de una otra arista del triángulo (o quién sabe cuadrilátero, etc.), pienso que lo que me molesta –y por si acaso, ya no me duele-, es el engaño. El sentir que todo lo que di no fue al chico especial que pensé que era, sino a un tipo falso y pretencioso del que recibí una gran cantidad de mentiras.

Bastó darme cuenta de que viví engañada todo el tiempo en el que creí ser feliz para que todo aquello se desmorone de un soplido, como un castillo hecho de cartas. Basta pensar que no estuvo enamorado de ninguna (por lo menos de mí, no) para que esa historia deje de existir en mi memoria; al igual que sus regalitos que hace días el basurero se llevó con cáscaras de huevo, botellas de jugo de naranja vacíos y una que otra colilla de cigarro. Lo que si se quedará para siempre en mi mente es que el no amar no es ni será una excusa para engañar.

Si hace poco hablaba de la rivalidad entre mujeres, felizmente también puedo decir que hay alianzas que se crean de la nada. Y ahora, ella y yo convinimos que era el comienzo de una buena amistad. De esas, honestas, de las que algunos no tienen ni idea. Lo malo siempre deja algo bueno. Prefiero una nueva amiga a un mosquito muerto (bien vivo).

CANCIÓN PARA REIR DEL PASADO

UN DUPLETERO DEL CINE (EN PLENA ACCIÓN), SEGÚN WOODY ALLEN

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