ME DI LA OPORTUNIDAD/ LE DI LA OPORTUNIDAD
Si pudiera elegir entre los muchos que he vivido, acabo de colocar el día de hoy en mi top ten personal. A pesar de haber sido un solo día, unas cuantas horas, encontré lo que estaba buscando. Esta tarde llegó el momento de la cita con Martin, así se llama el chico que me esperaba en el techo del museo a las tres en punto.
Llegué al Metropolitan Museum of Art después de un largo desayuno-almuerzo en un café que me encanta, en el que aproveché para chequear la sección de cultura y espectáculos del diario para ir marcando lo que me gustaría ver en el resto de mi estadía (en una vida paralela claro, porque los mejores planes son los que cambian en el camino). Después de comprar mi vinilo favorito de Cat Power (nuevo y a precio de usado) y un largo paseo en Metro, llegué mi destino. Estaba en esos estados en los que la emoción te hace ver todo como si estuvieras en un túnel, fui de frente a comprar mi entrada y pregunté cómo subía a la terraza. En el ascensor ni la bulla que hacía una manchita de niños, todos con folletos de la exposición de Jeff Koons y con cara de estar llegando a Disneylandia, distrajeron mis nervios.

Cuando bajé, me di cuenta de tres cosas. La vista era impresionante, los globos no eran tan grandes como los había imaginado, pero eran impresionantes igual, y había demasiada gente. Calma, ante todo, me dije a mi misma. Así que decidí dejar que él me encuentre en lugar de buscarlo yo. Mi plan fue convertirme por un momento en turista japonesa y fotografiar como loca las tres instalaciones desde todos los ángulos posibles. A los pocos minutos sentí una mano en mi hombro. Era él, Martin. Nos saludamos con dos besos y grandes sonrisas. Seguro estaba nervioso como yo y, como me había visto tomando fotos, me dijo bromeando si yo no quería que él me tomara una a mí. Le di mi cámara.

Nos sentamos en una banca y comenzamos con la típica conversación de ¿cómo has estado?, bien ¿y tú?, también, muy bien. De pronto, un largo e incómodo silencio que me hizo pensar: trágame tierra, pero en lugar de acobardarme me encontré diciendo, en un inglés peor que el habitual (creo que me salían frases al revés, bien onda Yoda en Star Wars), qué había pensado bastante en volverlo a ver, que después de esa vez en mayo había pensado en él de vez en cuando, e iba a continuar cuando me interrumpió con una cara rara.

Aquí viene, pensé, me va a decir que es casado, que ahora le gustan los hombres, que yo ya no le gusto; entonces yo le voy a tener que meter un carterazo y me voy a ir llorando por los pasadizos del museo, pero no, nada de novelas mexicanas. La realidad es siempre peor de lo que uno se imagina porque se notaba que me iba a decir algo peor, me iba a mentir. Entonces, cuando empezó con un: “han pasado unos meses y…”, lo interrumpí y le dije con una sonrisa: “no pasa nada, está todo bien”. Y lo mejor es que se lo decía en serio. No me interesaba saber la excusa o explicación falsa -o quizás verdadera, si le damos el beneficio de la duda- que me iba a dar y tampoco estaba decepcionada, hasta un ligero alivio me invadió por completo. Creo que él no sentía lo mismo y cada vez se ponía más nervioso, porque seguía insistiendo en explicarme algo. Mi razón y mi emoción se pusieron de acuerdo en algo: “no necesitamos saber”. Hay ilusiones que deben quedarse donde nacieron, en este caso, en Manhattan, y así podrán ser guardadas como algo para recordar.

Creo que él se asombró un poco cuando le dije “Ha sido bueno verte, Martin. Gracias por haber estado aquí”, le di un beso en la mejilla ya de pie y con mi cartera al hombro. Se levantó y lo corté con sonriente: “bye”. Mi misión estaba cumplida, podía tachar de mi lista el número 6: encontrarme con Martin. Me escabullí por los salones del museo y fui a las salas de arte que más me interesaban. Al poco rato, estaba impresionada por las cosas nuevas que veía y las que volvía a ver después de tanto tiempo. Cuando calculé que ya se habría ido Martin, volví a subir al techo. La luz empezaba a cambiar. Miré hacia el parque. ¿Mucho por conocer todavía? Pues sí.

Quizás a veces es necesario escapar de lo conocido, de las rutinas establecidas por uno mismo –que, conociéndome, seguro pronto comenzaré a extrañar- para sentir que el tiempo está hecho de decisiones que uno elige para estar con uno mismo, y que cada segundo debería vivirse siempre en presente.

Hoy me despedí de Martin con un beso, la seguridad no volver a verlo y la tranquilidad de no haberme negado a vivir nada solo por miedo. Sin embargo mi día –ni mi vida- no se terminó ahí, sino que siguió con una larga caminata por Central Park, con una paradita especial en la estatua de Alicia en el País de las Maravillas, y que seguirá por otros caminos, espero con la misma serenidad que siento ahora; con la misma certeza de que pase lo que pase, voy a estar bien.

Quizás ya lo tenía claro y no había sido consciente por el ruido que generan los días, el trabajo, la gente. Pero es bueno estar segura; estar a salvo. Una cómoda soledad es la mejor manera de encontrar a alguien. No hay duda que Conmigomismalandia es un buen lugar para habitar, pasar el rato, o visitar, si estás de turista.

Ahora con su permiso, me voy a acostar y hacer mañana bien temprano algo que mi querida Janice –la esposa de mi tío Javi- dice que es una de las cosas que hay que hacer antes de morir. Así, que como estoy por acá, le haré caso. Voy a cruzar por el puente de Brooklyn, con mi ipod a todo volumen por supuesto, y ver el skyline de Manhattan. Buen plan, ¿no? ¿Después?, quién sabe. Ya les contaré, seguro. Solo les adelanto que la estoy pasando de la puta madre.

p.s. Este post lo escribí anoche, pero antes de poder colgarlo, me cerraron Starbucks, así que recién lo hago ahora.

CANCIÓN PARA CRUZAR PUENTES

Una despedida en Manhattan (en una película y en la vida real)

Uno de mis novios del cine murió ayer aquí, en Nueva York -debe ser por eso que no deja de llover-.
Chau, Paul (1926-2008).