¿QUIÉN NO HA METIDO LA PATA LA PRIMERA VEZ QUE SALE CON ALGUIEN?
He de confesar que me costó mucho tomar la decisión de salir con alguien. Me encontraba bien acompañada de mí misma y me parecía que extender mi soledad era una buena idea. Estaba leyendo más, viendo más cine, escuchando música nueva, comprando tonterías para romper con el blanco y negro de mi casa. Hasta ir al supermercado se convirtió en un extraño placer. Hasta que pasó lo que esa frase trillada dice: el que no busca, encuentra. De pronto, aparecieron chicos que me invitaban a salir por todos lados. Yo, desde mi cueva-hogar, los iba tachando con una crayola imaginaria y les decía amablemente: “no gracias” y, algunas veces, ante la insistencia, les soltaba un tímido “algún otro día”, que en castellano bien entendido significa: “olvídate, jamás voy a salir contigo”.

Hasta que hizo su aparición el Sr. Anónimo. Y la verdad, no pude resistirme. Puse en una balancita a mi soledad, a mi temor de salir con alguien nuevo y salir herida en el intento, y del otro lado la inteligencia, buen humor –de ese bien negro, como me gusta- y divertidas conversaciones a través de Internet (que ya traspasaban la línea del flirteo) con este chico que solo conocía a través de lo que escribe y un muy lejano café en vasos de papel reciclado. Pero no puede escoger peor momento. La realidad me enseñó una vez más que las primeras citas no son como andar en bicicleta, uno sí se olvida de cómo hacer bien las cosas.
Seguro he metido la pata innumerables veces en innumerables citas; pero aquí va mi recuento actualizado -y en versión extendida 12 pulgadas, reloaded con extras y bonus tracks- de los errores que dos personas (en este caso él y yo) pueden cometer esa temible primera vez.1. ¿Tu casa o la mía? Ambos son territorios minados. ¿Por qué? Porque estás en “su” territorio o viceversa y no es lo mismo encontrarte en un bar, restaurante o café. Cuando entras al espacio del otro, además de ciertas paranoias muy populares como: “¿y ahora cómo salgo de aquí?” o “¿y ahora cómo lo boto?”, él puede saber más quién eres, qué lees, qué ves, qué te gusta, qué comes, etcétera. El espacio geográfico puede revelar en estos casos cierta intimidad por adelantado, a veces no es necesaria, que te delata en una. En este caso el campo de concentración fue mi casa, a la que no viene mucha gente, mejor dicho, casi nadie. Error número uno. Porque cuando llegó el momento “quiero que te vayas”, no pude decir nada porque hasta ahora no he encontrado una forma política de hacerlo. Entonces se puede llegar a palpar como sería la eternidad, y no en un buen sentido. Y no quería que se fuese porque no me gustara o porque de pronto cambié de idea, sino porque estaba agotada después de más de tres semanas de trabajar sin parar y tenía que despertarme pocas horas después para continuar todo el fin de semana. Podrán preguntar por qué acepté la idea de que me visitara, me provocó y no quería que se perdiera en el tiempo esa supuesta conexión que nos había estado acercando; sin embargo llegado el momento, hasta dudaba si me provocaba más un beso o irme a dormir.

2.“¿Qué hora es, conejo?” – no dijo, ni se le ocurrió preguntar, a Alicia. Parece que de mi época noctámbula me quedaban rezagos porque después de unos cuantos desencuentros telefónicos, una noche cansada, mejor dicho una media noche muy cansada, me lo encontré en la pantalla de la computadora, luego en la pantalla del celular y le dije que sí, que viniera. Hora: 12:45 a.m. Un poquito tarde, la verdad. A eso de las tres de la mañana, los dos no podíamos ocultar nuestros bostezos. Casi me dieron ganas de encerrarme en el baño, lavarme la cara y meterme dos cachetadas para ver si así me despertaba. Si hubiésemos tomado vino, no hubiera soportado una hora, pero a punta de un six pack de cervezas en lata, ninguno de los dos tiraba la toalla. ¿Quizás esperábamos que pase algo más? Yo creo que sí.

3. No quiero saber de tu ex. Error suyo esta vez. ¿Qué onda es esa de no parar de hablar de las ex? Tengo dos teorías en este caso: o sigue enamorado de la señorita esa o no se dio cuenta de lo poco sexy que es hablar de otra (y encima recordando lo guapa que era, el cuerpazo que tenía o lo bien que la pasaban en la cama) con la chica a quien piensas seducir. Para mí fue todo un bajativo. Recordé el Anís del Mono que mi papá nos invitaba después de una de esas largas comilonas familiares. Ahí casi me paro del sillón para enseñarle la única puerta que podía mostrarle (la otra da a mi habitación). Pero como buen observador que supongo pudo advertir mi cara de póquer, me cambió de tema, me soltó la lengua y me encontré hablando de mis ex yo también, otra metida de pata. Ahora la nada sexy fui yo.

4. El chico que no cree en el amor. Entre una canción de Styx y otra de Supertramp me soltó que él no servía de novio y que el amor era una invención. Esto sí me hizo tomarlo de la mano, sacudirla y decirle: bueno, bienvenido a Amigolandia. ¿Cómo se le ocurre a un chico decirle a una chica con la que pretende algo que el amor no existe, que está comprobado por la ciencia (y hasta me soltó una teoría de Darwin y la reproducción de las especies), cuando está en todo el plan de tener algo con ella? Yo inmediatamente pensé que ese algo era un agarre al paso o un one-night stand. Pero hasta para eso, ¿es necesario ser tan descarnadamente radical? Yo tengo mi hiper lado romántico, y no solo en el sentido cursi del asunto, sino porque creo que, muy contrariamente a las afirmaciones del Sr. Anónimo, el amor existe. Como dice Rodrigo Fresán acerca de los relatos de Carson McCullers, en ellos “el amor es la más inexacta e implacable de las ciencias”. Yo soy de ese club.

5. Te olvidaste de la película. Yo nunca presto mis películas favoritas a personas que, quién sabe, no vuelva a ver. Pero en la emoción del momento –y quizás con la secreta intención de volverlo a ver con la excusa de la devolución y el posterior intercambio de comentarios- rebusqué en mi estantería de DVD´s una de ellas y le dije que se la prestaba. Él pareció emocionarse. A la mañana siguiente, pienso que quizás estaba fingiendo porque la película estaba en la mesa de mi pequeño salón en el mismo lugar donde la dejó cuando se la di. Definitivamente un don´t.

6. El momento del primer beso. Hay primeros besos de todo tipo. Este fue un asalto a mano, mejor dicho, a boca armada. Por su mirada, que yo por timidez rehuía, ya sabía que había llegado el momento ese en el que ya sabes que hay un beso en camino. Pero en lugar de acercarnos ambos en busca de nuestros respectivos labios, él, en una maniobra al mejor estilo Sonny Corleone, me agarró con una mano la cara, la jaló hacia la suya y zas! me comenzó a besar. Yo casi no lo podía besar de vuelta por la sorpresa. Cuál habrá sido mi cara de susto o de estupefacción multiplicada al mil por ciento que, después de un incómodo silencio, me tuvo que pedir permiso para volverme a besar. Sin poder mirarlo a los ojos le dije que sí.

7. Si seduces, no bebas (tanto). Por lo general el alcohol funciona como un deshinibidor, en nuestro caso tuvo una fórmula diferente: cansancio físico agotamiento mental 3 cervezas, el camino derechito al desastre. Porque mis ojos se fueron cerrando y no los abrí más. Y ahí sí, todo fue culpa mía, lo reconozco. Después de un round de besos, terminamos abrazados. Mientras él me abrazaba y me quitaba todo el stress laboral y el del beso robado, acariciándome el pelo, yo fui cayendo en un sueño tan profundo, casi-casi a niveles a los que la Bella Durmiente o Rip Van Winkle (el hombre que durmió cien años) llegaron. Me debe haber dado un ataque de narcolepsia porque no recuerdo nada más. Para mí ese fue el final de la cita.

8. Tu amor fue mi enfermedad. A la mañana siguiente me desperté sobre mi cama con la ropa puesta, una desconcertante borrada de cassette y un terrible dolor de garganta; estaba temblando de frío cuando me toqué la frente para darme cuenta que estaba hirviendo en fiebre, lo maldije un poco por no haberme puesto una manta o el edredón encima antes de irse. Mucho más tarde ese día, echada en mi cama debajo de todas las frazadas que tengo, con el termómetro en la boca y atosigada de antihistamínicos y antibióticos, contesté mi celular sin ver quién llamaba. Al escuchar su voz, recordé una cosa importante: lo bonita que es esa llamada del día siguiente. Me hizo sonreír y pensar que a pesar de todo, no todo estaba perdido. El grinch que quería aniquilar al amor la madrugada anterior me llamaba para preguntarme cómo estaba, que generalmente se puede traducir en un no menos bonito: aún después de una de las peores citas de la historia de nuestra vida (porque estoy segura de que ninguno de los dos planeamos o pensamos que resultara así nuestro esperado primer encuentro, o mejor dicho, encontrón) quiero saber de ti. Y eso, a pesar de pasar enferma el resto de la semana y de enterarme, unos días después, que el enfermo era él. Lo había contagiado. No me alegró saber que se encontraba mal, pero sí, que quizás, si a los dos aún nos quedan ganas de volver a vernos, tendremos algo de que reír juntos. Pero eso se lo dejo al Sr. Destino. Simplemente, porque siempre me ha gustado dejar que la vida me sorprenda.

No creo que ser la primera ni la última en haber pasado por una cita, por decirlo de algún modo, poco común ¿o sí? Lo dejo a su criterio, pacientes lectores. Ahora sí, me voy a dormir, sola, bien abrigada y con la cálida sensación de que los errores a veces solo te hacen sonreír.

CANCIÓN PARA QUIENES NO CREEN EN EL AMOR

DESPUÉS DE ESTA INVITACIÓN DE ROBERT-TAXI DRIVER-DE NIRO, TAN IMPOSIBLE DE RECHAZAR, VINO UNA DE LAS PEORES CITAS DE MI HISTORIA PERSONAL DEL CINE (NO LA PONGO NO SOLO PORQUE NO LA ENCONTRÉ, SINO PARA LOS QUE NO HAN VISTO ESTE CL